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Publicado el 27 Octubre, 2021 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

China o el miedo ambiente

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Por EDUARDO MONTES DE OCA

Ataques contra la suerte de “agencia de espionaje” que a los ojos del establishment –velados ex profeso– constituye la compañía Huawei; restricciones a los diplomáticos de China en EE.UU.; provocaciones en las aguas marinas cercanas a la nación asiática; injerencia en las cuestiones domésticas de esta en Hong Kong; venta de armas a Taiwán… La escalada de la confrontación detonada por la arrogante superpotencia no tiene parangón en la historia contemporánea, como bien anota Fernando Bossi Rojas en Resumen Latinoamericano.

¿Cuál es el fundamento de la arremetida? El coloso le está disputando palmo a palmo al Tío Sam la hegemonía económica, financiera, científica, tecnológica y hasta militar. De ahí que “todo el imperialismo occidental, con los Estados Unidos a la cabeza, esté desplegando su inmenso poderío cultural y mediático para desprestigiar a China y su gobierno”. Por eso, en su momento, el secretario de Estado Mike Pompeo balaba, farisaicamente, que las

empresas del contrincante brindaban apoyo material a regímenes implicados en abusos de derechos humanos a nivel planetario –por cierto, a qué elemento vulnerador de estos derechos no le habrá ofrecido Washington el espaldarazo en aras de sus intereses–.

A todas luces, el pretexto resulta endeble. En el fondo, y no tan allá, los yanquis, que de tontos no peinan ni un cabello, justiprecian  que la competencia se despliega en medio de la Cuarta Revolución Industrial, en una era, apunta una nota de la cadena televisora rusa RT, “de cambios tecnológicos sin precedentes impulsados por grandes datos, inteligencia artificial, computación cuántica, bioingeniería y muchos más”. Y el que ello coincida con la peor pandemia en un siglo ahonda y acelera el drama –ojalá que no tragedia a la postre–, “con China como la fuente de la enfermedad y potencialmente el mayor benefactor como la primera gran economía en superar las consecuencias”.

Un breve paneo

Acrecentada hogaño, la liza cuenta con unos anales que el analista español Xulio Ríos detalla en artículo de sugerente título, “La des-sino-mundialización”, en la digital Rebelión. Nos recuerda que, a causa de la política de reforma y apertura iniciada en 1978 y, sobre todo, tras su ingreso en la Organización Mundial del Comercio

(OMC), en 2001, el “dragón” se trocó en la fábrica del orbe y  empezó a desempeñar un papel clave en el envión a la globalización que siguió al ¿término? de la Guerra Fría. “Esa etapa parece haber llegado a su fin. Y por dos razones principales. Primero, porque China ambiciona transformar su modelo de desarrollo para convertirse en la vanguardia tecnológica mundial, aspecto clave de su modernización y también de su afán de afirmación de soberanía; segundo, porque dicho objetivo rivaliza con los propósitos de las principales economías desarrolladas lideradas por EE.UU”.

Si Washington accedió a colocar al gigante en el centro de las cadenas planetarias de valor implementadas por sus propias transnacionales con el convencimiento de que facilitaría la convergencia de modelos y la plena integración en sus redes de dependencia, el tiro le salió por la culata. Es más, “se diría que el divorcio es un hecho”, la mar de explícito tras el viraje estratégico hacia la confrontación realizado por la administración de Trump. “En 2019, China pasó de primer a tercer importador de EE.UU. La inversión directa china bajó de 5.400 millones de dólares en 2018 a 5.000 millones en 2019. Este es el nivel más bajo en más de una década, subraya un informe publicado por el Comité Nacional de Relaciones entre EE.UU. y China y la consultora Rhodium Group. En contraste, la inversión estadounidense en el país asiático aumentó al pasar de 13.000 millones de dólares en 2018 a 14.000 millones en 2019. Ese incremento se produjo en gran medida debido a los proyectos que habían sido anunciados previamente”.

En la misma línea, EUA presiona a sus empresas para que salgan cuanto antes del “territorio maldito”.  Claro que el anhelado desacoplamiento no se erige en la única variable del proceso de alejamiento y del auge de la abierta competición. “Washington, por ejemplo, amparándose en razones de seguridad nacional, sigue poniendo obstáculos a Huawei, presionando a gobiernos de todo el mundo o imponiendo un veto a los proveedores mundiales del fabricante chino porque va por delante de EE.UU. en el desarrollo del 5G, verdadera razón de la pugna. El objetivo último es quitarse a China de en medio, malogrando sus planes tecnológicos y reduciendo su influencia global, ya que representa el principal peligro para preservar su hegemonía. Si para defenderla es necesario poner patas arriba las cadenas de suministro globales o liquidar de facto la antes glorificada OMC, se hace y punto. America First”.

Ahora, las trabas dispuestas para que Beijing no alcance la altura del rol que le corresponde en virtud del tamaño de su economía, en el seno de instituciones encabezadas por Occidente como el FMI o el Banco Mundial, han servido de bien poco. A la larga, esos impedimentos han derivado en la “fundación del BAII,-Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (que EE.UU. boicoteó desde el primer momento), y el nuevo Banco de los BRICS, que darán sustento a su proyecto.

China, el mayor socio comercial de más de una centena de economías de todo el mundo, ha dejado en claro que apuesta por una globalización de nuevo signo, que, además del comercio, pueda incorporar otras variables especialmente las infraestructuras o el medio ambiente, claves esenciales también en su ‘nueva normalidad’ interna. La Franja y la Ruta, igualmente demonizadas por EE.UU., son el estandarte de su apuesta y refleja ese propósito histórico de nunca más cerrar su economía al resto del mundo”.

El analista considera que no obstante la guerra comercial o el desacoplamiento que pudieran crear importantes dificultades a China, no lograrán erosionar significativamente su papel en la globalización corregida que nos espera. Y que también habrá ingentes costos para los Estados Unidos. Se avecina, estima, un pulso relativamente dilatado y generoso en complejidades y peligros, que se retroalimentará en diversas áreas: la economía, la defensa, la ideología, la geopolítica. ¿Nueva Guerra Fría? Quizá le gustaría al Tío Sam, mas la bipolaridad mira al pasado, se responde el articulista de Rebelión.

Cuesta abajo en la rodada

Colorida imagen es la utilizada por el periodista chileno Pablo Jofré Leal en HispanTV para referirse a la erosión de la hegemonía de EE.UU., “impulsada por China”, dada su influencia en política internacional, y de resultas del prestigio que obtiene en su puja con el imperio más poderoso de la historia. De ahí, las embestidas de miura, como de enceguecida bestia, las cornadas lanzadas sobre el contendiente. ¿Por qué ese empecinamiento en desacreditar al Estado asiático?, preguntémonos con el aludido observador. Entonces, contestémonos con él que tanta impugnación de lo humano y lo divino –incluidas dizque la negligencia en el control de la covid-19 y su propagación consciente– radica en factores políticos, económicos y de fuerte confrontación hegemónica, en instantes en que “China está golpeando las bases de lo que ha sido el poderío estadounidense tras el fin de la SGM [Segunda Guerra Mundial]. Estableciendo alianzas comerciales con gran parte de los países del mundo sin invasiones, ni agresiones militares ni chantajes en el seno de los organismos internacionales.

“[…] ha entrado de lleno en África, con 250 mil trabajadores de esa nacionalidad, miles de empresas. Con inversiones que han pasado de 85 millones el año 2000 a 400 mil millones de dólares en la actualidad”, en particular en los países subsaharianos, a los que ha “diversificado en infraestructura ferroviaria, represas, oleoductos, carreteras, y donde los llamados metales estratégicos son una fuente valiosísima para las industrias tecnológicas modernas: oro, coltán, vanadio, manganeso, uranio y cromo, entre otros. Una presencia marcada además por diferencias notables en relación con las antiguas metrópolis y la de Estados Unidos”.

Asimismo, de 2005 a 2014, detalla Jofré, la República Popular China otorgó nada menos que 120 mil millones de dólares a países de América Latina y estableció un fondo para la cooperación bilateral en áreas de biotecnología, minería y proyectos de infraestructura que sobrepasó la friolera de 15 mil millones de dólares. En el decenio del 2016 al 2026 se definió un proceso de inversión de 250 mil millones de dólares. “Un crecimiento de inversiones de 70 por ciento, frente al 20 menos de Estados Unidos, que va en franco retroceso y menor influencia”. Para el entendido, la pérdida de influjo, a más de la necesidad de desviar la atención sobre los problemas sanitarios y políticos internos, explica la política de Washington de enfocar en el colimador al “antagonista”, con el inocultable anhelo de impedirle el desarrollo en el comercio global, y de sumergirlo en conflictos como el del Mar Meridional de la China, con la incitación a los socios de la región a tensar las relaciones con Beijing.

Lo que se percibe es, en criterio de Boaventura de Sousa Santos, el pulso de un imperio descendiente y una potencia ascendente. Y los signos proliferan. Tengamos presente que si la última fue una de las principales economías del globo durante varios siglos –representaba del 20 al 30 por ciento del PIB universal–, circunstancia que varió a principios del XIX –con alrededor de un cuatro por ciento en 1960–, a partir de los años setenta comenzó a resurgir y hoy supone el 16 por ciento. La actual pandemia ha hecho aún más evidente el calificativo de fábrica del mundo. “Mientras Donald Trump vocifera contra el ‘virus chino’, el personal médico y de enfermería estadounidenses están esperando ansiosamente la llegada del nuevo suministro de material de protección personal de China”, hizo notar tempranamente el catedrático portugués.

Como si no bastara, remarca el conocido sociólogo, los estudios del Commerzbank y el Deutsche Bank mostraban que el “dragón” recuperaría las pérdidas del PIB causadas por la covid-19 a finales de 2020, en tanto Europa y EUA seguirían enfrentando una severa recesión. “El peso del consumo interno de China en el PIB es ahora del 57,8 por ciento (en 2008 fue del 35,3 por ciento), es decir, un peso cercano al de los países más desarrollados. Se ha escapado de los medios occidentales que, ante la intensificación de la guerra fría por parte de los Estados Unidos, China propone adoptar una política de mayor autosuficiencia o autonomía que le permita seguir exportando al mundo sin depender tanto de las importaciones de alta tecnología”.

Entretanto, los EE.UU. se erigen en el ejemplo contrario. El extraordinario dinamismo de los años cuarenta del XX y de los dos decenios subsiguientes se ha esfumado. Sucede que, tradicionalmente inclinada a tomar la guerra como instrumento de “solución” de los conflictos, la Unión ha gastado en aventuras castrenses la riqueza que podría volcar puertas adentro. Desde 2001, el gasto bélico ha ascendido a seis trillones de dólares. Y si, como recientemente ha aseverado el expresidente Jimmy Carter, aludido por nuestro meditador, en 242 años de existencia solo ha estado en paz 16, desde la década de los 70 del siglo XX China no ha empuñado las armas contra ningún territorio.

Las cifras no hablan; gritan

Convengamos con una cohorte de estudiosos, entre ellos Hedelberto López (Rebelión), que se atienen a la realidad de las cifras, nada frías. Ocurre que estas reflejan de inmejorable guisa que, en medio de la debacle que ha supuesto la expansión del nuevo coronavirus en los cuatro puntos cardinales, el país donde se detectó por primera vez la enfermedad ha logrado levantar su economía, mientras que la de EUA continúa de capa rozando el piso. Los especialistas han concluido que esa gran diferencia entre las dos principales potencias se debe a la toma de medidas pertinentes por parte de China para contener la pandemia desde los primeros momentos, en contraposición a la actitud que se gastó EL payasesco magnate-presidente, empeñado en desestimar la gravedad de la dolencia desde el principio.

Pero insistamos en que el retroceso se manifiesta desde antaño. Los datos devienen nítidos. Por citar unos pocos, auxiliándonos de López, comentarista de Rebelión: el salario real en Estados Unidos es hoy inferior al de hace cuatro decenios, premisa bajo la cual el empleado promedio debe trabajar el doble de años que 30 atrás para pagar el precio de un pequeño apartamento. El nivel de desigualdad social ha empeorado progresivamente con la subida del costo de la existencia. Casi 50 millones de personas se encuentran por debajo de la línea de pobreza y el 36 por ciento de los ciudadanos carecen de seguro médico que les brinde acceso a una atención especializada. En la última década se redujo la esperanza de vida. Conforme al Departamento de Comercio, la economía se contrajo en el segundo trimestre de 2020 al ritmo más trepidante de su historia y evidencia la más ciclópea catástrofe de su tipo desde la Segunda Guerra Mundial. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) estimó para 2020 un despeñamiento del 7,3 por ciento del PIB, monto que se podría alterar si se mantiene o incrementa la ola de coronavirus. Constantemente suena el alerta acerca del despegue de la deuda, que sobrepasa ya el ¡15 por ciento del PIB!. En el año fiscal 2020, finiquitado el 30 de septiembre, rebasaba los tres billones (millones de millones) de dólares.

¿Y China? La única potencia que terminó el año de la pandemia –en las postrimerías del 2020- con aumento económico (2,3 por ciento, según fuentes oficiales). Si en el primer trimestre su PIB se situó en menos 6,8 por ciento, en el segundo se acrecentó 3,2, por encima de los pronósticos. La Oficina Nacional de Estadísticas indicó que “en el segundo trimestre el crecimiento pasó de ser negativo a positivo”, en un contexto de reactivación tras el estancamiento provocado por la covid-19, y que “las perspectivas del mercado son buenas en general”. En términos nominales, en los tres meses iniciales la riqueza total se situó en 45,66 billones de yuanes (6,53 billones de dólares). En la recuperación han influido desde la política sanitaria adoptada ante el patógeno, que ha incorporado una salubridad gratuita, hasta la rauda transformación digital. La agencia IHS Markit informó que las exportaciones en este campo representaron el 20 por ciento del total global entre abril y junio, siete puntos porcentuales más que en el mismo período de 2019, y que también se aplicó la alternativa de incentivar el consumo de su amplia población.

Muchos se cuestionan las alternativas de los Estados Unidos si, en medio de las tensiones, China decide deshacerse completamente de los bonos del Tesoro en su haber, los cuales se propone reducir de más de un billón de dólares a 800 000 millones. ¿La razón? Los riesgos de las deudas y las consiguientes perspectivas de más profundo declive de la superpotencia. Rememoremos que solo en los seis meses inaugurales de 2020 el gigante asiático se deshizo de alrededor de 106 000 millones. ¡Y lo que faltaba! Juzgada un tremendo mazazo  geopolítico, acaba de cristalizar, tras ocho años de negociaciones, la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), el más grande tratado de libre comercio. Rubricado por 15 estados de Asia-Pacífico –incluido el gigante–, equivaldrá a un PIB combinado de unos 26,2 billones de dólares, cerca de un tercio del terrícola.

No en balde la milenaria nación ha devenido diana principal de quien procura con variopintos recursos zancadillas económicas, con guerra comercial inclusive; descomunal batalla mediática, chinofóbica en grado sumo  acertar en las fauces del “dragón”, que no se amilana, entre otros motivos porque percibe que, en el intento de poner al planeta contra él, el agresor incluso corre el riesgo de perder aliados… y puede que el mundo en pleno, a despecho de su táctica de asustar con el cuco amarillo y de ojos rasgados, y a contrapelo de su pretensión de que la humanidad se suma en el miedo ambiente al mirar hacia allá, al Este.

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Eduardo Montes de Oca

 
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