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Publicado el 24 Septiembre, 2021 por Irene Izquierdo en Opinión
 
 

Enfrentar la reapertura con la cautela de un corredor de fondo

Los rebrotes han ido de provincia en provincia, con el movimiento de un huracán errático, y ha sido preciso movilizar muchos recursos humanos y materiales, y el desvelo de los involucrados, en virtud de preservar la vida, ha sido extraordinario
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Irene Izquierdo RiveraPor IRENE IZQUIERDO

Si usted es amante del deporte, habrá observado que, en la maratón –esa carrera larga, que sumerge a los competidores en su propio mundo interior, sin descuidar a los rivales-, nadie se emplea a fondo desde el principio, porque hay que administrar, regular las energías, en aras de la victoria. Solo de una adecuada estrategia dependerá siempre ganar el cetro.

Un símil de lo que acabo de describir debe ser nuestro actuar desde hoy, con la reapertura de servicios diversos. No es un banderín abierto, como solemos decir popularmente, sino un inicio progresivo en el cual somos los atletas de la maratón. Está claro que las autoridades establecen las reglas o los protocolos que han de cumplirse estrictamente. ¿Y quiénes los deben llevar a efecto? Por un lado, las administraciones estatales o propietarios de negocios privados, y por el otro, nosotros.

La reapertura se me antoja soplo de brisa fresca, luego de tanto rigor que nos ha impuesto la pandemia con el obligatorio e imprescindible aislamiento; el tanto luchar en las colas, donde las personas olvidan el distanciamiento; por la osadía de mucha gente con el nasobuco por debajo de la mandíbula, y la proyección de algunos bravucones fuera de lugar,  además de conocer que no en todos los centros asistenciales se ha brindado el servicio con la eficiencia requerida. Está claro que nada de esto se eliminará de un plumazo, y ante tal inconveniente deberá imponerse la responsabilidad.

Los rebrotes han ido de provincia en provincia, con el movimiento de un huracán errático, y ha sido preciso movilizar muchos recursos humanos y materiales, y el desvelo de los involucrados, en virtud de preservar la vida, ha sido extraordinario.

Al comenzar el 2020 nadie era capaz de imaginar la crisis sanitaria, económica y social que provocaría a nivel mundial el coronavirus SARS-CoV-2. Y a punto de terminar el 2021, el panorama sigue siendo sombrío, por las muchas arcas que han quedado vacías, y por los millones de vida que no volverán.

En Cuba no hemos vivido ajenos a esas realidades, sobre todo, en lo relacionado con la muerte. ¿Quién no ha tenido un familiar, un amigo o un conocido que haya perdido la vida a causa de la COVID-19? Como nunca antes, el duelo ha sido tan colectivo como lo es es hoy.  Ante cada parte se lamentan los decesos, porque este es un mal que nos ha convertido en constantes preocupados -casi paranoicos diría yo-, al no saber quién puede estar contagiado de variantes o cepas cada vez más ágiles en su contagiosidad y letalidad.

La experiencia acumulada en este sentido nos sirve a todos para hacer gala de la prudencia. Un nuevo camino empieza. Este viernes sonó la “arrancada”; las acciones a desarrollar irán tomando cuerpo de manera progresiva; mantener bajo control a la pandemia con los resultados que precisamos –o “convivir” civilizadamente con ella-, es el reto que nos permitirá llegar a la ansiada meta de una nueva normalidad,  en la cual sigamos cuidando la vida con el mismo ímpetu que un corredor de fondo defiende su cetro.

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