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Publicado el 23 Octubre, 2021 por Nestor Nuñez en Opinión
 
 

La tesis del desbarajuste

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Néstor NúñezPor NÉSTOR NÚÑEZ DORTA

En artículo aparecido en la publicación digital Cubahora, este autor planteaba una serie de interrogantes que, a su juicio, despejan un tanto el razonamiento en torno    al diferendo entre Beijing y la isla vecina, relanzado por estos días en términos trágicos por el hegemonismo made in USA en su empeño por hostilizar a un coloso que ya le arrebata buena parte de sus raídos cetros mundiales.

En ese momento escribí: “Supongamos que por giros de la historia, norteamericanos opuestos a Washington hubiesen usurpado por más de siete decenios la ínsula de Manhattan con la anuencia extranjera, creado un gobierno  ajeno a la Casa Blanca, llegado con igual socorro a ocupar en la  ONU la representación oficial de los Estados Unidos y, final mente, siempre con el impulso  ajeno, calculasen eternizarse  como fístula presuntamente independiente de la Unión”.

“¿Admitiría acaso Washington  semejante dislate?  ¿Quedaría en paz ante el cercenamiento de  su geografía local? ¿Cómo actuaría frente a los secesionistas y aquellos que desde el exterior les aupasen, estimulasen, y hasta desplegasen buques y naves militares en los cauces del Hudson y el East River para forzar un no retorno a lo sensato, legal e indiscutible?”.

Mi respuesta es que, de tratarse de autoridades nacionales dignas, coherentes, fieles a la historia y apegadas a la realidad, lo más seguro es que los Estados Unidos no admitirían situaciones de esa índole y harían todo lo posible por lograr su reversión mediante todas las vías que las circunstancias impongan.

Justo esa conducta seria, responsable y, a la vez, plausible y diáfana en la defensa irreductible de sus más caros derechos, es lo que caracteriza a la política china con respecto a Taiwán y cada porción de su territorio desgajada en determinados lapsos históricos por intereses coloniales y geoestratégicos.

China, lo decía recientemente en la ONU el presidente XiJinping, “valora el concepto de la paz, la concordia y la armonía”, y por tanto “nunca ha invadido o atropellado a otros ni buscado hegemonía. No lo ha hecho, ni lo hará”. Pero tampoco –lo ha reiterado en no pocas ocasiones– admitirá jamás un rasguño en materia de integridad y seguridad nacionales.

Del otro lado

Precisamente entorpecer, dañar y desgarrar a un país que considera un oponente estratégico, resulta el sustrato de todos los empeños agresivos que contra China ha institucionalizado la administración de Joe Biden, como prolongación de la torva herencia que dejó a su haber el egocéntrico y maniático Donald Trump y evidencia de que –y vuelvo al citado artículo en Cubahora– “demócratas y republicanos apenas se diferencian por lo que dicen y en nada por lo que hacen”.

Biden no solo ha mantenido vigentes, entre otras indignidades, la aguda tirantez comercial bilateral y las inculpaciones contra Beijing por la aparición de la covid-19, sino que además apunta a alentar disturbios separatistas a lo interno de la República Popular China (RPCh), ejecuta peligrosos despliegues militares en los mares que la circundan, establece nuevas alianzas bélicas específicas en su contra como la denominada Aukus, que agrupa a los Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia, y rearma y alienta a las autoridades secesionistas de Taiwán con el interés de establecer un foco permanente de tensiones en la mismísima puerta del “oponente”.

Ello, por demás, interfiere directa e ilegalmente en los esfuerzos unificadores chinos, que, con la aplicación de la máxima de “un país, dos sistemas”, ya reintegraron pacíficamente a las excolonias de Hong Kong y Macao, bajo larga tutela de Gran Bretaña y Portugal, respectivamente.

En su tarea desestabilizadora, Washington y otros aliados remiten “delegaciones oficiales” a Taiwán y promueven ventas de armas al gobierno separatista, a la vez que mueven a su alrededor sus respectivas flotas navales.

Para recordar

Vale repasar que Taiwán –o Formosa como se conocía antiguamente–, forma parte de China desde hace 6 000 años, y que sus pobladores originales proceden del territorio continental.

El cisma que hoy se recalienta tuvo su origen en el año 1949, en que las derrotadas “tropas nacionalistas” del Kuomintang fueron evacuadas por buques norteamericanos de guerra hacia la Isla, luego de su derrota ante el Ejército Nacional de Liberación, bajo la dirección del Partido Comunista Chino.

Taiwán incluso logró, con el soporte de Washington y sus socios, ostentar la presunta representación de China ante la ONU hasta 1971, en que le fue restituida a la RPCh.

De ahí que la lógica y sustancial demanda de Beijing sea la reunificación nacional y el fin de la histórica injerencia hegemonista en sus asuntos internos.

Aspiración, desde luego, que los Estados Unidos se empeñan en sabotear y que por estos días alcanza elevados ribetes de explosividad a partir de las irresponsables acciones desestabilizadoras y provocaciones militares que se ejecutan deliberadamente contra China.

Lo apuntaba con energía un reciente comentario al respecto del rotativo oficial en inglés Global Times, en el sentido de que “la situación en el área casi ha perdido margen de maniobra, al estar al borde de un enfrentamiento”, de manera que “ha llegado el momento de advertir a los secesionistas taiwaneses y sus fomentadores externos que la guerra es real”.

Para que no queden dudas de hasta dónde sería capaz de actuar el gigante asiático en defensa de sus legítimas reivindicaciones, ha elevado sus niveles defensivos y ofensivos frente a Taiwán a niveles sin precedente, como para disuadir cualquier locura bélica de los enemigos o darle rotunda respuesta si osan pasar la raya.

En consecuencia, los aires de severo conflicto soplan en el estrecho brazo de mar que los enemigos de China parecen inclinados a convertir en un agujero negro y candente.

 

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Nestor Nuñez

 
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