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Publicado el 18 Noviembre, 2021 por Irene Izquierdo en Opinión
 
 

Maltrato

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Por  IRENE IZQUIERDOIrene Izquierdo Rivera

Quienes piensen que la violencia se manifiesta solo en las grandes confrontaciones bélicas se equivocan. Son diversas las muestras  de tirantez, maltrato, grosería e incivilidad apreciadas a diario. Pudiéramos pensar que esto pasa de modo inconsciente, pero en ocasiones ocurre con toda la intención del mundo, y  hasta desde posiciones de fuerza: “Yo soy el responsable, únicamente yo puedo decidir”. Y los grandes hombres saben –o lo han demostrado- que solos no hubieran podido llegar a parte alguna.

Un importante capítulo de esta historia está en la calle. Desde el amanecer se percibe una ausencia notable de las frases necesarias para comenzar bien la nueva jornada. Dar los “buenos días” cuesta mucho y una sonrisa que denote aprobación, otro tanto.

Si dos o más miembros de una familia deciden salir juntos y algo retrasa la intención, es muy difícil escuchar: ¿Qué sucede, Fulano?  -o Fulana, según el caso-; esa frase ha fenecido. Por lo regular expresan: ¡Oye, c…! ¿Qué p… te pasa?  Resortes para caldear los ánimos.

¿Y qué decir de las colas? Cotidianamente apreciamos que hay personas que actúan como dueños de ellas. El estado establece mecanismos para el control de los que han hecho de las necesidades, provocadas por las carencias, un lucrativo negocio, pero los coleros van delante y se las agencian para salirse con la suya.

Aquí valdría detenerse y preguntar: ¿Si los productos principales –pollo, aceite, detergente y otros- son controlados y con periodicidad establecida por el gobierno provincial, cómo es posible que las mismas personas estén todos los días en las colas?

¡Aquí hay mucha tela por dónde cortar!

En otros ámbitos, casi nadie tiene en cuenta los ejercicios de relación: respirar profundo y tomar calma. Por tal motivo, al abordar un ómnibus, lo hacen como el boxeador cuando va a librar el combate más importante de su vida, sobre todo con la paranoia que ha dejado en todos la pandemia

-“¡Oye, compadre, échate pa’allá!” Puede decir alguien.

-“¡Mamita –o papito-, esto es un ómnibus! ¡Si quieres ir cómoda, cómprate una bicicleta o alquila un taxi!” Respondería otro, en medio de un ambiente en el que no faltarían los encargados de echarle leña al fuego, con  el solo objetivo de pasar el tiempo lo mejor posible, en medio del calor y la lentitud del “medio rodante”.

Y es lo más normal del mundo, a la vez que preocupante, porque son cuantiosos los recursos invertidos cada año en la elevación de los niveles escolares de hombres y mujeres, para vernos en la obligación de  participar, aunque sea como espectadores, en semejantes muestras de maltrato.

La población cubana tiene un promedio mínimo de escolaridad de noveno grado y los graduados universitarios cada año se incrementan. Por ese resulta imprescindible ser más respetuosos, sin tener en cuenta las edades de quienes nos rodean, pues todos los seres humanos merecen consideración.

Como colofón de un inicio de mañana aciago, muchas personas no encuentran siempre un ambiente de comprensión cuando llegan al centro de labor. Eso, naturalmente, complica la situación. No se trata de hablar de puntualidad, si el trabajador no lo ha sido, pero sí de entender las circunstancias por las cuales aún atraviesa transporte. De lo contrario, vamos directo al estrés.

No obstante lo anteriormente expuesto, existen ejemplos positivos, dignos de resaltar: Días atrás coincidí con María Rosa, una vieja conocida, que ocupa un cargo administrativo. Los subordinados la respetan y quieren, a pesar de su rigor ante el cumplimiento de las responsabilidades que a cada uno compete. Es entusiasta. Aunque se sienta agobiada, al acercársele un obrero para hablarle o sugerirle algo, jamás lo rechaza.

“Yo lo atiendo, dice; de lo contrario, lo estoy agraviando. Por más apurada que esté, no lo hago caminar detrás de mí; sería un desprecio y una falta a ese afecto que me profesa. Lo escucho y le doy la explicación. Si puede ser, bien; si no, al menos se va con una respuesta.

“Mi colectivo es muy bueno. No tengo quejas. Los trabajadores, se mantienen cerca de mí, consideran lo que hago y cuento con el apoyo necesario para poder avanzar, pues todos somos importantes.

¿Dónde está la fórmula? En hablar. Cuando alguien falla no actuó dejándome llevar por simpatías, ni antipatías. Lo hago a tono con sentido de justicia. Debo ser la primera en saberlo; la responsable de lo que le ocurra soy yo. Actúo según la falta cometida y no trato de prejuiciar a los demás. Donde las relaciones son transparentes, no es necesario.

María Rosa tiene ejemplos de personas a quienes ha sancionado y hoy le están muy agradecidas, porque luego del castigo –siempre merecido- ha contribuido a enmendar los errores. Con alguien así es difícil hablar de maltrato.

 

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Irene Izquierdo

 
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