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Publicado el 20 Septiembre, 2021 por Prensa Latina en Opinión
 
 

Cumbre de la Celac en México con rosas y espinas

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Luis Manuel Arce Isaac, Prensa LatinaPor Luis Manuel Arce Isaac

El curso de la VI Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) realizada en México hoy, transcurre dentro de los cánones esperados de la diversidad como las rosas entre las espinas.

Según muchos delegados consultados, no hubo sorpresas por algunos pocos dardos lanzados de quienes se sabía lo harían porque les era imposible ocultar su sometimiento a Estados Unidos y ofensas a gobernantes que ya habían sentido antes sus diatribas.

No sorprendió, añadieron, que los ejecutivos de Paraguay y Uruguay, por ejemplo, defendieran a la Organización de Estados Americanos (OEA) a pesar de su desprestigio, y que incluso la equipararan con la Celac, lo cual disgustó a no pocos de los mandatarios reunidos en el Palacio Nacional.

Fue esa actitud, añadieron, la que obligó a restarle fuelle a la propuesta de México de determinar en esta cumbre el futuro de la OEA, lo cual no significa que ese ministerio de colonias como la calificó hace 60 años el canciller cubano Raúl Roa, abandone la capilla ardiente en la que se encuentra.

Esa posición de sometimiento a Washington obligó también a dar un giro a la estrategia de la cumbre y dejar bien en claro que los problemas sociales, económicos, de salud y otros que atraviesa la región, debían ser tratados por encima de los políticos, y hacer énfasis en lo que une y no en lo que separa.

Los presidentes de Paraguay Mario Abdo Benítez, y su colega de Uruguay, Luis Lacalle Pou, rompieron irreverentemente las reglas de urbanidad política y apretaron el gatillo contra Venezuela, en primer lugar, y Cuba y Bolivia, en un intento de darle un giro negativo a la cumbre. Fueron sus espinas más punzantes.

Para entonces ya habían hablado casi todos los ejecutivos que podrían haberles respondido, y eso dio la impresión de un oportunismo malévolo de ellos dos, pero faltaba aun la intervención del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

El mandatario bolivariano cumplió con lo más importante que debía transmitir a sus homólogos, como recordar el papel que jugó el presidente Hugo Chávez en el nacimiento de la Celac.

Dentro de la diversidad y discrepancias lógicas, Maduro resaltó la importancia de cada uno de los 44 numerales que recoge la Declaración de México porque expresan una voluntad de unidad e integración obligatoria para la defensa de los intereses de la región.

Dijo que después de varios años sin cumbres, se retoma el camino que debió seguir, pero pidió que se haga en un nivel más alto, y solicitó que se comience a recuperar mecanismos perdidos como los relacionados con los consejos de ministros de economía, de salud, de justicia y construir una nueva institucionalidad regional.

Allí aprovechó para responder de forma breve pero contundente a los presidentes paraguayo y uruguayo, a quienes instó a poner ellos día, hora y lugar para debatir abiertamente sobre democracia, política, independencia, libertad, de cara a todos los pueblos de América Latina, y cortó así la intención de desviar la atención de los problemas centrales de la cumbre.

Algunos de los presentes consideraron que el debate, muy bien llevado por Maduro para no concederle beligerancia a quienes insultan a otros, sirvió para tomar conciencia colectiva de que la política internacional, como dijo el propio presidente chavista, debe estar al servicio de los pueblos y de sus intereses, no de ideologías.

La situación no está para otra cosa que no sea la unidad, la diversidad es pluralidad, es unidad y lucha de contrarios como expresan conceptos filosóficos, y lo más importante es que su interpretación no sea solo retórica, sino estímulo para la acción, indicaron.

Ese es uno de los mensajes que México trató de enviar al convocar la cumbre y presentar los documentos con las ideas para fortalecer la Celac y convertirla en interlocutora válida de la región en todos los procesos de diálogo y negociación.

Respuesta trascendente de Cuba y Venezuela a intento de descarrilar Cumbre Celac

Un hecho trascendente en la VI Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) de México lo constituyen las respuestas de los presidentes de Cuba, Miguel Díaz-Canel; y de Venezuela, Nicolás Maduro, al de Uruguay, Luis Lacalle.

La reunión transcurría sobre los rieles de un pragmatismo desideologizado como sus anfitriones habían diseñado en razón de la diversidad de pensamiento en los líderes de la región y el objetivo de una unidad para enfrentar en colaboración graves problemas comunes.

De tal forma, la convocatoria fue a un diálogo lo más alejado posible de la retórica de la guerra fría auspiciada por Washington, centrado en la fundación de nuevas relaciones de vecindad sin exclusiones, ni siquiera de Estados Unidos, desterrar cualquier rescoldo de la doctrina Monroe.

Ello significaba, en la práctica, la creación de un nuevo paradigma en la interlocución del sur del continente con el norte en el que no cabían, ni caben, instituciones como la Organización de Estados Americanos (OEA).

Ese ánimo incluyente despegó de la cumbre a los presidentes de Colombia, Iván Duque; y de Chile, Sebastián Piñera, abiertamente neoliberales, quienes voluntariamente se excluyeron, más que todo para desligarse de los 44 puntos de la Declaración de Ciudad de México en los que radica la clave de ese foro. Brasil lo hizo mucho antes.

Después de que el grueso de los presidentes había hablado por orden alfabético de sus países, les correspondió a Mario Abdo, de Paraguay; y Luis Lacalle, de Uruguay, meter las espinas con las que pretendieron infructuosamente descarrilar la cumbre.

Los ataques fueron contra Cuba, Nicaragua y Venezuela, precisamente los países que más les estorban a los gobiernos estadounidenses tanto de Donald Trump como de Joe Biden. Una calistenia grosera y provocadora de mal gusto que puso al desnudo la mentalidad retrógrada de ambos.

Las contundentes respuestas, breves, concisas, de Maduro primero, y Díaz-Canel después, fueron el muro donde se estrellaron las pretensiones de socavar el encuentro, dividir y desviar a los asistentes de los objetivos de la convocatoria resumidos en la declaración final.

Los retos de Maduro y Díaz-Canel a discutir públicamente, ante los ojos de América Latina y el mundo, sus acusaciones a uno y otro país, en nada les otorgaron beligerancia, sino que los ridiculizaron cuando mostraron el rosario de acciones antidemocráticas, progolpistas y de sumisión a Washington de la OEA, que fue lo que trataron de defender en la Celac.

Lo que se debe rescatar de esa escaramuza es el fracaso de impedir la aprobación de todos los documentos presentados, en particular la Declaración de la Ciudad de México, la cual resalta el papel de la Celac como mecanismo de concertación, unidad y diálogo político, que es lo que más les duele.

En sus 44 puntos se resumen los lazos históricos, los principios y valores compartidos frente a Estados Unidos, la confianza recíproca, el respeto a las diferencias, la necesidad de afrontar los retos comunes y avanzar en la unidad en la diversidad a partir del consenso regional.

Es decir, todos los elementos de unidad que tanta falta hacen a Nuestra América, como la llamó el Héroe Nacional de Cuba, José Martí.

En ella se recoge el compromiso con la construcción de un orden internacional más justo, inclusivo, equitativo y armónico, basado en el respeto al derecho internacional y los principios de la Carta de la ONU.

Incluyen la igualdad soberana de los estados, la solución pacífica de controversias, la cooperación internacional para el desarrollo, el respeto a la integridad territorial y la no intervención en los asuntos internos de los estados, que tanto desprecia la Casa Blanca.

La Declaración de Ciudad de México debía ser motivo de reflexión y análisis universal y no solamente de los pueblos de los 33 países que la rubricaron.

Y es que lograr un equilibrio político dentro de una diversidad ideológica en la que prime la colaboración y el respeto a la soberanía y el derecho internacional, es competencia de todos quienes aspiren a una verdadera democracia, paz y seguridad.

Una prueba de altísimo valor del objetivo democrático y plural de la cumbre son las declaraciones especiales marcadas por las que instan al presidente Biden a modificar sustancialmente su política de bloqueo a Cuba, y la de crear un fondo contra los desastres naturales como expresión moral del interés de borrar las diferencias entre pobres y ricos.

El hecho de que a quienes no aman a Latinoamérica y el Caribe les haya sido imposible sacar de cauce a la VI Cumbre de la Celac, le da una singular trascendencia a las respuestas de Díaz-Canel y Maduro a esos políticos desfasados de Uruguay y Paraguay, y eleva a rango histórico una reunión como esta organizada por México.

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