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Publicado el 30 Septiembre, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Levantamos un parque donde hubo un salón de tortura

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María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

A mi padre, en sus 92 años de vida revolucionaria, este 21 de septiembre de 2021. A Fidel, a mi país.

De pequeño se aprehenden los valores esenciales que conducirán a uno hacia los propósitos escogidos. Se puede ser amoroso de su país y menospreciar una flor o un beso. Se puede ser un canalla y adorar un beso o una flor. Se sabe hace cientos de años que no somos tabula rasa; por eso en nuestro cerebro se cincelan esos valores, pero cada quién decide qué hacer con ellos.

Hasta los 25 años se me dificultaba identificar los lados cardinales de izquierda o derecha en mi propio cuerpo; sin embargo, ya desde niña conocía por mi padre, Raúl Valdés Vivó, que del izquierdo estaba la razón y el equilibrio y del derecho lo injusto y lo falaz. Así de patriota me criaron y así de patriota moriré de cuerpo, porque mi espíritu vagará por ahí…

No obstante, tenía un problema práctico: perderme en una dirección de mi propia ciudad natal, más por deseo que por identificación vivencial, ya que, hasta los 24 años –con algunas interrupciones en La Habana– viví en el extranjero.

¿Qué me hizo saber que la izquierda de mi cuerpo – y por extensión del espacio circundante- es la del lado del corazón, y la derecha la mía de escribir? Muy sencillo: me nació mi primer hijo y a él tuve que enseñarle a cruzar la calle. Y hasta que estuve segura de habérmelo aprendido no lo dejé ir solo al parque de enfrente del edificio. Me repetía como un mantra: la izquierda, del corazón; la derecha, con la que escribes. ¡Pero oh!, las sorpresas de la naturaleza: el hemisferio dominante de mi pequeño es el derecho y por tanto nació zurdo.

Aunque eso no impidió que aprendiera a cruzar la calle debido a mi voluntad. Hasta que lo fijé, estuvo seguro en casa. Y todo gracias a mi padre: en la izquierda (por lo general, si no hay traidores) se sientan los justos desde la Revolución Francesa.

En estos días evoqué a ambos, a mi hijo y a mi padre. Estuve de casualidad en el parque donde de muy niño lo llevaba a jugar, y fue el mismo sitio donde estaban los sótanos de algo horrible: una cárcel de tortura del ex cabo, devenido general para unos doctores conniventes. Antes de 1959 esto era un antro de asesinatos, corrupción, opulencia-miseria, y una interminable lista de infiernos.

Mi padre, por ser miembro del Partido Socialista Popular (PSP, comunista) estuvo ahí y jamás delató a sus compañeros. Vio como arrancaban uñas, ojos, mutilaban sin piedad. Se alzó y logró salir vivo. Sobre ese terreno, Fidel y sus rebeldes levantaron un parque hermoso en árboles, en juegos infantiles, en monumento de piedra, y ahora le han añadido la tecnología, con la Wifi. ¿Y es acaso este un régimen asesino, que desaparece gente con un gobierno tirano, tal cual mintieron sobre este 11 de julio? Que vayan al parque de 25 y 32, Plaza, y vean, perciban, sientan. Mi padre es parte de ese legado, de esa obra magna que es darles a los niños memoria patriótica, a pesar de que muchos escojan otros caminos. No importa, la flor y el beso le sabrán siempre a vida digna.

Y eso es lo que cuenta.

Soy periodista de izquierda, del pueblo, no de una elite burguesa y egoísta, porque esa acabó en 1959. Cuando algún ser humano ha andado equivocado, nace la palabra sabia, el consejo amable y amigo. ¡Cuántas veces papá no se vio ante la triste disyuntiva de alertar al Partido ante un mal comportamiento o escoger tender su palabra razonable como puente!

Fui su compañera, desde niña, y su mejor discípula, y su peor “derechista”, porque quizás por pertenecer a una generación diferente y de contexto histórico otro me exaltaba más ante los errores.

Un día en su malestar conmigo, yo su única hija, papi me ofendió: “¡Eres una intelectual!” ¡Cuán enorme no sería la sorpresa!: me lo decía él, un intelectual enorme. Miembro del Secreatariado del Comité Central del Partido Comunista, escritor, poeta…Lo entendí: el hombre y sus circunstancias, y es que en la década de los 80-90 del pasado siglo en Cuba se llegó a confundir disenso con contrarrevolución. Y ha habido personas así, pero la mayoría fuimos, somos y seremos, intelectuales de izquierda.

Siempre escucho al pueblo: al equivocado, al mentiroso, al apátrida, al traidor, al cansado, al derrotado, al incrédulo, al escéptico, al valiente, al dogmático, al optimista, al objetivo, al guerrero. A las madres, a los niños, a los ancianos y ancianas, al militante, y al que espera una visa que no le llega. Los escucho y callo, no por temor; es que cuando hablan ya en mi mente surge esa línea que escribiré o ese artículo que jamás haré, pero que perfila mi compromiso de morirme en este suelo, peleando si fuese preciso.

Todo debe doler: mi dolor, el del vecino –el de cualquiera-: el del astronauta que no es propulsado al cosmos, el del damnificado ante huracanes, el del hambriento por guerras atroces, el de las mujeres víctimas de abuso, el que no puede vivir dignamente en ningún rincón del mundo. Y no se trata de romanticismo; es estar en el lado cardinal.

Podré incluso escuchar al de derecha, derecha, derecha. Y callo, no por miedo u apatía, sino porque me siento como una copa de ambrosía gracias a que Raúl Valdés Vivó me enseñó primero que era la izquierda en política antes que la ubicación en una calle de Praga, Moscú, París, Madrid, Addis Abeba, Lagos, Hanoi…

En La Habana, mi Habana grande, ya sé que el corazón está a la izquierda y yo escribo con la derecha. El parque y su monumento a los luchadores revolucionarios asesinados en el tristemente famoso BRAC (Buró para la Represión de las Actividades Comunistas) me removieron en el amor de una madre cuyo hijo es emigrado semi de derechas, o al menos no comunista: no necesariamente hay que serlo para ser bueno. Amor repartido con otro que teje similar sueño.

Ambos, sin embargo, crecieron gracias a los beneficios de la Revolución, que planta árboles y reparte lo poco que logra tener. Y tendremos más cuando las fuerzas creadoras del pueblo se desaten completamente: de todos, los trabajadores estatales, los cuentapropistas, los campesinos, los artistas, las amas de casa, todos. Y también de sus intelectuales, que se sientan del lado izquierdo y escriben con la derecha, licencia poética también para algún zurdo o zurda.

Cada vez que, usted amigo, amiga lectora, se queje, llore, sufra por falta de abastecimientos, por decisiones absurdas, por la desidia, el atropello de algún funcionario insensible, o se acuerde de toda la descendencia de los que por más de 60 años nos han bloqueado todo, menos la esperanza y las ganas de vivir, recuerde a nuestros mártires. ¡Gracias, papá! ¡Gracias Fidel! ¡Gracias, Revolución!

¡Ah! Y no vamos a callarnos ante injusticias. Los muertos en el BRAC no nos perdonarían.

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María Victoria Valdés Rodda

 
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