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Publicado el 6 Septiembre, 2017 por ACN en ¿Sabías?
 
 

De novias, suegras y otros demonios

Llevar una novia (o novio) a la vivienda jamás deberá ser cosa de juego ni impulso. Lo ideal es hacerlo cuando existe un vínculo verdaderamente fuerte y pensamos que será duradero
Problemas entre novios y suegras.

(Foto: La Mente es Maravillosas)

Por Yasel Toledo Garnache

Ella, una estudiante universitaria de 19 años de edad, por primera vez se siente enamorada, pero no se atreve a llevar el novio a la casa, porque sabe que su madre será demasiado exigente. La posible suegra ya ha escuchado sobre él, y manifiesta su desaprobación, aunque ni siquiera lo ha visto.

Otra joven va a la vivienda con su compañero, el cual se sienta en la sala. Sus padres lo miran, de pies a cabeza, y le hacen numerosas preguntas sobre temas diversos, como en una especie de examen sobre su vida, en el cual su nota es muy baja, según los peculiares integrantes del tribunal, quienes le quitaron los primeros puntos por usar pinchos en el pelo y un piercing en el labio.

Un muchacho presenta su novia a los familiares, quienes la atienden bien, pero cuando se va manifiestan la preocupación y hasta el deseo de que termine la relación porque ella es muy mayor para él.

Cada quien tiene vivencias personales o conoce las de amigos sobre esos momentos frente a los “futuros” suegros, cuando hasta pueden temblar las piernas, pues algunos intimidan con su seriedad y voz de “tú no eres lo que merece mi princesita (o príncipe)”.

Es normal la preocupación de los padres porque cada uno tenga cerca una persona especial en  todos los aspectos, quien verdaderamente esté enamorada, pero la decisión definitiva será siempre de los integrantes de la pareja, más allá de consejos de otros.

Por ahí andan expresiones como: “estarán juntos hasta que los suegros los separen”, “la peor pesadilla de un hombre es acostarse con su novia y amanecer al lado de la suegra”, “¡Viva la suegra, pero bien lejos!” y otras similares, varias de las cuales son excesivas, pues tampoco debemos ubicarlos a todos en el mismo grupo.

Algunas (suegras) se convierten en madres, siempre agradables, aunque una amiga, al lado mío en este momento, no esté muy de acuerdo con esa idea.

Según una investigación en Italia, las probabilidades del triunfo de un matrimonio aumentan por cada 100 metros entre sus integrantes y las familias. Otra en Japón resalta que las féminas, residentes en casas de familiares de su esposo, son tres veces más propensas a sufrir problemas del corazón, por eso es muy importante vivir solos, un resultado interesante, el cual ojalá no sea verdad en otras partes.

Especialistas reafirman que la relación con padres, hermanos, abuelos… de la otra persona inciden de forma positiva o negativa en la relación y hasta hablan del llamado síndrome del “nido vacío” en madres solas porque el hijo se va para otra vivienda en busca de independencia, lo cual provoca tristeza y celos.

Terri Orbuch, psicóloga y profesora investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Michigan, asegura que cuando el hombre tiene un vínculo favorable con los progenitores de su esposa el riesgo de divorcio disminuye en un 20 por ciento.

Según su estudio, que incluyó el seguimiento durante 26 años a 373 parejas de recién casados, los lazos estrechos son reafirmantes, especialmente para las mujeres, quienes suelen estar alegres porque sienten que sus padres también son importantes para su compañero.

Alerta sobre las consecuencias de excederse, por parte de las suegras, y entrometerse en cuestiones personales, como la forma de cocinar, realizar los quehaceres del hogar y criar a los pequeños, todo lo cual puede ser estresante para la mujer, quien se sentiría cuestionada constantemente, como esposa y madre.

Entre los consejos para lograr buen ambiente, incluye conocerse lo mejor posible, respetar los límites, ser cordiales y comprender que cada quien debe adaptarse a la nueva circunstancia, aceptar hábitos y otros elementos, lo cual no siempre es fácil.

Llevar una novia (o novio) a la vivienda jamás deberá ser cosa de juego ni impulso. Lo ideal es hacerlo cuando existe un vínculo verdaderamente fuerte y pensamos que será duradero.

En todo esto jamás existirá una fórmula salvadora ni una guía para garantizar el éxito. Cada situación tiene sus peculiaridades, con influencias de las características de las personas implicadas.

La empatía, ponerse en lugar del otro, resulta fundamental, conscientes de que nuestras acciones tienen incidencias en los demás y pueden ser determinantes para la felicidad de quienes también son amados por nosotros.    (ACN)


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