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Publicado el 21 Septiembre, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Palestina: ¡Que el Universo haga justicia!

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María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

A los mártires del pueblo palestino. 

A mi hermano de ideas Mahmed Said. Amor personal que se tornó hacia el de una causa cabal.

Cliché mediante, tenía los ojos más hermosos del mundo… Qué digo mundo. Del Universo. Pero jamás fueron tan intensos como cuando los vi desbordarse de dolor, esa tarde inolvidable de 1982: “María, María, asesinaron a mis primos allá en el Líbano”.

Era el joven más alegre. Tenía una risa diáfana, abierta, la más contagiosa del mundo… Qué digo del mundo. Del Universo, pero, ese momento, en la praguense calle de Leninova 17, ha sido uno de los más dramáticos de mi vida. E indiscutiblemente de Mahmed, vecino del mismo piso por la década de los 80 del siglo pasado, coincidente con nuestros años de preuniversitario, en una Praga socialista.

Lo veía el más enamorado de los hombres, bailaba con todas. Jamás conmigo. Como tampoco a mí me pasaba el brazo por los hombros, como a su amor de turno checo. Y yo las envidiaba, con la roña más grande del mundo. Qué digo del mundo…

Paradojas: ese día fui la muchacha más feliz, que, en su egoísmo de mujer, no entendía casi sus palabras iniciales: “A ver, cálmate, toma un poco de refresco, ¿quieres té?, ¿qué pasó?”. Y una ira incontenida contra los asesinos, vertida en mí me hizo entonces la doliente fui yo: “¿Tú eres burra? Que Sharon con su falange entró en Sabra y Chatila, y ahí estaban mis tíos y primos… (sollozos suyos) y los mataron, los mataron”.

En esa trágica experiencia nos fundimos en amistad, y fue el abrazo más doloroso jamás sentido, y los ojos negrísimos, de una belleza honda, cobraron así todo el color de un luto ya por mí asumido, de modo que los míos dejaron de tener destellos de esperanza. “Los mataron, los mataron, los mataron. Pero te juro que los vengaré”, susurró con el cuerpo atravesado de impotencia.

Quise ser reconfortante, mas, al temer otro involuntario improperio, hice apenas algo instintivo: acaricié su pelo, su perfecta combinación de mirada que, negros, negros, negrísimos a causa de la maldad sionista, me suplicaban protección. Y el antes Mahmed, quien en broma decía que sería el primer manager de un equipo mixto de árabes e israelíes, ansiaba nada menos que una ametralladora, no una pelota de futbol; blasfemaba y vomitaba odio y pedía al menos un fusil.

Llegó papá, también un poco el de él, porque el suyo había caído en combate, como mártir de la Guerra del 67. “A ver, muchachos, hay que esperar. Es verdad, ya la prensa de Occidente lo comenta, aunque todavía no tenemos las cifras exactas, sin dudas es una monstruosidad”. Y ante la insistencia en venganza, papá le decía: “No, tú pueblo necesita justicia, no sangre por sangre así nada más. Ese no eres tú. Recapacita”.

Y yo: “Déjalo, ¿no ves que anda en un trance de dolor, más grande que su cuerpo?”. “Sí, pero no va a ser el único, que se fortalezca”. “Por Dios papá, misericordia, es un hombre desgarrado”. Avergonzado, solo dijo: “Está bien, cuando se calme me lo llevas a la sala”.

¡Ay!, que momento inconcebible para el halago femenino, qué maldito instante para el oportunismo enamorado: besé sus ojos, su pelo, abracé todo su cuerpo, lo pegué junto al mío con alevosía, porque sabía que a la larga Mahmed cumpliría su palabra. Y además siempre sería únicamente mi amigo.

Años más tarde, a través de amistades del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP) residentes en La Habana, me llegó un mensaje (mi padre era una figura pública y política conocida): “María, mi María, nombre de mujer, me voy a la guerra como te dije ese día en Praga. Los cabrones sionistas conocerán de mí. Y no es venganza; es justicia. Díselo a nuestro padre”.

El dolor, mi, nuestro dolor (el de papá incluido) fue tan profundo, tan fuerte, que no lloré. Unas esmeraldas me nacieron por ojos, y así, inmortalizado, los de Mahmed deben andar por algún universal recodo de su pueblo. Debe haber muerto.

En esta época, para nada ideal, se debe recordar la masacre de Sabra y Chatila, donde cayeron asesinados más de mil niños, mujeres y ancianos. El ultraje los tomó por sorpresa. Pero ya nunca más. ¿Posibilidad o deseos de paz?

El año que viene se cumplen 40 años de esa infame acción (15/18-9-1982) del ministro de Defensa, quién sería después primer ministro de Israel, Ariel Sharon. Desde su puesto político la llevó a política de Estado. El Ejército de Israel a sus órdenes invade Beirut y asesina a supuestos aliados. La noche del 16, los falangistas libaneses vengan la muerte de su líder. ¿Fue eso tan así, no amerita una reevaluación de la historia en sus hechos y trasfondos? ¿Fueron los libaneses contra los palestinos indefensos, o fue maniobra del sionismo?

¡Basta, basta, basta! No hagamos valederos ciertos dichos populares, ¡para que la memoria histórica no tenga piernas cortas!

 

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María Victoria Valdés Rodda

 
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