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Publicado el 2 Julio, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

LIBIA: Expectativas de reconciliación ¿reales?

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María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

En 2011, cuando la supuesta revolución árabe –nombrada Primavera– movilizó a parte de la población de Bengasi, los titulares de prensa “florecieron”: ¡Al fin cayó el caprichoso tirano!, ¡Ahora sí llegó la democracia a Libia! Una década después, cuando en Berlín se debatía sobre cómo impulsar la “estabilidad” en la nación norafricana, pocos medios cubrieron este suceso de portada, no obstante su importancia regional y universal, además de por sus derivados nexos.

¿Por qué? Sencillo: la historia, desenvuelta en la vida cotidiana, ha demostrado lo mucho que hizo Muamar al Gadafi por su gente. En cambio, hoy la nación está envuelta en una guerra civil. La miseria y la migración son ahora penas comunes, antes eran desconocidas. De modo que Occidente se siente incompetente para resolver el entuerto cimentado en el otrora país más próspero de África. Pero juega a que sabe.

Este 23 de junio, la canciller alemana, Angela Merkel, declaró que a los 16 países reunidos en la Segunda Reunión internacional sobre Libia los movía un objetivo crucial: restaurar la democracia. Y eso sí tuvo amplia repercusión mediática; la misma atención fue brindada a la postura estadounidense. El secretario de Estado de ese país, Antony Blinken, reafirmó la necesidad de celebrar las proyectadas elecciones del 24 de diciembre, aunque calló recetas.

El enviado de la Casa Blanca aseguró que los EE.UU. desean “una Libia soberana, estable, unificada y segura, libre de injerencias extranjeras”. Al leer semejante postulado, esta periodista pensó en llevar el comentario por el filo de la ironía, pero el sufrimiento del pueblo libio merece un tratamiento respetuoso y nunca equidistante como el de hacer “borrón y cuenta nueva”, como se manifiesta y desarrolla la política del Imperio y sus aliados europeos y de la OTAN.

Tan grande sigue siendo el caos allí creado desde 2011, que en marzo la ONU instauró una comisión mediadora entre las dos administraciones que pugnan por dirigir la nación, la del este y la del oeste, enfrentadas a puros cañonazos. De ese ejercicio de persuasión derivó el actual Gobierno interino, organizador de un

proceso electoral cuyo camino seguirá, por supuesto, las normas occidentales: “la verdadera democracia” según sus voceros.

A pesar de que se haya inundado al mundo con engañosas informaciones, la Libia de Gadafi estaba altamente descentralizada y dividida en múltiples comunidades, actuantes como “pequeños” Estados autónomos, que repartían con justicia la riqueza nacional. El poder estaba en los Consejos Populares de base, que permitían la libre participación ciudadana: se vivía en paz, seguridad, con buen nivel de vida y certezas de futuro.

La Segunda Reunión sobre Libia -la anterior fue en 2020- se convocó también a pedidos de Abdulhamid Dbeibeh, recién elegido primer ministro para la transición en su país, quien alegó que hay preocupaciones de seguridad sobre el proceso político debido al control directo y armado de mercenarios en algunas zonas, la presencia de fuerzas militares extranjeras y terroristas. Sin dudas, un Estado fallido al que Occidente intenta manipular, dejando en una nebulosa su propio voraz injerencismo.

 

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María Victoria Valdés Rodda

 
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