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Publicado el 15 Septiembre, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Vindicación de un mejor entendimiento generacional

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María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Participé en la década de los ochenta en una investigación de la Academia de Ciencias en el marco de un estudio nacional sobre la juventud cubana de entonces, solicitada en primera instancia por Fidel Castro. A esta reportera, a la sazón socióloga en activo, le correspondió (junto a otras dos colegas) el capítulo referido a las relaciones intergeneracionales.

Y aunque me incorporé a la investigación cuando estaba avanzada, pude asistir a una de las partes más interesantes del trabajo social, lo que en el argot académico se llama trabajo de campo, en el sentido de diálogo y entrevista con un segmento de la población. A pesar de que la muestra no era significativa para medir el universo real, al menos nos daba tendencias. Y muchas veces de eso tratan las ciencias sociales: de avizorar, con determinado margen de error, qué pudiera pasar.

La investigación, denominada Programa 001 sobre la Juventud en Cuba y dirigida por Angela Casañas (de quien guardo experiencias magníficas, por su talento), contó con la colaboración de demógrafos, matemáticos, antropólogos y hasta algún filosofo. Ya desde en esa época –todavía de bonanza económica, sin desdorar las existentes inconformidades– se atisbaba una tendencia que, en mi condición de periodista, más de 30 años después palpo como in crescendo.

Es decir, la muestra entrevistada marcaba muy fuertemente que jóvenes y “viejos” eran muy intolerantes unos con otros. Hablo simplemente de aparentes incomunicaciones de pensamiento a partir de la edad. Que luego, al hurgar en las preguntas más profundamente, se veían que no eran tales; solo había que aprender a dialogar y a asumir las claves del interlocutor, ya fuera familiar, jefes u amigos y, por qué no, también maestros y profesores.

A la altura de estas líneas, puede que algún lector se aburra y exprese: “Más allá de la anécdota personal, esta escribidora nada me dice”. De acuerdo, a lo que voy: Me preocupa, y mucho, muchísimo, la asunción de la historia. Esa que empieza en el hogar, pasa por el barrio y emboca en la escuela.

El tiempo histórico va más allá de la Física, o la Matemática. Es también un devenir circular. Y si bien es cierto que “no es posible bañarse en las aguas de un mismo río dos veces de la misma manera”, a lo que (nos) sucedió  se puede volver en el recuento tantas veces se quiera o se pueda. Precisamente este texto se inspira en el venidero y próximo cumpleaños de mi padre, que ya no vive corpóreamente y con quien teníamos “guerras verbales campales”, pero al final se imponía el cariño, los argumentos e iguales deseos de desarrollo y bienestar para nuestro país y el mundo.

Volver atrás en la conversación entre las generaciones no significa inmovilismo, añoranza. Puede ser enseñanza, aprendizaje, tributo. Hace algunos días escuché pasmada que se rechazaba el recuerdo de una época pasada sencillamente terrible para la nación cubana y su revolución: El tan mentado Período Especial. Igual pudiera decirse del bicho tenaz y ladino del bloqueo estadounidense.

Y decía líneas arriba que me preocupa la transmisión de la historia y la asunción por los más jóvenes porque esta va más allá de los mentados episodios “épicos”, reflejados con primacía en la TV o en los libros de Texto. La historia de Cuba está conformada –como en todo país de la Tierra– además por esos eventos en apariencia insustanciales como que las madres en el Período Especial nos acostáramos con el estómago vació para que nuestros hijos fueran satisfechos a la cama. Preguntemos a las africanas cuán difícil es hacerlo.

O esos padres que daban pedales para buscar donde fuera las viandas, o como el Estado logró mantener, con ingenio, la cuota de leche de cada nene de casa. O como se tuvo que recurrir a la memoria para contar cuentos, porque las editoriales no podían ni imprimir por falta de papel, no solo por el Período Especial, sino por el Bloqueo. ¿Más de lo mismo? Opino que no. Aunque es cierto que para que no se convierta en un lastre hay que aprender a evocarlos de manera más convincente y desde ángulos diferentes. Y escuchar y analizar y hasta criticar mucho, mucho más la realidad, el presente.

Los sucesos históricos tienen su basamento en lo interno, es cierto como el sol que sale todos los días; sin embargo, despojarlos de su ropaje internacional es genuinamente inocente, y puede hacer mucho daño. Ejemplos tenemos en Cuba desde hace varios meses. Considero que la Historia Nacional, en sus textos y difusión, pudieran ser revalorizados, porque hay etapas que no están en ellos, y han marcado –y traumatizado, cómo no, a una generación entera–.

De más está afirmar que esas heridas jamás han inmovilizado a ningún cubano: acá están nuestras historias diarias que en torrente nacional provocan la admiración de nuestros amigos. Si la Revolución no hubiera alentado el internacionalismo y la solidaridad (los niños de Chernóbil, y que por mi hable la obra documntal de la colega Maribel Acosta) en esos años duros, tal vez Cuba no recibiera ahora tantos cargamentos de medicamentos e insumos contra la COVID-19 como manifestación de afecto. Y uno grande.

Investigación que resurge en mí, 30 años después

Hay que aprender a ser respetuosos dentro de los marcos en los que nos movemos. Porque esos “viejitos” que hoy sufren el impacto del mismo bloqueo de hace seis decenios, peor (¡vaya que aburrida!, alguno me dirá, quizás), eran los padres de los padres de quienes hoy rondan los 20 y pico y 30 y pico de años.

Esos que siguen aquí y se batieron duro en cada frente de batalla cotidiana, y siguen sufriendo por ambas cosas: por factores externos y por ineficiencias de decisiones administrativas de algún desmemoriado. Y qué decir de quién emigró, que mes tras mes, manda la remesa, si es que el sin par Bloqueo se lo permite. También de los que junto a los padres hacen las colas interminables para llevar alimentos al hogar, mientras los niños ven sus teleclases. Así que démosle amor.

Ya ven: esta Cuba nunca ha tenido sosiego, ni gente cansada de vivir y de entregarse a tope en lo que hace, de modo que hay que ser muy cuidadoso a la hora de enjuiciar recuerdos, trasladados, sin lugar a dudas, como enseñanza, jamás como queja.

Convencida estoy de que cada pueblo tiene sus propios episodios grandiosos: y ¿porque ahora la Wifi o los influencers estén de moda, Rusia va a dejar de hablar y de venerar los 900 días del cerco fascista de Leningrado socialista? No se olvide, he ahí el meollo del asunto: el Socialismo, esa molesta piedra en el zapato de la criminalidad del egoísmo y la vanidad de los poderes facticos.

Hoy en día poco se habla menos cara a cara. Casi todo el tiempo andamos, unos y otros, pegados al celular.  Pero somos martianos y el Apóstol decía que los niños debían irse a dormir habiendo hecho algún bien a diario. Ponderemos eso en la escuela, en la casa, en la TV, en el diálogo generacional responsable, amable, y amoroso.

Y sí, orgullosa de ser cubana. Porque este pueblo merece un monumento tallado en piedra, pero, como no los vamos a levantar nosotros mismos, al menos que perdure en cada alma del que nazca, del que crece. Y principalmente del que tiene alguna responsabilidad pública o también de aquel “tranquilo y anónimo” en su entorno social.

El hogar, la escuela, la TV son también la patria, así que tanto a los bisoños como a los entraditos en años, nos urge aprender a conversar, a plantear las verdades de cada generación, sin violencia o desidia. Porque, no lo dude usted, joven lector, lectora que, para mi alegría, tal vez acceda a Bohemia, dentro de 10 años sus experiencias fuertes serán esta pandemia, cómo se involucró, qué hizo, y sentirá similar orgullo de saberse vencedor, o vencedora de una enfermedad espantosa.

Ya ha pasado antes. No se olvide: tenga paciencia si su abuelo le hace los mismos “cuentos” de siempre, o si su nieta u hijo le repite como un mantra que así no podemos seguir, qué el país no avanza. La perspectiva histórica está ahí, en el tiempo: físico, filosófico, sociológico, pero inevitablemente también en el ético, tan lindo y radiante como la sonrisa del primer niño que vea.

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María Victoria Valdés Rodda

 
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