Reivindicación de Nicolás Guillén Landrián

Revelador acercamiento del cineasta Ernesto Daranas a la obra y a la figura de uno de los documentalista de vanguardia de las décadas del 60 y el 70 en nuestra nación

Por. Isidro Fardales  | Sahily Tabares

Fotos. Leyva Benítez


Más que todo, la antropología visual es una antropología del ver y descubrir la valía del otro, sus circunstancias, conflictos, al reconstruir dramáticamente la realidad mediante un actor natural para dejar el testimonio poético de lo que se dice, de cómo se dice.

Lo ha logrado el director Ernesto Daranas en el documental Landrían al reivindicar a Nicolás Guillén Landrián, uno de los cineastas cubanos más vanguardistas de las décadas del 60 y el 70.

Mediante su homenaje Ernesto Daranas revela emociones y hace reflexionar.

Este año parte de su obra comenzó a ser restaurada, mientras se documenta el proceso, su viuda Gretel Alfonso y el fotógrafo Livio Delgado, recuerdan pasajes de la vida del notable creador en una puesta de fuerte densidad emocional.

Gretel Alfonso, viuda de Landrián, testimonia en el documental.

Además de dejar constancia del ostracismo al que fue relegada su figura, el discurso narrativo socializa particularidades de una estética en la cual lidera la fotografía, el uso de primeros y medios planos fijos de larga duración a sujetos pendientes de la cámara sin establecer un diálogo mediante las palabras, por esto la información revelada en gestos o miradas ilustran interioridades y actitudes de los individuos representados.

El hecho de colocar ante los públicos un quehacer prácticamente desconocido propicia revisitar varios de sus filmes: En un barrio viejo (1963), Los del baile, Ociel del Toa, ambos de 1965, Reportaje (1966) y Coffea Arábiga (1968). Dicha práctica visualiza el lenguaje de un artista que utilizó el montaje paralelo y la alternancia de planos para confrontar ideas, pensamientos y acercamientos a la existencia cotidiana.

Landrián nunca fue complaciente, de ahí la activa sugerencia de su lenguaje cinematográfico altamente provocador. El silencio parlante de las imágenes prevalece en momentos secuenciales de los relatos. Ratifica que en el cine no bastan las buenas ideas, el propósito de renovar lo conocido requiere dominar todas las especialidades, pues para transgredir hay que saber contar.

Cada texto audiovisual lleva implícita una teoría filosófica, hay que descubrirla refigurada dentro de un corpus general. Daranas hace énfasis en el interés cultural del documentalista, quien concibió al negro y a la mujer como activos participantes dentro de la nueva vida en Revolución.

Una, otra vez, los dramas humanos, los ambientes y el ritmo del barrio inspiraron a un hombre sensible, empeñado en decir con voz propia y en revelar lo no visto o lo poco aprehendido durante las dinámicas de la sociedad.

La identificación profesional entre Livio Delgado y Nicolás Guillén Landrián fructificó en la gran pantalla cinematográfica. Es hermoso el diálogo entre ellos, sobre todo emerge el entendimiento al precisar: “cuando no hay luz hay que salir a buscarla”.

Livio Delgado (izquierda), junto a personajes de la obra realizada Nicolás Guillén Landrián

Uno de los grandes valores de la propuesta de Ernesto Daranas reside en continuar la indagación sociológica de un legado cinematográfico. Lo expresa con agudeza, sin la menor retórica al reparar en sentimientos y motivaciones de un realizador capaz, culto, inteligente.

La relación pasado-presente es recurrente en el cine de Landrián. Este documental lo denota sin una intención didáctica, solo propone reparar en los procesos que cada persona necesita incorporar durante la existencia, nada ocurre de la noche a la mañana, exige riesgos enriquecerse mediante aprendizajes y cambios esenciales.

Ningún elemento fundamental queda relegado en la narrativa de Ernesto Daranas. Él fue al meollo de causas y consecuencias, aciertos y desaciertos, esperanzas y decepciones. No se perdió en el camino, en este sentido lo ayudaron de manera poderosa su punto de vista al estructurar la historia y la fotografía de Ángel Alderete. Tuvo plena conciencia al concebir el mensaje lingüístico y el mensaje icónico en beneficio de una exploración en profundidad, del conocimiento de una historia de vida dura, compleja, dolorosa que habla por sí misma a partir de una modalidad reflexiva, la cual hace meditar y deja en el alma una sensación de acompañamiento de quien fuera un artífice del arte cinematográfico en nuestro país: Nicolás Guillén Landrián.

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