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Publicado el 18 Agosto, 2021 por Ernesto Eimil Reigosa en Opinión
 
 

EEUU: Recuerdos de metal y esclavitud

Un reporte publicado hace unos meses informa que el año pasado fueron retirados en el país norteamericano más “símbolos de odio”, representantes de la esclavitud, que en el cuatrienio anterior completo
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Ernesto Eimil ReigosaPor Ernesto Eimil Reigosa

Más de 160 símbolos confederados fueron retirados de espacios públicos o renombrados en los Estados Unidos durante 2020. La gran mayoría, excepto uno, se quitaron después de la muerte de George Floyd. La cifra resulta importante: es más alta que la de los cuatro años previos sumados, según un informe del Southern Poverty Law Center (SPLC).

Este centro académico, que hace campaña para que se remuevan estatuas y monumentos racistas, publicó el resultado de su investigación como parte de un reporte sobre el estado de los emblemas del ejército confederado. La organización sin ánimo de lucro, que tiene su sede en uno de los corazones del sur –Montgomery, Alabama–, empezó a localizar y seguir estos símbolos luego de que un supremacista blanco matara a nueve feligreses que asistían a una iglesia afronorteamericana en Charleston, Carolina del Sur, en 2015.

El texto, titulado “¿La herencia de quién?”, argumenta que el año pasado fue transformador en ese sentido. Pero que aún más de 2 100 imágenes sureñas se encontraban vigentes, incluyendo 704 monumentos.

“Estos símbolos deshumanizantes de dolor y opresión continúan estando presentes en importantes edificios gubernamentales, cortes de justicia, parques y propiedades militares”, dijo Lecia Brooks, la directora de personal del Law Center, al presentar el informe.

La muerte de Floyd, en mayo del año pasado, cuando estaba siendo arrestado por un policía de la ciudad de Minneapolis, fue un incentivo para las autoridades a la hora de retirar los monumentos. La discusión a nivel nacional que se tuvo sobre el racismo sistémico y la brutalidad policial renovó antiguos debates sobre el significado y el legado del Ejército y sus integrantes.

Virginia es el estado en el que la mayor cantidad de símbolos fueron quitados, 71, seguido por Carolina del Norte, 24, y luego Alabama y Texas, 12 cada uno.

Sin embargo, estos hechos encontraron oposición en varias figuras políticas. Larry McClunney Jr., comandante en jefe de los Hijos de los Veteranos Confederados, fue uno de estos críticos. Dijo  que no estaba bien valorar a los líderes del sur bajo los estándares de la sociedad de hoy. También añadió que muchos soldados que pelearon bajo la bandera confederada en la Guerra Civil fueron enterrados en tumbas sin marcar y merecen ser recordados de alguna manera. “¿Es justo que se nos juzgue dentro de 200 años?”, se encrespó. “Fueron hombres de su tiempo”, justificó.

El SPLC también adelantó que se esperaba que 31 escuelas cambiaran sus nombres en 2021 para cortar lazos con la herencia confederada.

La chispa que encendió la mecha fue una estatua de 131 años que resultó removida de Alexandria, Virginia, el 2 de junio. Algunos manifestantes, el día 10 del mismo mes, derribaron la de Jefferson Davis y vandalizaron otros memoriales. El 13 la estatua de Davis fue finalmente retirada, en medio de la presión popular. El modus operandi se repetía en muchos lugares: los hombres y caballos de metal que recordaban la rebelión sureña fueron pintados con grafitis durante las manifestaciones por la muerte de Floyd. De igual manera, muchas instituciones y personas percibidas con un pasado racista devinieron dianas de las protestas.

En un caso, no fueron manifestantes molestos, sino el huracán Laura, que pasó por suelo norteamericano en agosto de 2020, el encargado de destruir una estatua que llevaba en su sitio 105 años, como si la naturaleza vindicara el empeño rectificador.

Una de las consecuencias más impresionantes de toda esta ola de pintura y desobediencia civil hacia imágenes del pasado es el que algunos organismos que históricamente han apoyado el legado racista de la Guerra Civil cambiaran su discurso. Por ejemplo, el gobierno local de Mississippi, uno de los lugares donde más se comerció con personas esclavizadas, modificó su bandera para borrar el emblema confederado.

En otros sitios las modificaciones han sido más pequeñas. Se han centrado, más bien, en cambios de los dibujos de las matrículas de automóviles y prohibición de la insignia de fondo rojo y cruz azul con estrellas de eventos deportivos, como el caso de la competición NASCAR, hecho que, en su momento, criticó  DonaldTrump. Este comenzó una campaña para impedir que los símbolos racistas fueran retirados.

Su posición, sin embargo, le trajo contradicciones con parte del poder militar. El 6 de junio de 2020, el cuerpo de marines de los Estados Unidos prohibió que se mostrara la banderola en sus instalaciones. El 17 de julio el Pentágono hizo lo mismo, pero extendió el impedimento a todos los campos castrenses norteamericanos repartidos por el mundo, desmarcándose de esa manera de la posición de Trump. Líderes del Ejército mostraron su voluntad de renombrar al menos 10 bases que reflejaban el pasado racista de su país, algo a lo que el entonces presidente se negó.

Para la portavoz Nancy Pelosi, este impulso reivindicativo no fue el primero. Ya en otras ocasiones había enfrentado el rechazo de otros políticos al dar la orden de quitar 11 de estos monumentos que se encuentran en el Capitolio. Hasta el momento solo ha tenido éxito en bajar cuatro de los retratos que pueblan los amplios salones del edificio.

A pesar de tantos esfuerzos por eliminar el legado esclavista, lo cierto es que, a más de un año de la muerte de Floyd, las cosas no se han movido mucho. El asalto al Capitolio del 6 de enero de este año, donde se vio a un hombre cargando la bandera de marras, es una prueba de ello.

La experta Brooks, del Law Center, asevera que, con este hecho, las acciones que se han llevado a cabo en estos meses están lejos de representar una transformación radical. Para ella, la simbología confederada representa una forma de expresión del racismo sistémico usada para intimidar, infundir miedo y recordar a las personas negras que “no tienen lugar en la sociedad estadounidense”.

En palabras de Brooks, si bien la intención de reparación y de cambiar los emblemas y efigies de un pasado discriminatorio es algo positivo, estas modificaciones no van más allá del plano simbólico y no traen cambios reales en las personas que sufren la opresión, ni tampoco ofrecen una restauración real y permanente que ayude definitivamente a cambiar vidas.

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Ernesto Eimil Reigosa

 
Ernesto Eimil Reigosa