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Publicado el 1 Noviembre, 2021 por Ernesto Eimil Reigosa en Opinión
 
 

ITALIA: Los ecos de un posible regreso

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Ernesto Eimil ReigosaPor Ernesto Eimil Reigosa

En 2019, un cartel con las palabras “Honor a Mussolini” fue exhibido a solo unos pasos de la Plaza de Milán, el lugar donde el dictador fue colgado de cabeza en 1945 luego de ser linchado. Aquella no fue la primera vez; no ha sido la última. Desde entonces, el saludo romano utilizado por los nazis ha salido de los estadios de fútbol y se ha quedado pegado en las calles y en el discurso de muchos italianos: de estar arrinconado en la esquina de los aficionados más radicales de algunos equipos a ser parte -de nuevo- de la vida del país. Ahora en 2021, con la pandemia de covid-19 aun marcando todas las vidas del planeta, este tipo de movimientos no ha hecho otra cosa que ganar fuerza amparados en el descontento y el miedo de las personas.

Como en muchos otros sitios, en Italia la causa antivacunas se ha acoplado con la retórica extremista. El 17 de octubre un grupo de legisladores pidió que fueran tomadas medidas para prohibir a organizaciones fascistas e intolerantes que predican la no vacunación en nombre de la libertad. Solo unos días antes un grupo de manifestantes, incitados por líderes neofascistas, había asaltado una oficina pública como protesta por el llamado “Pase Verde”, una especie de carnet que deben tener todos los trabajadores públicos y privados, y que prueba que han recibido al menos una dosis de vacuna contra la covid-19, que se han recuperado recientemente de la infección o que han resultado negativo en un test para detectar la enfermedad.

Doce de los manifestantes violentos fueron detenidos o arrestados, según un informe de la policía romana citado por la agencia AP. Entre los capturados está Giuliano Castellino, líder del partido de orientación fascista Forza Nuova (Fuerza Nueva). Castellino, quien debido a actos violentos en el pasado ha sido impedido de manifestarse en Roma, presuntamente fue uno de los miembros de Forza Nuova que exhortó a sus simpatizantes a invadir la sede de la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL), la asociación sindical más importante de la nación. Esta decisión no fue al azar: los sindicatos han apoyado la aprobación del Pase Verde para hacer los ambientes laborales más seguros.

Muchos de quienes protestaban fueron grabados utilizando palos, barras de metal y banderas italianas enrolladas con las que golpearon la puerta de la institución. Más tarde, parte del grupo tuvo un enfrentamiento violento con la policía al intentar llegar a la Plaza Colonna, que está afuera del Palacio Chigi, la sede del gobierno italiano desde 1961 y que además se encuentra cerca del parlamento.

Entre los políticos que han condenado los eventos y han pedido la prohibición de los grupos neofascistas, está Giuseppe Conte, antiguo primer ministro y nuevo líder del movimiento populista 5-Estrellas, que hasta hace solo unos días gobernaba en la capital del país y que ha sido desplazado por el partido extremista de Enrico Michetti. “No podemos permitir esta demostración de criminalidad”, sentenció Conte.

Después de la muerte del dictador Mussolini, la Constitución Italiana prohibió expresamente la creación de partidos fascistas. Bajo esta premisa Emanuele Fiano, un legislador del Partido Democrático, dijo que presentaría una moción en el parlamento para presionar al gobierno de Mario Draghi y para de esa manera ilegalizar por decreto asociaciones como Forza Nuova y movimientos similares.

Lo que distingue a Italia de otros países europeos en los que ha resurgido el extremismo en los últimos años, es la permisibilidad de las autoridades y la llegada a puestos en el gobierno de figuras que implementan políticas de odio.

Matteo Salvini, por ejemplo, quien es líder del partido Liga Norte y quien ejerció como Ministro del Interior y como Vice Primer Ministro de 2018 a 2019, ganó fama durante su mandato entre políticos antiderechos europeos por su mano dura contra el islam y los migrantes. Salvini, en varias declaraciones que dio cuando se presentó a las elecciones de la UE, argumentó que no creía que el fascismo existiera dentro del espectro político del país transalpino, restándole importancia al discurso de odio.

El negacionismo de Salvini empoderó, sin dudas, a muchos de los simpatizantes de grupos extremistas. Ese mismo año, cuando la pancarta con las palabras “Honor a Mussolini” fue descubierta por los ultras del equipo de fútbol SS Lazio, el político nacido en Milán dijo era “solo el trabajo de unos pocos idiotas”.

Guido Calderon, experto en grupos extremistas de Italia, explicó que acciones como las de Salvini han encumbrado a este tipo de asociaciones intolerantes y dijo que había ocurrido una especie de fundición entre la retórica agresiva de estas asociaciones y el carácter xenofóbico de partidos como la Liga Norte, que lidera el propio Salvini.

Algunas encuestas muestran la preocupación de una parte de la ciudadanía italiana con el resurgimiento del fascismo, que a pesar de no ser legal, nunca ha salido del todo del marco político nacional. La agencia SWG publicó que el 71 por ciento de los italianos creía importante impedir el regreso de la ideología nazi fascista. Por otra parte, dos tercios de los preguntados creyeron que se debería “suprimir” a aquellos que incitan al odio.

A pesar de estas cifras en apariencia tan tranquilizadoras, Calderon advierte que otra parte importante de la población se siente atraída por el fascismo. Y eso es, según él, porque el país nunca ha lidiado del todo con su pasado. La candidatura de Enrico Michetti, líder de una coalición de partidos antiderechos, extremistas y excluyentes, a la alcaldía de Roma a principios de octubre y el hecho de que Rachele Mussolini, nieta del dictador, fuera la edil más votada de la ciudad, son las pruebas más recientes. La opción de Michetti tuvo 132,6 por ciento de votos más que hace cinco años, pero fue derrotada en segunda vuelta por Roberto Gualtieri.

Mussolini estuvo en el poder por casi veinte años antes de que Italia entrara en la Segunda Guerra Mundial. Su régimen construyó escuelas, estaciones y edificios que aún hoy continúan en uso. Muchos de los monumentos que ensalzaban al dictador fueron quitados después de la contienda, pero un número sorprendente continúa en pie, a plena vista. Esa es, quizá, la mejor y más evidente muestra de la relación que los italianos tienen con su complicado pasado. El eco de un posible retorno resuena en las “piazzas” del país.

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Ernesto Eimil Reigosa

 
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