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Publicado el 3 Septiembre, 2021 por Nestor Nuñez en Opinión
 
 

Afganistán: Las malas semillas

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Néstor NúñezPor Néstor Núñez Dorta

Cuando en la madrugada del día de cierre de este agosto el último militar norteamericano escaló al avión que lo sacaría de Afganistán, luego de dos decenios de irresponsable ocupación, no pocos, lejos de alborozarse, pensaron en el escenario plagado de incertidumbre y serios peligros que los invasores dejan atrás.

No es un infundio. Menos, defensa de los talibanes. Lo mostró precisamente el brutal atentado dinamitero que pocas horas antes reivindicara el terrorista Estado Islámico (EI), que incluso acusa de moderados a los crueles “estudiantes” –como podríamos traducir del pasthún el apelativo de los hoy victoriosos fundamentalistas, formados en la madrasas pakistaníes– contra el atestado al aeropuerto de Kabul, el cual causó más de cien muertes.

Esta entidad criminal es descendiente directa de la agresividad hegemonista de etiqueta made in USA, y de la complicidad de la OTAN, el Israel sionista y las satrapías regionales, marcadas por sus inquinas y querellas.

De la historia

Fue en entrevista concedida a la publicación Le Nouvel Observateur, en 1998, cuando el ex asesor presidencial norteamericano de origen polaco, Zbigniew Brzezinski, confirmó que el golpe propinado a la URSS, al impulsarla a involucrarse en Afganistán en defensa del gobierno popular agredido por grupos armados por Washington y sus asociados, justificó ampliamente el haber apadrinado a terroristas islámicos de la talla de Al Qaeda. “¿Cuál de los hechos será más significativo en la historia –insistía cínicamente Brzezinski– armar a un par de musulmanes fanáticos o derruir al imperio soviético?”

Una manera sin duda bien clara de establecer la permanente línea estratégica gringa con respecto a las fuerzas más oscurantistas del Islam y la confirmación de que, a pesar de desencuentros tácticos con sus apadrinados, no han mermado los lazos entre los terroristas y sus ya citados gestores.

Entramado que, dicho sea y subrayado, permitió la articulación del Estado Islámico y su “resonante” expansión inicial entre Irak y Siria, justo en medio de la ocupación militar del primero luego de la demolición del gobierno de Sadam Hussein y la injerencia en la segunda mediante una devastadora guerra impuesta que ya supera una década de existencia.

Desde el último de los países mencionados han sido sistemáticamente enviados por los Estados Unidos a Afganistán miles de terroristas derrotados por el Ejército Nacional y el legítimo apoyo bélico de Rusia, Irán y el Hizbolá libanés. Es indispensable apuntar en esa cuerda que ya en 2015 medios de prensa occidentales hacían constar que el Estado Islámico “era considerado” por ciertos “actores internacionales y regionales como un arma potencial” contra sus adversarios, toda vez que debilitaba a las autoridades de Bagdad, hostigaba a grupos enemigos de Israel como el Hizbolá” y se empeñaba en el desmembramiento de Siria, a tono con las intenciones hegemonistas.

En consecuencia, la explosiva radicación del EI en Afganistán sigue siendo resultante de la práctica gringa de proteger el infierno y apretar amarras con el diablo.

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Nestor Nuñez

 
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