1
Publicado el 9 Julio, 2021 por María de las Nieves Galá León en Opinión
 
 

Santana de Nagua en el corazón

Compartir

María de las Nieves GaláPor MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ

Han pasado los años desde que Santana de Nagua entrara en mi corazón y todavía me parece que fue ayer. Los recuerdos me invaden con la terquedad de los amores imposibles, el aroma de las mariposas y el murmullo de los arroyuelos.

Fue en julio de 1983. Habíamos acabado de cursar el cuarto año de la licenciatura en Periodismo, en la entonces Facultad de Filología (ahora Facultad de Artes y Letras), de la Universidad de La Habana, y un grupo de estudiantes de diversas disciplinas -Historia, Sicología, Filología, entre otras- fue convocado para participar en un trabajo sociopolítico con campesinos de la Sierra Maestra, en la provincia de Granma.

Nunca sospechamos que esto sería algo más que una aventura, en la cual los más impactados seríamos nosotros. En los primeros días de julio, partimos temprano en tren. Detrás de mi asiento iba Isabelita Moya, alegre, conversadora. Ya habían advertido que las condiciones podían ser complejas por la adversa topografía, pero para ella, como siempre, eso fue un reto. Nada la detenía.

Después de más de 12 horas de viaje, llegamos a Bayamo y fuimos recibidos por la dirección del Partido en Granma. Al otro día, luego de un recorrido por la ciudad, nos dividieron en dúos y fuimos asignados a diferentes sitios del montañoso territorio. Desde un inicio nos advirtieron ser receptivos a lo que nos ofrecieran para no herir a nuestros anfitriones.

El plan era que conviviéramos junto a ellos, y participáramos, durante las mañanas, en las labores agrícolas y en las tardes visitáramos a aquellos campesinos que aún no se habían incorporado a las Cooperativas de Producción Agropecuaria (CPA).

A Liset García y a mí, nos correspondió la CPA Manuel Piti Fajardo, en el municipio de Bartolomé Masó. Luego de atravesar en un yipi un largo y sinuoso camino, en el cual la naturaleza nos enamoraba, arribamos a Santana de Nagua. Sobre una escarpada loma, estaba ubicada la casita del presidente de la cooperativa.

Con trabajo llegamos hasta el hogar de Juan y Lise (nombrada casi igual que mi amiga), era una modesta casa de madera y techo de guano.  Lo mejor que tenían, su cuarto, nos lo ofrecieron para dormir.

Ya para ese entonces, conocíamos a los hijos del matrimonio, Mirialys (según recuerdo) y dos varones, que nos alentaron a descubrir los ríos y las frutas que teníamos al alcance de las manos.

La primera noche nos atrapó el insomnio, quizás por efecto del abundante café que nos brindaron. Pasada las cinco de la mañana, nos despertaron. Luego del aseo en el patio nos presentaron el desayuno: boniato, huevos y hasta un pedazo de pollo. Nos pareció exagerado. “En La Habana no se desayuna así”, dijimos.

“Pues coman periodistas, si quieren trabajar con nosotros. Hay que subir y bajar unas cuantas lomas”, respondió rápido Juan. “Tienen que tener energías, para que después visiten a los campesinos, casi todos viven lejos”.

Subir y bajar lomas fue todo un aprendizaje. Más de una vez, casi rodamos por los campos de café y no entendíamos cómo nuestros anfitriones podían andar con tanta ligereza, cargando la lata, sin resbalar por aquellos trillos. Los glúteos de mi compañera de aventuras dejaron huellas en más de una de aquellas lomas.

Allí no accedíamos a la prensa, nada de televisor ni radio. En ese entonces la aspiración mayor era tener cerca un médico de familia y una planta para tener luz eléctrica.

De esa experiencia quedaron anécdotas que no olvido. Un día en la tarde, después de la visita a un campesino y a instancias de los muchachos de la zona, nos fuimos a bañar al río. Cada vez que alguna de las personas mayores nos veía, afirmaba: “No vayan al río, que va a llover y crece rápido”. “No es posible, con tanto sol”, aseverábamos, sin saber lo que nos esperaba.

No había pasado media hora de estar dentro del agua cuando vimos que sobre nosotros venía una avalancha de agua colorada, llena de piedras y palos. Por suerte, todos salimos a tiempo, aunque nuestra ropa quedó al otro lado y tuvimos que dar una larga vuelta para llegar a la casa.

La espera del 26 de julio de ese año fue singular.  Hicimos una cabalgata bajo las estrellas: cada vez que el animal trotaba, yo estaba a punto de caerme y casi me agarraba de la cola.  Mientras pasaron los días, nos fuimos encariñando con la prole. Para el matrimonio éramos como otras hijas. Allí celebramos a los pequeños el Día de los Niños. Liset y yo nos convertimos por esa vez en artistas, entonamos canciones infantiles e improvisamos poemas.

Los días fueron pasando y nuestro principal objetivo todavía no se había cumplido. No lográbamos convencer a ningún campesino para que se integrara a la cooperativa, a pesar de los argumentos que les dábamos, que era la mejor vía para tener electricidad y acceder a los servicios de Salud. Hubo uno que visitamos más de dos veces, y casi lo convencimos. Le decían “Poro”, porque a todo respondía: “Poro por si acaso…”. Con él estuvimos a punto de lograr su aceptación, pero al final dijo que no.

Tanto a mi amiga, como a mí, una de las cuestiones que más nos impresionó fue el amor de algunos serranos a la historia. La conocían de memoria, dónde habían estado los rebeldes, quién era Piti Fajardo, cómo había sido su muerte; los mayores recordaban la presencia del Che en la creación de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos, en Caney de las Mercedes. Adoraban a Fidel y a Raúl, y hablaban de ellos como si los conocieran.

El día antes de la partida los miembros de la cooperativa prepararon una fiesta. Cada uno aportó algo y al final había tres puercos asados en púa (nunca había visto cosa igual). Ni Liset ni yo éramos comilonas y ellos insistían en que teníamos que probarlo todo. Fue un reto para nuestro paladar. Pero ellos disfrutaron tanto que valió la pena.

Cuando hablaron de agradecimientos les replicamos: las que más habíamos aprendido durante esas jornadas habíamos sido las dos estudiantes de Periodismo, esos momentos habían sido, quizás, una de las mejores lecciones de nuestra carrera.

A la mañana siguiente partimos. La familia lloraba y nosotras también. En 15 días, Santana de Nagua había entrado en nuestros corazones con toda la humildad y sencillez de su gente.

 

Compartir

María de las Nieves Galá León

 
María de las Nieves Galá León