0
Publicado el 29 Octubre, 2021 por Nestor Nuñez en Opinión
 
 

Fanatismo unilateralista

Compartir

Por NESTOR NUÑEZ DORTA

Néstor NúñezSi en términos médicos existiese la especialidad de Psiquiatría Política, sin dudas el rumbo exterior de la primera potencia capitalista la convertiría en paciente preferente o, cuando menos, en esencial referente de estudio. Tal es su grado de desbarro y pifia, y, como consecuencia, su aciaga influencia en nuestro tiempo.

Desde luego, vale reafirmar que, por tratarse de quien se trata el orate de turno, todo se convierte en más riesgoso, peligroso, inestable y explosivo porque estamos hablando de un síndrome hegemonista en una sociedad que lleva la asimetría y la prepotencia en la sangre.

Recuerdo que mis primeras dudas sobre aquel vecino proyecto socio económico de pretendida pureza, progreso, estabilidad, libertad y respeto por las prerrogativas individuales empezaron con la lectura sobre la conformación de la Unión a partir de las Trece Colonias británicas.

Resulta que entonces supe que la revolución “de los padres fundadores” se impuso con el rechazo de un tercio de los pobladores de aquellos enclaves tutelados desde Londres. Que líderes significativos de la rebelión ofrecieron más de una vez a George Washington establecer una “corona norteamericana”. Que no menos de cien mil colonos huyeron de los rebeldes sin regreso permitido. Que se ahorcó y se confiscaron los bienes a infinidad de desafectos. Que se declaró “crimen de lesa patria” expresarse por cualquier vía contra el Gobierno y el Congreso o promover su cambio violento, y que las primeras elecciones presidenciales tuvieron lugar 13 años después de derrotado el poder británico, previa prohibición del derecho al voto a las mujeres y los esclavos; es decir, un millón de personas de los pocos más de tres millones de estadounidenses de la época.

Así, esa “democracia” y visión mesiánica, y oficial, del devenir de los Estados Unidos se nutrió por siglos del despojo territorial de las tribus originarias, naciones vecinas y potencias en mengua, hasta regarse por toda la geografía universal a como diese lugar a semejanza de la mala hierba. En suma, un tangible poder axiomático con raíces psicológicas que lindan con el fanatismo, la presuntamente incontestable superioridad epidérmica y cognitiva, y el pretendido mandato de las divinidades.

Del producto final

Y de tales fundamentos…tal geopolítica, que mantiene al planeta en vilo especial desde 1945 en que Washington inauguró la era de las armas nucleares, de la práctica de la Guerra Fría, y de la división del planeta en un dúo de grandes potencias contrapuestas y sus respectivos “satélites”.

Lo terrible, que ahora muchos ilusos reconocen como herencia fatal, es que, desaparecido uno de los magnos oponentes, la prepotencia de factura estadounidense y sus pujos hegemonistas siguen invalidando a USA para convivir sin pretendida ojeriza con respecto a los inquilinos viejos y a los de nueva hechura luego del dislate de la URSS y el campo socialista europeo.

Por tanto, no ha habido paz con nada ni con nadie, y todo lo dicho y hecho desde entonces y hasta hoy ha sido para materializar el añejo reino de la omnipotencia y la asimetría con el geográficamente errado “God bless America” por divisa planetaria.

Y esa manera oblicua de ver e interpretar la realidad nos devuelve al pasado y retoña un nuevo estanco en bloques antagónicos, entre otras cosas, porque los nuevos colosos surgidos a contrapelo de los pisotones gringos no son “comida fácil” para el paranoico aspirante a su eternización en el cetro global.

Con Rusia, que luego del descalabro soviético enfrentó un desmonte socialista plagado por la corrupción y entreguismo de figuras como el beodo Boris Yéltsin, la Casa Blanca embarró la oportunidad de una influencia más prolongada porque, lejos de colaborar en paridad, prefirió aplastar y humillar a una nación con mucha más historia y patrimonio nacional que su pretendido verdugo, valores que no tardaron en reverdecer con especial fuerza a partir de políticas defensoras del orgullo, las tradiciones y el legado social, político y defensivo de los pueblos que integran al gigante euroasiático.

De ahí que hoy, de vuelta a una tirantez que es base de su deformada estrategia, las tensiones con el Kremlin alcancen ribetes de elevada peligrosidad a partir de las acciones de Washington y sus socios de la OTAN por establecer cercos militares inmediatos a las divisorias rusas occidental y oriental, acompañadas de sanciones comerciales y financieras, y de una abrumadora campaña de demonización mediática.

Mientras, contra China, esa geopolítica de plena factura bipartidista, temerosa de los sonados e indetenibles logros económicos, científicos y defensivos del gigante asiático, arremete por estos días contra las perlas más preciadas de aquella nación.

Se trata del abierto intento de hacer brillar el separatismo inducido como futuro inmediato de Taiwán, en pleno desacato del hecho real y legal de que ese territorio forma parte indisoluble de la geografía y la nación chinas, y hacer fracasar en este caso concreto los logros reunificadores del principio de “una nación, dos sistemas” que reintegraron a la patria Hong Kong y Macao, ex posesiones coloniales de Gran Bretaña y Portugal, respectivamente.

Lo riesgos de estas decisiones hegemonistas es que privilegian cauces militares contra dos naciones poseedores del arma nuclear y con un avance defensivo capaz de respuestas de dimensiones insospechadas a las tentativas agresivas de los Estados Unidos y de su manojo de comparsas otanistas, lerdo en su mayoría como para atreverse a no dejarse embaucar una vez más en calidad de “munición gastable” en otra aventura expansionista donde la última, peor, pero no exenta opción, sería la mudez para siempre del género humano.

Y es que ni Moscú ni Beijing van a ceder porque no se trata precisamente de conductores que sacan el carro de la vía para que quien le embiste ocupe toda la avenida a su antojo y deseo.

“Conductores”, además, que de hecho constituyen un dueto coordinado y con miras coincidentes a partir de haber entendido con claridad que desde los centros hegemónicos se les identifica como los “blancos preferentes” y por tanto urgidos de hacerse más fuertes y disuasorios a partir de conjurar juntos los golpes en proyecto.

De manera que si otra vez estamos los humanos como especie al borde del brocal en llamas, es más que evidente de donde proviene semejante escenario.

Compartir

Nestor Nuñez

 
Nestor Nuñez