Ilustración. / Fabián Cobelo
Ilustración. / Fabián Cobelo

Perfume de apagón

La peste se colaba por el conducto del patinejo e interrumpía el desayuno de los niños, la hora de la novela y hasta los sueños que, en vez de dulces, eran putrefactos. Un olor tan nauseabundo que, en mi barrio, me creyeron muerto.

“¿Ese chiquito no estará adentro… fallecido?”, dijo una vecina al joven de la casa de al lado.

“Pero yo lo vi hace tres días”, replicó él, interpretando de exagerada la hipótesis.

Probablemente, sería el cadáver de una rata, o el de un gato, eso pensó, porque en la zona siempre han abundado los felinos. Sin embargo, el hedor aumentó y otros residentes también empezaron a humanizar la causa.Solo cuando su madrina le comentó, muy preocupada, de aquella fatal posibilidad, el muchacho se asomó por encima del muro del patio trasero y, al no distinguir nada, se contagió con la teoría morbosa de que, en efecto, yo me hallaba dentro de mi morada, en un proceso de descomposición natural.

Ese vecino, de unos treinta años o menos, habló con su tía. Y ella, que tenía mi número entre sus contactos, probó con llamarme:

Timbre, timbre. Nadie contestaba. Tecleó de nuevo: timbre…

“¿Diga?”.

“Hola, Dariel”, dijo tras un breve silencio, luego de identificar mi voz. “Nada, te llamo porque los vecinos están quejándose de una peste a algo muerto, que sale de tu casa”.

Llevaba unos días en donde mis padres: durante las primeras cuarenta y ocho horas, con la excusa de evadir dos apagones –uno de “refuerzo” y otro de “emergencia”– anunciados para el bloque uno, que tocarían, según el parte de la Unión Eléctrica Nacional, en noches consecutivas. Pero al mediodía siguiente caía un tercer “solidario” y entonces decidí quedarme otro ratico afuera.

De vuelta a casa, pedaleé relajado, sin apuros. “Debe ser una rata o un gato”, cavilé. Nada más llegué, una conocida me observó asombrada, como si hubiera sufrido una trastada fantasmagórica. El joven de al lado me explicó la situación y entramos juntos a la vivienda.

Apenas abrí la puerta, una fragancia del inframundo se adueñó de mis fosas nasales. Ni los vecinos ni yo teníamos la razón. No era un animal el del problema, al menos no un mamífero.

El refrigerador lucía abruptamente abierto y apagado, mientras pomos, pozuelos y jabas con comida podrida estaban desparramados en el suelo, encharcando el entorno con esa viscosidad negra que germinó tras mezclarse colores secundarios y nutritivos. Incluso, vi los compartimentos interiores de plástico fuera de lugar, algunos a más de un metro de su sitio de origen, y todos barnizados con una pulpa morada de lo que quizás fue, hace tres días, una mermelada de mango.

La escena era tan atroz que recorrí las habitaciones en busca de objetos faltantes, como si la explicación a este fenómeno residiera en ladrones cuyo hobby fuera violentar el refrigerador de sus víctimas. Pero el orden se evidenció en el resto de la casa, así que solo restaban causas electrónicas y termodinámicas, u otras debido la sapiencia, ojalá que no, de una bestia inteligente y mezquina.

Al acercarme, la peste arreció y mi estómago esbozó unas tres arcadas. El vecino se largó asqueado con la mano en la boca. Agarré dos mascarillas y comencé a respirar por la boca. Luego me puse unos guantes de goma medio rotos y mis espejuelos, presto a enfrentar la escena del crimen.

Primero, desenchufé el regulador de voltaje junto al cable del frío y, con un pragmatismo vernáculo, empecé a separar los alimentos perdidos de los quizás salvables. El contenido del congelador aún destilaba una cascada de gusanos, así que no titubeé en echar seis tubos de picadillo, varias postas de pollo y un par de libras de carne de puerco a la basura. Verduras congeladas, algo de arroz, huevos rotos, pomos, sobras y más, al mismo saco. Medio paquete de harina… ¿se salvará?… pues, no. Y pensar que podría considerarse un refrigerador afortunado.

Básicamente, solo logré salvar una bolsa de leche en polvo que soportó la debacle dentro de un nylon; luego de sacudir los gusanos del exterior, mojé el recipiente y, como no le entró agua, entonces certifiqué su nudo e impermeabilidad. De todas formas, para mayor seguridad, en un colador cerní la leche que, por suerte, demostró un estándar higiénico aceptable.

“¿Qué pudo haber ocurrido?”, no dejaba de preguntarme. Tal vez, en uno de los apagones, se rompió el regulador y este apagó forzosamente el frío. O se fueron al garete ambos equipos. “¿Y por qué la puerta estaba abierta y las cosas, en el suelo?” Mientras limpiaba, hallé el pepino de agua que traía la mermelada de mango, el cual se percibía reventado, al igual que una botella de cristal con puré de tomate dentro: estos habrían sido, con altas probabilidades, los detonantes de una explosión lo suficientemente fuerte como para abrir el refrigerador.

De cualquier manera, debía centrarme en limpiar. Mi novia vino a ayudarme y compartimos un bello momento que nos unió más como pareja, a pesar de que, por el asco, no queríamos ni tocarnos.

Horas después, la casa resplandecía por su limpieza, aunque seguía casi tan fétida como antes. Dejamos el refrigerador abierto y desconectado, y pasamos otra noche en casa de mis padres. A los pocos días, regresé y probé el electrodoméstico, que funcionaba, pero aún apestaba.

Detrás de una trampilla en el congelador, en torno a las partes mecánicas y electrónicas, aún había restos de gusanos, larvas cuyo futuro a moscas fueron brutalmente lapidados por bombardeos de detergente y cloro. Con una pequeña brocha de pintura, sacudí sus otrora cuerpos níveos, ahora ennegrecidos y resecos, si bien sus esencias no hubieron mermado a pesar de sus muertes. Olores que llenan ya mi soledad.

Hoy, cuando paseo por la calle, en cada bote de basura, fosa u esquina santificada, huelo un perfume que me recuerda a casa. Y a un apagón…

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