Cuba entera lleva en su corazón a las víctimas del Saratoga. / Ilustración: Osval / Periódico Ahora
Cuba entera lleva en su corazón a las víctimas del Saratoga. / Ilustración: Osval / Periódico Ahora
Cuba entera lleva en su corazón a las víctimas del Saratoga. / Ilustración: Osval / Periódico Ahora

Por Cuba hay que matarme

Desde niño, allá entre cañaverales avileños, caminos rurales y gente divinamente humilde; luego entre familias espirituanas que marcaron mi adolescente vida con valores para la eternidad y más tarde en ese entorno universitario capitalino que me llevaré en sangre “al más allá” (por solo citar tres contextos), siempre le oí afirmar a muchas personas: “A mí hay que matarme por esto”.

Ese “esto”, desde luego, era y es la Revolución, la Patria, Cuba.

Como tintineo de tierna campana, o campanada interna, no sé cuántas veces ha venido a mí esa frase durante los últimos días, en particular durante las horas más recientes.

Y la razón es muy, pero muy sencilla: cada minuto que transcurre siento más orgullo de haber nacido y de seguir viviendo aquí, en esta tierra que el mundo casi entero admira, mientras sobran dedos en una mano para contar los países (o gobiernos) que nos odian, bloquean o desean incinerarnos.

De eso, ustedes saben; para qué caer en lo archiconocido.

Una vez más la vida demuestra que los momentos difíciles prueban de verdad y develan la esencia de las personas y de los pueblos.

La explosión ocurrida en el Hotel Saratoga de La Habana y el creciente número de víctimas mortales asociadas a ese accidente han vuelto a poner de manifiesto la verdadera e irrenunciable estirpe de los cubanos.

¡Qué grande es mi pequeño país, caramba!

Bombero con muletas por falta de una pierna trabaja en el escenario del desastre en el Hotel Saratoga
Nada detiene al cubano en los momentos más difíciles. / Abel Rojas Barallobre

Hombres y mujeres arriesgando sus vidas desde el mismo primer momento para socorrer y salvar vidas, rescatistas por oficio o por humanismo y puro sentimiento desafiando a la muerte, días y noches enteros sin dormir, gente acudiendo a ofrecer sangre o con voluntad de hacerlo en todas partes, donaciones materiales espontaneas para ayudar a damnificados, pensiones por muerte para esas familias, un pueblo entero en vigilia, gimiendo por la partida física de rostros que cada hogar siente como de su propio techo y sangre…

Y Díaz-Canel ahí, en contacto directo con el lugar de los hechos, con quienes entregan todas sus energías salvando vidas o rescatando cuerpos.

Y hombres como Reinaldo Suárez López, conocido como “El Pata”, primer técnico de rescate en el Destacamento Nacional de Salvamento y Rescate, moviendo cielo, tierra y escombro, con una sola pierna, porque la otra la perdió hace años en una misión de alto riesgo también.

Y otros, como el joven Frank Lorenzo Acosta Ferrer, que corona sus 26 años en medio de las labores y prefiere seguir allí también durante ese segundo domingo de mayo, cuando todo hijo amoroso y agradecido felicita y besa a su madre.

Y en Cienfuegos (por citar un caso) hombres y mujeres aportando sábanas, toallas, productos de aseo, ropa, alimentos, material escolar… para enviarlo hacia La Habana.

Y desde el exterior —e incluso dentro de Cuba- muchas personas escribiendo o llamando para ver de qué manera pueden ayudar “con algo”. Por eso no se hacen esperar las tarjetas en moneda libremente convertible y en peso cubano donde, más que dinero de una u otra denominación, la gente deposita o transfiere amor, solidaridad, sentimiento, sensibilidad, valores.

Y ahí, aprobando leyes del pueblo y para él, los mismos diputados que encendieron velas por las víctimas mortales del siniestro.

¿En qué ley, decreto, estatuto se establece la obligatoriedad de ser y de actuar así? Me gustaría ver ese fantástico documento mediante el cual un torrente de pueblo madruga para irse a la Plaza, avanza sobre la escalinata con antorchas, convierte en campo florido las olas que besan el Malecón habanero o torna estrellado al país entero, con velas reveladoras de dolor y de respeto por víctimas como las del Saratoga.

Joven dona sangre, Por Cuba, ante los sucesos del Hotel Saratoga
¡Qué clase de pueblo el mío! / Juventud Rebelde

De verdades como esas se ha hablado y se ha escrito miles de veces. Mas, siempre me parecerá poco, insuficiente, porque hay tanto…

Lástima que algunos, nacidos, criados, crecidos y reproducidos aquí, a veces —o nunca— vean ese resplandor y solo aprecien manchas (que no ocultamos, ni negamos).

Por eso a menudo acude a mi memoria lo que, sin conocimiento ni intención gramatical consciente, me dijo años atrás el ya extinto Raffaele Testagrossa: un adorable abuelo italiano que vino a plantarse para siempre en Cuba: “Ay Pastor, no podemos dejar que nos fastidien esta Revolución.”

“Claro que no” —le dije,  y no pude evitar un abrazo.

El humilde artesano había hablado en primera persona del plural (no podemos). O sea, me hablaba como un cubano más.

Varios meses después de su muerte, cuando por fin Mario, hijo mayor, pudo venir a Cuba, me confesó, antes de regresar a Italia: “Ahora comprendo por qué mi padre nunca quiso irse de aquí; este es el país más lindo del mundo y su gente también”.

Lo sé Mario. Lo sé Saratoga. Lo sé Cuba. Por eso, como tantas veces he oído decir, desde niño (igual que miles y miles de cubanos): “A mí hay que matarme por esto”.

2 respuestas

  1. Sí, querido Pastor. Tantas veces hemos repetido esa frase y oído en boca de muchos buenos cubanos, que ha llegado a acuñarse en el imaginario nacional. También es popular aquello de aquí estaremos hasta que se seque el malecón. O la que afirma que cuando haya que apagar el Morro ahí estaremos. Son muy habaneras estas frases pero a cualquiera le llega su sentido y le toca el alma. A inicios de la pandemia leí en una caja de solidaridad, enviada desde China por alumnos de esa nación que estudiaron en La Habana, la frase CON CUBA HASTA QUE SE SEQUE EL MALECÓN. Todavía me emociona, tanto como tu texto… Graciassss

  2. También a mí hay que matarme por esto, no espero tener que apagar el Morro porque siempre vamos a estar los suficientes para que siga alumbrando, y como el Malecón no se va a secar, pues aquí seguiré, mi frase respecto al país que me vio nacer y me ve vivir es: tengo caimanitis aguda, no puedo vivir fuera del caimán… Gracias por su artículo, soy de sus fieles seguidoras. Además, quisiera decirle que en esta situación del Saratoga, perdí a 45 familiares… porque soy cubana, madre y abuela, así que todos eran mi familia.

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