0
Publicado el 12 Agosto, 2021 por Pastor Batista en Opinión
 
 

Tenemos todas las de ganar

Compartir

Por PASTOR BATISTA VALDÉS

El brutal azote del SARS-CoV-2 sobre el mundo entero es un hecho cada vez más incuestionable y preocupante.

Países con un alto desarrollo económico, científico, social, han sido vapuleados sin compasión por la pandemia.

Así las cosas, ¿qué reserva el mortal virus para naciones sumamente pobres, con agudas limitaciones de recursos naturales, financieros, humanos?

La realidad confirma día por día lo que algunos gobiernos no acaban de aceptar o de aplicar en la práctica: sin una verdadera voluntad política, estatal, será muy difícil ponerle freno al elevadísimo nivel que siguen remontando el contagio y la propagación de la Covid-19.

No se requiere ser experto para saber que el impacto más demoledor sigue recayendo en los sectores más desfavorecidos, pobres y vulnerables de la humanidad, aun cuando el virus no respeta linajes, títulos, jerarquías, fortunas bancarias ni propiedades.

El modo en que se ha complicado la situación, prácticamente en todo el archipiélago cubano, aunque con mayor o más persistente énfasis en provincias como La Habana, Matanzas y Ciego de Ávila, me hace meditar en torno a aristas del asunto en las que tal vez muchas personas no hemos meditado.

Al margen de la agresividad inherente a algunas de las cepas que hoy circulan e infectan sin piedad, sigo pensando que si un país (pobre, subdesarrollado y para colmo condenado al patíbulo por el imperio más poderoso del mundo) se ha artillado de condiciones para enfrentar mejor una pandemia así, es mi Cuba.

Y no lo afirmo solo por el extraordinario y bien ganado prestigio que durante décadas ha merecido la medicina cubana a escala internacional. Tampoco por la cantidad de profesionales, técnicos, especialistas que ha preparado la nación –muy bien, por demás- a lo largo de años y años, o por esa red de consultorios médicos, policlínicos, hospitales y otras instalaciones aptas para asegurar desde la más elemental atención primaria hasta servicios especializados a los que con frecuencia acuden personas procedentes de otras latitudes.

Pienso –y me pregunto- ¿en qué país, desde el Presidente, Jefe de Estado o de Gobierno, pasando por todos los ministros y otros dirigentes al más alto nivel, encabezan o intervienen directa y permanentemente, de arriba abajo, tanto en la toma de decisiones como en las acciones concretas contra la pandemia?

¿En qué nación titulares como los de Salud, Transporte y Turismo –sin abandonar sus funciones-  se ubican a tiempo completo en una provincia para cerrar fila junto a las autoridades de ese territorio, como ocurre en Ciego de Ávila?

¿Qué naciones, donde los recursos y bienes fundamentales de producción no sean del y para el pueblo, pueden convertir en cuestión de horas modernos medios de transporte concebidos para la actividad turística en ambulancias médicas para ampliar, agilizar y mejorar la atención a pacientes contagiados?

¿Cuántas naciones pueden apelar a sus colegios médicos para mover a decenas y cientos de médicos, hacia las provincias, regiones o lugares más perjudicados, incluso trayéndolos desde el exterior?

Basta con asistir a cualquiera de los análisis que diariamente realizan los Grupos Temporales de Trabajo. Me gustaría saber, de verdad,  en cuántos países resulta fácil o posible sentar, ocupar, comprometer y poner en función de la vida, cada día, a quienes dirigen procesos de salud, servicios comunales, producción de alimentos, comercio, gastronomía, transporte, educación, acueducto, alcantarillados, electricidad, comunicaciones, trabajo y seguridad social, orden interior, medios de prensa, finanzas, economía, empresarios, gobernadores, dirigentes partidistas…

Y sumo algo que bajo ningún concepto podemos olvidar o subestimar, aunque por insuficiencia nuestra no aprovechemos como en otros esplendorosos tiempos: la existencia de estructuras a ras de barrios y de comunidades que pueden facilitar una efectiva integración de voluntades y de acciones, bajo el mismo propósito o en igual dirección.

Hablo del delegado de la circunscripción, de la dirección del CDR, de la FMC, del núcleo partidista compuesto por jubilados, de las asociaciones de base formadas por combatientes… del mismo modo que los cuadros del movimiento obrero o de la asociación que integra a los campesinos, visitando hogares en todos los casos, ayudando a las personas más necesitadas o vulnerables, a embarazadas y a ciudadanos con alguna discapacidad, promoviendo limpieza, higiene, orden y tranquilidad, en el contexto de una articulación de trabajo comunitario que multiplica fuerzas.

Eso no es muy propio de sociedades divididas, fraccionadas, sumergidas en la sumatoria de “micromundos” que individualmente trazan un aislamiento y un distanciamiento con sabor y efecto de indiferencia o de inmovilismo.

Entonces, si disponemos de potencialidades  y fortalezas como las antes mencionadas, si tenemos todas las de ganar, por qué no acabamos de cerrar bien la fila de una vez y hacemos las cosas como antes, como siempre, para acercar más y más ese momento esperado por todos, mediante el retorno gradual hacia una normalidad que puede llegar, nadie lo niega, por intermedio de la ciencia, pero también y sobre todo, por vía de la conciencia traducida en actos de bien.

 

 

 

Compartir

Pastor Batista

 
Pastor Batista