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Publicado el 20 Agosto, 2021 por Nestor Nuñez en Opinión
 
 

Afganistán, asunto entre fallidos

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Néstor NúñezPor Néstor Núñez Dorta

Washington confirma que “todo está hecho” luego de dos décadas de una ocupación militar notoriamente inservible, errática e impía en Afganistán. Mientras, la Unión Europea establece que, como los talibanes están de vuelta, la única alternativa es tratar con ellos, aun cuando –apuntamos y recordamos nosotros- siguen declarados como “terroristas” por el Consejo de Seguridad de la ONU.

En fin, que al decir de Carlos Gardel, “veinte años no son nada”, y san se acabó. No hay responsabilidades que exigir, no existe la desidia, no constan mentiras y manipulaciones, no se constata la total indecencia política… y cada cual a lo suyo como si tal cosa.

Queda a su suerte otra “nación fallida” u otro “oscuro rincón del mundo” (para valernos de dos de los más escuchados epítetos hegemonistas de los últimos tiempos), luego de haber tenido sobre su cabeza la “mano santa” del deslucido mayoral de esta, nuestra  era histórica.

Cosas que decir

Pero no basta con dar la espalda a una realidad sin al menos escarbar en el porqué de su concreción. Los talibanes no surgieron de la nada. Fueron, con Al Qaeda, los designados por Washington para “unificar” Afganistán luego de la salida de los soviéticos, que acudieron en socorro del agredido gobierno popular de Kabul. Los “elegidos” no pudieron derrotar en cinco años a otros grupos armados con similar interés de poder y, cuando la Casa Blanca les conminó a un arreglo negociado, mordieron la mano del amo.

Atrás quedaron entonces las públicas “excursiones” de los exitosos muchachos de las madrasas a Disneylandia y Hollywood en tiempos de su bonanza bélica y las alegrías de los consorcios energéticos gringos ansiosos de trazar sus tuberías por la agreste geografía afgana, ya “pacificada”. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuyas verdades tal vez sean desclasificadas en siglos venideros- como ya es costumbre en los estados fallidos de América con todos sus grandes entuertos- llegó la oportunidad de dedicar dos décadas consecutivas a saldar cuentas con los revoltosos afganos y de intentar sentar pilares estratégicos en Asia Central y el Oriente Medio, a pocas cuadras de las fronteras de oponentes como Rusia, China o Irán.

La verdad, sin embargo, está a la vista. Donald Trump estableció con los talibanes el guion para sacar las tropas gringas del largo conflicto excluyendo de las tratativas al gobierno nacional con asiento en Kabul. Su sucesor demócrata, montado sobre la rústica cuerda floja de pretender contentar a opositores y partidarios por igual, terminó por materializarlo con la mayor torpeza posible.

En las alas de la memoria debe quedar entonces el escenario que no pudieron o no quisieron cambiar (Washington ha mantenido y mantiene sus oportunistas lazos con Al Qaeda y sus variantes regionales, a la vez que comparte la paternidad del Estado Islámico), y que propició –como ya precisó este autor en análisis anterior– “la malsana noria que permitió a contratistas gringos, empresas privadas de seguridad, oligopolios energéticos y mineros, y traficantes de opio, beneficiarse de los dos billones de dólares que ha costado al contribuyente norteamericano la empresa afgana”. Un “desastre que suma además a los más de dos millares de soldados gringos muertos en combate (según las matemáticas del Pentágono) y las decenas de miles de bajas locales, muchos de ellos pretendidos daños colaterales”.

Realidad que incorpora la connivencia oficial yanqui con un depuesto gobierno nacional calificado de altamente corrupto y con un Presidente que a la hora de la verdad dejo atrás sus promesas de “resistencia hasta la muerte”; cargó un helicóptero de dólares en su huida al exterior y debió abandonar todavía otro vehículo lleno de billetes verdes en plena losa del aeropuerto.

“Un pantanoso contexto que explica porqué un ejército entrenado y armado por Washington, pero carcomido por el compromiso de defender castas y altos cargos pútridos, prefirió mayoritariamente abrir paso a los talibanes sin disparar un solo tiro.”

En casa y fuera de ella

Lo ocurrido este agosto en Afganistán tiene, sin embargo, otras consecuencias locales y externas para la primera potencia capitalista. Que los talibanes, una entidad identificada con el terrorismo y el extremismo confesional, retomasen en días todo un país aparentemente bien guarnecido por Washington y sus coaligados, implica una llamativa incapacidad de previsión militar y de inteligencia de los que hasta entonces decían controlar la situación, lo que condujo a la expansión acelerada del enemigo, la desbandada de los presuntos defensores locales y la captura de cuantiosos arsenales Made in USA.

En consecuencia, quedan dos caminos: o el casi imposible reenvío de contingentes militares extranjeros para revertir el cuadro, o la conformidad de aceptar el golpe y tantear a los vencedores, que por ahora se dicen proclives a métodos menos fanáticos.

Pero hay más. Se trata de que la Casa Blanca ya no es (y lo será cada vez menos) el poder omnímodo de antaño. De hecho, los “tanques pensantes” estadounidenses siempre indicaron que para gobernar el planeta había que sentar plaza estratégica en el Oriente, mas el día a día muestra que todo es bien complicado. Si una vez batieron palmas con la invasión de Afganistán y el destroce de Irak y Libia, tienen hoy en Siria una muestra fehaciente de que ya no cuentan con el dominio absoluto.

El pastel mundial ya no se corta ni se cortará con el exclusivo filo del Tío Sam. Ahora, y en Eurasia en concreto, hay que hablar además en ruso, chino y farsi (el idioma de Irán), y no por lógica necesidad de comprender lo que se dice, sino por la consistencia de Moscú, Beijing y Teherán como alternativas indiscutibles dentro de un sesgo multipolar regional sin vuelta atrás.

Fenómeno que se difunde a escala planetaria, toda vez que China sigue su paso de coloso multifacético hacia el desbanque inexorable de EE.UU., mientras Rusia, con su fuerza nuclear y energética, también pisa los talones a un imperio en neta caduquez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Nestor Nuñez

 
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