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Publicado el 24 Julio, 2021 por Mariana Camejo en Opinión
 
 

HAITÍ: Un “sin rumbo” permanente

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Mariam Camejo-Foto de autoraPor MARIANA CAMEJO

Ni las películas norteamericanas ni las novelas de Colombia son suficiente precedente para digerir la manera en que Jovenel Moise fue asesinado. Últimamente parece que somos parte de narrativas insospechadas en su capacidad de hacerse reales, y no solo covid-19 mediante. Aunque el mandato de Moise estaba plagado de críticas y de serios cuestionamientos a su legitimidad, la muerte del presidente es cuando menos abrumadora y medio sacada de una película de acción. Pero, a fin de cuentas, Haití vuelve a tener entre fronteras otro mandatario sacado a la fuerza del poder, esta vez de la manera más terrible y sórdida, a lo que ha seguido una campaña internacional donde una vez más los únicos que parecen tener la capacidad de resolver las cosas en esa tierra son fuerzas externas.

Fueron precisamente mercenarios colombianos y haitiano-estadounidenses quienes llevaron a cabo el magnicidio. Habían sido contratados por una firma norteamericana dirigida por el emigrante venezolano Enmanuel Intriago. Se manejan supuestas hipótesis de que fueron engañados en el momento de contratación e incluso la canciller colombiana, Marta Lucia Ramírez, trató de exculparlos cuando dijo que “no son bajo ninguna circunstancia mercenarios” y que “son hombres y mujeres correctos que actúan siempre dentro de ese valor sublime de la vida”.

Así como es resultado de fuerzas externas la muerte de Jovenel Moise, también es resultado de factores extraterritoriales que Ariel Henry esté ahora en el poder o el desconocimiento de los reclamos de organizaciones de la sociedad civil de no intervenir en el camino político de Haití, y atender las necesidades de estabilización para hacer elecciones generales en un clima seguro, hoy inexistente. Han llovido los pedidos de apoyo militar a Estados Unidos y a las Naciones Unidas, pero -aunque ya la administración de Joe Biden rechazó el soporte naval- este escenario rezuma el paradigma de “estabilización” y supuesto rescate de la democracia que ha primado hasta ahora en ese país.

Vital importancia en el actual clima tienen las palabras del doctor en Ciencias Políticas y especialista en Relaciones Internacionales de la Universidad de Quebec Chalmers Larose cuando advierte que movilizar las mismas viejas políticas solo amplificaría el caos, desacreditaría aún más a los actores externos y aumentaría las rivalidades internas. “Con demasiada frecuencia las respuestas y soluciones a la prolongada crisis haitiana se han pensado desde fuera. Esta situación es humillante y degradante para las mismas personas que fueron pioneras en la libertad de los esclavos negros en el mundo”.

En su artículo “The crisis in Haiti reflects the failure of the international community to stabilize the country” (La crisis de Haití refleja el fracaso de la comunidad internacional para estabilizar el país), publicado en el medio digital The Conversation, el académico  explicó que desde la invasión que siguió a la ocupación de 1915-1934 Estados Unidos ha tenido un control total sobre el espacio político haitiano, situación reforzada por el control político y económico que ejerce Washington sobre los organismos internacionales y la oleada de misiones de paz de la ONU que ha arrasado al país desde 1991. No sería noticia recordar que la misión de la ONU introdujo en Haití la epidemia de cólera que se cobró miles de víctimas y que fue denunciada por no pocos abusos sexuales.

La política exterior estadounidense ha marcado la vida de esa nación caribeña y le ha permitido muy poco de soberanía. Haití ha funcionado como una neocolonia, con sus principales recursos en manos de empresarios y sin programas eficaces para la disminución de la pobreza extrema, el desempleo, la falta de acceso a derechos básicos o la violencia.

En el momento en que Jovenel Moise fue asesinado, en medio de un descontento generalizado sobre su permanencia en el poder ejercido por decreto, las cifras de muertes y secuestros había aumentado exponencialmente. El país que ha dejado está de tal modo marcado por la temeridad de las pandillas que estas controlan la entrada y salida de ciudades, y ejercen la violencia con impunidad. Ariel Henry ha dicho que reanudará las consultas entre las diversas fuerzas para la organización del proceso electoral. Sin embargo, grupos de la sociedad civil abogan por la constitución de un gabinete consensuado para establecer un Gobierno transitorio de tres años que permita el fortalecimiento de las instituciones estatales y la celebración de elecciones creíbles.

Pero ya que Estados Unidos nos tiene acostumbrados a rejuegos políticos para acabar teniendo voz y voto fuera de sus fronteras, cabría preguntarse para los intereses de quién era “necesario” sacar a Jovenel Moise de la presidencia. José A. Amesty advierte que se busca aprobar una nueva Constitución que permita a las transnacionales comprar tierras legal y abiertamente, controlar los recursos naturales del país. “Se trata de un proyecto de muerte para el campesinado, un proyecto de saqueo”. Y es que Haití tiene litio, tierras raras y titanio, expone el analista.

Así se explica la idea de subhumanización que subyace en el hecho de que para cualquier crisis en el territorio la solución venga siempre de las presiones de factores exteriores. Un dato importante para tomar en cuenta es que la Casa Blanca ya declaró su “apoyo al pueblo de Haití” y que enviarían cinco millones de dólares con vistas a fortalecer la capacidad de la Policía Nacional Haitiana para trabajar con las comunidades para resistir a las pandillas.

Por esa razón las demandas de la campaña internacional Stop silence Haití (Basta de silencio en Haití) guardan tanta coherencia con las características del contexto: respetar la soberanía y denunciar toda injerencia; escuchar a los actores de la sociedad civil que

se han pronunciado en contra de la celebración de un referéndum y de unas elecciones que, en las condiciones actuales, no serán ni libres ni democráticas, y sólo una trágica farsa, con el riesgo de conducir a la restauración de la dictadura; denunciar la ilegitimidad de un plesbicito y del proceso electoral, así como la ausencia de condiciones para la celebración de sufragios libres y democráticos; apoyar un proceso de transición demandado e implementado por los haitianos, basado en la Constitución de 1987.

El asesinato de Jovenel Moise, perpetrado mayoritariamente por mercenarios provenientes de un país hipermilitarizado con asistencia de Estados Unidos para supuestamente luchar contra la guerrilla y el narcotráfico, así como la rápida reacción de ayuda de la Casa Blanca, solo puede hacernos sospechar.  De nuevo el poder imperialista puja por su capacidad de decisión, acción e injerencia en un país totalmente desestabilizado.

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Mariana Camejo

 
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