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Publicado el 28 Abril, 2017 por Igor Guilarte Fong en ¿Sabías?
 
 

RAREZAS DE LA HISTORIA: Animalicidios

Por más que a muchos les parezca inadmisible, desde la Edad Media se extendió la práctica de someter a procesos judiciales a animales culpables de “delitos”
Rarezas de la historia: Animalicidios.

A pesar de ser los más frecuentes amigos del hombre, perros y gatos no escaparon de sentir todo el peso de la ley. (Foto: curiosipedia.com).

Por IGOR GUILARTE FONG

Si las historias que dan pie a este artículo se juzgan desde el enfoque contemporáneo, seguramente recibirán calificaciones de absurdas y surrealistas. Pero por más que suenen a pura fábula, son ciertas, y ratifican que también de episodios insólitos y disparatados está hecha la historia de la humanidad.

En el mundo de hoy, los sistemas legislativos tienen claro que un animal, como ser orgánico irracional, en contraste con el hombre, no tiene conciencia moral y por ende queda descartado considerarlo culpable de cualquiera de sus actos. También es sabido que en el Medioevo la sociedad carecía del avanzado nivel cultural que exhibe actualmente. Sin embargo, de ahí a conocer que se llegaba al punto de procesar animales en juicios, a semejanza de causas civiles, va un buen trecho.

No es broma. En la Europa de entonces dicha práctica fue más común de lo que se puede imaginar. Incluso trasciende que los juicios se efectuaban con solemnidad y total apego al procedimiento: un fiscal formulaba los cargos, declaraciones de testigos, los “acusados” a veces tenían la dicha de contar con un defensor y al final, un juez dictaba sentencia.

¿Quién duda que se aplicaran todos los instrumentos de la legalidad? Formalidades aparte, lo usual era que los animales fueran declarados culpables y sentenciados. No olvidar que la Inquisición estaba de moda, así que fueron víctimas de motivos políticos y religiosos, moralismos y delirios.

El pecado de los cerdos

En 1386, en Falaise, Francia, una cerda sospechosa de haber robado y comido un bebé de cuna fue declarada culpable y condenada a la máxima pena. Vestida de chaqueta y pantalón fue conducida al patíbulo en la plaza pública. Allí le cortaron el morro y las patas, tal como ella había hecho con el niño, y luego la colgaron.

Como si no bastara, los aldeanos fueron obligados a participar en compañía de sus marranos, para que estos resultaran testigos de la ejecución y la tomaran de escarmiento. Se asegura que fue este uno de los procesos judiciales más célebres de su tiempo. Lo que no queda claro es si se debió al espectáculo de ver a la cerda disfrazada de persona, por saber si el martirio surtió efecto en sus hermanos de cuatro patas, o porque al final la cosa terminó en parrillada.

No es que los cerdos fueran más “delincuentes” que otros animales, pero sí los que más a menudo iban a corte. Esto tenía relación con su circulación semisalvaje por las callejuelas, si se irritaban era normal que se tornaran agresivos y se vieran metidos en líos con los humanos. De tal “mala suerte” uno acabó, literalmente, enredado en las patas del caballo que montaba el príncipe Felipe, hijo del rey Luis VI. En el incidente datado en 1131, el heredero del trono parisino cayó y perdió la vida, con apenas 15 años. Tras ser acusado de regicida, el puerco fue arrastrado derechito al cadalso.

Rarezas de la historia: Animalicidios.

En 1456 una cerda y sus seis lechones fueron cogidos in fraganti cuando hociqueaban un cadáver. La madre fue ajusticiada y aunque los cochinillos fueron considerados cómplices, salieron absueltos por su corta edad.

Otro chancho fue apresado y ejecutado por la muerte de un menor, en la Dinamarca de 1447. Pero en este caso se aplicó “la colateral” a los dueños. Esos vecinos, conocidos por su mala conducta, fueron catalogados de “mal ejemplo” para el animal y condenados a realizar una peregrinación hasta un santuario en Alemania, a fin de pedir perdón por sus deslices.

Plagas proscriptas

En 1479, esta vez en Suiza, el peso de la justicia cayó sobre una plaga de cochinillas por dañar los cultivos. Con la intención de “ensuciar” aún más a las acusadas, el fiscal expuso entre sus argumentos que habían desafiado a Dios al no subir al arca de Noé y las llamó criaturas imperfectas nacidas de la putrefacción. El obispo de Lausana, ceremonial mediante, resolvió el asunto con la excomunión de los insectos hemípteros parásitos de plantas.

Ciertamente, en aquellos tiempos de la Edad Media estaba entronizada la creencia de que los representantes de la Iglesia eran auténticos exterminadores de plagas. Así, en 1338, los habitantes del Tirol –actual frontera de Italia con Suiza– cifraron sus esperanzas en la intervención de un tribunal eclesiástico, y olvidaron que a veces en la confianza está el peligro.

Se cuenta que una especie de escarabajo devastó los campos de la comunidad alpina. Los coleópteros fueron señalados culpables y excomulgados en nombre de la Santísima Trinidad. Pero como es de suponer –a la luz de nuestros días– hicieron caso omiso del fallo. Entonces se esgrimió la salida de que la invasión de bichos era debido a la vida pecaminosa de los pueblerinos, y la maldición duraría hasta que transcurrieran varios años y se arrepintieran de sus pecados.

Algo similar pasó en 1690, en la región francesa de Puy-de-dome. Una oleada de gusanos arrasaba las cosechas, por lo que el vicario local fue convocado urgentemente. Para salvar la situación juzgó a las orugas y les aplicó la execración. El anatema parece ser fulminante: los gusanos vuelan por los aires. Si bien hoy se sabe que se debió a la normal mutación a mariposas, para los ingenuos campesinos era difícil encontrar la explicación y empezaron a abonar sin falta los diezmos al obispo, en pago a su “milagroso” servicio.

Quizás el juicio de insectos más llamativo fue el que se realizó en abril de 1587, en el distrito vinatero de Saint Julien, Francia. Un tipo de gorgojo verduzco asolaba los cultivos y se armó la corte. El fiscal señaló que los “glotones criminales” debían ser expiados, porque obraban de común acuerdo o eran enviados del diablo.

El abogado defensor, que asumió con celo y propiedad su trabajo, rechazó las acusaciones lanzadas sobre sus “clientes”, y lo hizo con tanta eficacia que logró aplazar el juicio varias veces. Al final se convino que los insectos abandonasen los viñedos y en cambio se les asignaría una parcela de tierra para su uso exclusivo, donde no serían molestados.

Como apunte curioso –si lo anterior no lo es– se refiere que el caso acumuló 29 folios y duró nada menos que ocho meses. No obstante vale especular que los “inocentes” gorgojos no recibieron muy campantes el veredicto, pues se devoraron la última hoja del expediente.

Rarezas de la historia: Animalicidios.

Un grabado suizo recrea el momento en que el obispo de Lausana excomulgaba a las cochinillas. (Foto: blogspot.com).

De perros y gatos

Otro grupo que se las vio “negras” estaba formado por cuervos. En la Inglaterra del año 1300, en vistas de que durante el interrogatorio los jueces no pudieron diferenciar los graznidos de los malhechores y los de los inocentes, concluyeron condenar la bandada completa, por si las dudas. Mientras, en 1519, en la aldea de Glurns, del propio territorio del Tirol, se giraron los cañones hacia los ratones de campo. Los roedores fueron desterrados a perpetuidad, con la indulgencia de que las hembras preñadas y las crías dispondrían de hasta catorce días para iniciar el desalojo.

Quince años después de este hecho, un mastín portugués ladraba a un retrato de San José durante una procesión. El arzobispo en persona le ordenó hacer silencio pero el perro desobedeció. Suficiente para ser considerado un hereje y condenado a la hoguera. En esta misma cuerda estuvo un gallo en 1474, por el “atroz crimen” de poner un huevo. Se comprende que esto no sea lo más natural, pero la gente de entonces pensaba que era obra de Satanás y que del huevo nacería un basilisco.

Un oso alemán cuyo abogado defensor objetó que solo podía ser sentenciado por un juzgado de iguales; el gato de Maine que sufrió cárcel en una jaula durante un mes, por el delito de “cortejar sin autorización” a una gatica cuya dueña era demasiado moralista; y el burro que fue declarado inocente y reconocido por sus virtudes, también destacan en la lista de juicios a animales célebres.

Pero casos hay más cercanos en el tiempo, y por eso más desatinados. Entre estos figuran las elefantas Mary, ahorcada con una grúa, y Topsy, electrocutada por matar a tres hombres incluido su domador del circo, quien le daba de comer cigarros encendidos. Asimismo, en 1948 un abogado dejó en testamento 1 500 libras esterlinas a dos perros de la raza setter irlandés. Después de tres semanas de litigio, el juez les denegó la herencia a los (des)afortunados canes por no poder contestar “razonablemente” a sus preguntas.

¿Cómo podría explicarse la presencia de estos extravagantes procedimientos por siglos? Posiblemente responda a la psicología humana y a su necesidad de tener todo bajo control, de imponer orden ante situaciones impías, caóticas y salidas de raya, aunque la forma carezca de sentido. En el mundo actual no se juzga a animales como antaño, pero la mentalidad perdura.

La historia recoge que la tendencia no solo se aplicó en el reino animal, como el ejemplo de un bosque en Alemania en el siglo XIV, que después de ser condenado a muerte, fue talado y quemado entero por orden judicial. Lo habían declarado cómplice de ocultar a un ladrón prófugo de la ley. Pero eso, a lo mejor, podrá servirnos de “madera” en otra oportunidad.


Igor Guilarte Fong

 
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