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Publicado el 5 Diciembre, 2021 por Irene Izquierdo en Opinión
 
 

La burla, como el comején en la madera

¿Saben qué es la burla? Tratar de ridiculizar al otro, sin tomar en cuenta las consecuencias. Quien actúa con sarcasmo no tiene en cuenta el acto denigrante en el cual incurre y nace de una gran frustración interna, que conduce a experimentar malos sentimientos, porque la burla es una agresión, con un fino hilo que lo separa del acoso, si se reitera. El acoso no es solo sexual: tiene muchos más apellidos
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Irene Izquierdo RiveraPor IRENE IZQUIERDO

Cada vez que observo a una persona burlarse de otra, siento que es algo parecido a la madera carcomida por el comején. No puedo evitarlo. Lo experimento así, no por la persona que es objeto de la mofa, sino por el mordaz, un ser que provoca mucha pena, porque no tiene la menor idea de su posición al adoptar esas actitudes.

Acudo a esta reflexión a partir de una experiencia vivida este sábado, cuando abordé un ómnibus del P-12, donde un grupo de seis adolescentes estaban al acecho de cualquier anciano que subiera, para hacerlo objeto de sus deseos de lanzar bromas pesadas. Ni un detalle se les escapaba: desde el peinado o el color del pelo, hasta los zapatos que calzaban esas personas que, en cualquier circunstancia, merecen harto respeto.

— ¡Yandry, subió tu novia! ¡Mírala, mírala! Dijo una de las niñas del grupo, cuando una ancianita –bastón en mano- se dirigía al asiento de los discapacitados, ajena a que era el centro del “circo” armado por aquellos muchachos.

De más está comentar cómo reaccionó el resto los “miembros” del pequeño grupo.

Como ya el guión se repetía, algunas personas decidieron alertarles sobre la falta de respeto en la cual incurrían. Pero fue como se dice popularmente, “por gusto”; la insolencia subió de tono, y llegó a parecer que a quienes se les estaba faltando al respeto era a ellos… Se sentían en pleno derecho de seguir, y lo hicieron.

Martí dejó para la posteridad –como toda su obra- la siguiente frase: “No hay cosa más bella que amar a los ancianos; el respeto es un dulcísimo placer”. Lo contrario se manifiesta cual amargo desdén o maltrato.

Al presentarse situaciones como esta, inexorablemente nos remitimos al papel de la familia; si el hijo anda en la calle, haciendo de la falta de respeto un estandarte, es porque en casa no le han inculcado bien la valía del otro. No pretendo ser absoluta, porque ejemplos hay de hijos que, aun recibiendo una adecuada formación, cuando andan con los “amiguitos” tienen un comportamiento errático.

Pero también pensamos en los cuantiosos recursos que el Estado invierte cada año en la educación, desde el círculo infantil, hasta la universidad,  a fin de lograr, entre muchos otros objetivos, la prevalencia del decoro.

¿Saben qué es la burla? Tratar de ridiculizar al otro, sin tomar en cuenta las consecuencias. Quien actúa con sarcasmo no tiene en cuenta el acto denigrante en el cual incurre y nace de una gran frustración interna, que conduce a experimentar malos sentimientos, porque la burla es una agresión, con un fino hilo que lo separa del acoso, si se reitera. El acoso no es solo sexual: tiene muchos más apellidos.

Con frecuencia escucho a Victoria, la vecina del edificio contiguo, hablar con Eduardo, su hijo, acerca de que él no tiene que burlarse de sus amiguitos; Eddy le replica que Fulanita y Menganito lo hacen, a lo que ella le reitera: “¡Tú no!”.

La burla, en las escuelas, puede tener serias consecuencias. El niño o el adolescente ridiculizado comienza a sentir complejo de sí mismo y va perdiendo la seguridad, la confianza. Si era un estudiante de excelentes resultados, las notas bajan y su comportamiento no es el mismo; esto hace que el victimario se sienta confiado, contento de su fechoría. Aquí deben entrar a ejercer sus funciones y responsabilidades padres y maestros, y medir o buscar qué está ocurriendo.

Muchos optan por asegurar que las personas burlonas son envidiosas, otro sentimiento funesto, que al parecer, existe desde que en el mundo hay seres humanos. En verdad, hace mucho daño, pero en mayor medida, al que la ejerce, a ese que ante cada acción de este tipo va carcomiendo su alma, como le hace el comején a la madera.

 

 

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