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Publicado el 19 Noviembre, 2021 por Prensa Latina en Opinión
 
 

Desafíos post-elecciones

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Mariam Camejo-Foto de autoraPor MARIANA CAMEJO

Dos escenarios electorales preludian los próximos años y las rutas políticas en dos importantes países de la región. Por un lado, Nicaragua, con la victoria del Frente Sandinista y una feroz campaña de rechazo al proceso comandada por los Estados Unidos; y, por el otro, los complejos resultados en Argentina, que no pueden tildarse ni de completamente buenos ni de totalmente malos para el progresismo.

Daniel Ortega repite en la presidencia, junto a su esposa Rosario Murillo como vice, y -a pesar de todas las medidas para garantizar la transparencia de los comicios, unidas a la amplia participación- el victorioso Gobierno está en la diana de los ataques. El propio presidente norteamericano, Joe Biden, se adelantó, incluso, y antes del sufragio, como supuesto “oráculo”, lo deslegitimó. Desde la Casa Blanca los cuestionamientos siguen apelando a los conceptos de dictadura, represión, democracia versus autoritarismo y un etcétera de instrumentos verbales para sepultar la gestión de cualquier gobierno que no se pliegue a los intereses de las élites estadounidenses. Por supuesto que enunciar entonces algunas de las acciones bélicas que ha apoyado Biden, tampoco constituiría mella alguna para su posición porque, de cualquier forma, pase lo que pase y haga lo que haga, todo siempre es en nombre de la democracia y de la seguridad nacional de los Estados Unidos. Desde Iraq hasta Afganistán, guerra fría con China o sanciones a terceros países, con los presidentes estadounidenses todo cae en el mismo saco.

No es noticia tampoco que la Unión Europea haya secundado al Inquilino de la Casa Blanca en sus posturas frente a Nicaragua, además de mandatarios de la ralea de Iván Duque. Entre los organismos internacionales se suma la Organización de Estados Americanos (OEA), lo cual no tiene nada de sorprendente. No obstante, el panorama de un cierto rechazo internacional a Daniel Ortega coloca sobre la mesa ciertas variantes de los desafíos que tendrá que sortear. El aislamiento se traducirá en nuevas sanciones –ya en marcha desde Washington– y en una situación económica y diplomática cada vez más cercada.

A pesar de todo, las elecciones han demostrado que el Frente Sandinista no está solitario en su gestión, como pretenden hacer creer muchos medios, sino que cuenta con una base social importante, la cual lo respalda y lo ha reelegido para navegar las aguas de la resistencia. Por supuesto, eso no deja de lado la inestabilidad política desde la oposición, la llamada crisis irresuelta que existe desde 2018, pero lo cierto es que el gobierno sí cuenta con apoyo popular.

Sobre Biden y su liderazgo para lograr el aislamiento de Nicaragua vale citar el análisis en Página 12 del politólogo Atilio Borón, quien escribió que el ahora primer mandatario, cuando era Senador, apoyó las criminales aventuras militares de su país en Irak y la ex Yugoslavia, en este último caso violando una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Como Vicepresidente acompañó las políticas de Obama, entre ellas, las sangrientas intervenciones en Siria y Libia, nación esta donde los “combatientes de la libertad”, patrocinados por Washington, lincharon a Muammar el Gadafi. Condonó con su silencio las tentativas golpistas en Bolivia en 2008 y Ecuador en 2010, a la vez que en 2009 respaldó el “golpe institucional” contra Mel Zelaya en Honduras. El mismo Biden que en 2012 estuvo involucrado en la destitución de Fernando Lugo en Paraguay y la “pantomima” brasileña del impeachment en contra de Dilma Rousseff en 2015-2016. “Agréguese a lo anterior su apoyo a las tentativas de desestabilización política y social en Cuba (la Operación ZunZuneo) en 2014, y se concluirá que no estamos precisamente en presencia de un santo varón que personifica la esencia más prístina de los valores democráticos. Quien habla es un politiquero del imperio que dice lo que conviene a sus intereses y nada más”, subrayó el politólogo en Página 12.

Argentina en disputa

En este caso el panorama político tiene profundas diferencias, aunque guarda en común no solo con Nicaragua, sino con el resto del mundo, la creciente polarización frente a una ultraderecha que, en Argentina, representa cada vez más un riesgo real.

Juntos por el Cambio, con Macri a la cabeza, confió en que lograría una ventaja sobre el Frente de Todos mucho mayor que la alcanzada en las elecciones conocidas como PASO (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) y no fue así. Algunos analistas consideran que se apresuraron a darse por ganadores y cometieron errores como anunciar la eliminación de la indemnización por despidos.

En la otra cara de la moneda, para el gobierno de Alberto Fernández una derrota hubiera sido si se hubiera ampliado la brecha que lo separa de la coalición de derecha, pero felizmente eso no sucedió. A nivel nacional quedó en 33 por ciento, un punto más con respecto a las PASO. A esto se suma que pudo igualarse en Buenos Aires, desafío crucial que todos tienen en la mira. Sucede que esa provincia cuenta con 12,7 millones de electores, un 37 por ciento del padrón nacional, y es, en consecuencia, el principal distrito electoral del país. En septiembre, Juntos por el Cambio ganó allí con el 40 por ciento, mientras que el Frente de Todos se quedó con el 35. Ahora quedaron en empate técnico: 39,8 contra 38,5 por ciento, respectivamente. Aunque en el Senado el peronismo se redujo de 41 a 35 bancas y perdió el quórum propio, en la Cámara de Diputados constituye la primera minoría con 118 curules.

Ahora, si bien el debate político se dirime mayormente entre estas dos fuerzas, una nueva amenaza crece desde dentro de la Cámara Baja: Javier Milei, un rostro ampliamente publicitado en los últimos meses debido a sus constantes afirmaciones descabelladas y peligrosas. Se trata de un economista de ultraderecha de 51 años, aprendiz de Donald Trump y Jair Bolsonaro, que promueve la filosofía “libertaria”. Basta leer la crónica muy ilustrativa de la Revista Anfibia “Peinado por el mercado”, donde el personaje se retrata a sí mismo: “Soy anarcocapitalista de largo plazo y minarquista de corto. La idea es minimizar el Estado y el cero es parte del conjunto de la solución. Minarquista es que el Estado solo se ocupe de seguridad y justicia; y anarcocapitalista que, cuando la tecnología lo permita, se lo elimine. Incluso en temas como seguridad y justicia. Todo sería de dominio privado”.

La base de este tipo de figuras está compuesta mayormente por jóvenes que no se identifican con las fuerzas tradicionales políticas, centennials que buscan seguridad y certeza en supuestos valores conservadores que se contraponen a los feminismos y la equidad, y donde resurge el racismo y la discriminación.

Cuando los engendros de ultraderecha emergen y crecen sin pausa de tal modo, al progresismo no le queda otro remedio que concientizarlos, reconocer que existen y trabajar por la disputa de ese electorado contrario a las causas sociales emancipatorias. En este escenario, Alberto Fernández anunció una nueva etapa post pandemia y post electoral con recuperación económica, el crecimiento del PBI, la dinamización de la industria y la obra pública. Las elecciones generales de 2023 están a la vuelta de la esquina.

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