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Publicado el 10 Noviembre, 2019 por Redacción Digital en ¿Sabías?
 
 

Soy celta... soy vikingo...

¿Todos los humanos descendemos de alguna rama de linaje real?

La razón es clara: muchos de nuestros ancestros lo son por varias líneas genealógicas
guerreros celtas

foto: elblogdeacebedo.blogspot.com

Todos tenemos un padre y una madre biológicos. Ellos, a su vez, tuvieron los suyos, de manera que todos tenemos dos abuelos y dos abuelas. Si seguimos la secuencia hacia atrás: ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, y así sucesivamente…

Si cada generación está separada de la anterior por 30 años, podríamos haber llegado a tener unos 16 000 ascendientes al comienzo del siglo XVII, unos 16 millones a principios del XIV y unos 16 000 millones en los albores del XI, hace unos mil años.

A estas alturas ya se habrá dado usted cuenta de que eso, sencillamente, es imposible.

En efecto, y sin tener que retroceder tanto, el número real de nuestros ascendientes es muy inferior al que se calcula haciendo esas operaciones. La razón es clara: muchos de nuestros ancestros lo son por varias líneas genealógicas. Esto es más improbable cuanto más cercanos en el tiempo son los ascendientes, pero aumenta conforme vamos hacia atrás.

A comienzos del siglo XIV había unas 450 millones de personas en el mundo (alrededor de 70 en Europa), por lo que bien pudieron haber vivido unos 16 millones de ancestros de cada uno de nosotros entonces. Pero hace mil años sólo vivían 400 millones (unos 50 en Europa). Por lo tanto, es matemáticamente imposible que viviesen 16 000 millones de antepasados nuestros en aquella época.

Hablamos con naturalidad de árbol genealógico porque visualizamos nuestros ancestros como un árbol que se ramifica poco a poco hacia atrás. Pero la realidad es muy diferente. Ya desde generaciones no tan lejanas algunas de las ramas confluyen, y si nos retrotraemos a tiempos remotos, ni siquiera cabe hablar de ramas. Las líneas genealógicas configuran una especie de maraña o, si se quiere, de malla con múltiples cruzamientos.

Por otro lado, muchas líneas no dejan descendencia ninguna en cada generación. Conforme retrocedemos en el tiempo, la red va haciéndose más y más estrecha: se calcula que en los albores del Neolítico, hace unos 12 000 años, vivían en el mundo menos de 4 millones de personas, unos 60 millones en la época homérica, y mil millones al comienzo del siglo XIX.

Adam Rutherford cuenta, en su Breve historia de todos los que han vivido, que todos los que tienen ascendencia europea proceden, por una vía u otra, de Carlomagno. Todos pertenecen, por lo tanto, a un linaje real. No es broma, aunque sea del todo irrelevante.

fotro: nicolapasqualato.blogspot.com

Quienes tienen algún ancestro europeo no solo descienden de Carlomagno, también proceden de todos los europeos de su época –alrededor del año 800– que dejaron descendencia y ha llegado hasta el siglo XXI. Se estima que la de un 20 % no ha llegado.

No hace falta ir tan atrás en el tiempo para localizar el momento en que confluyen las líneas genealógicas. Todos los europeos comparten un antepasado común que vivió hace, aproximadamente, unos 600 años. Y si los mismos cálculos que han permitido obtener esa cifra se hacen para toda la humanidad, se estima que todos los seres humanos comparten un antepasado común que vivió hace unos 3 400 años. Porque, aunque cueste creerlo, no se sabe de ninguna población que haya permanecido completamente aislada durante los últimos siglos.

Estas cosas resultan desconcertantes. Piénselo si ha depositado una muestra de saliva en un tubito y le han dicho que en su linaje confluyen ascendientes de las tribus guerreras de las estepas rusas, de los bravos vikingos que sembraron el caos y la destrucción en Europa, y de los egipcios que levantaron las pirámides.
Lo más probable es que usted tenga esa ascendencia… También la tengo yo.

Ya desde generaciones no tan lejanas algunas de las ramas confluyen, y si nos retrotraemos a tiempos remotos, ni siquiera cabe hablar de ramas.

(Con información de The Conversation)


Redacción Digital

 
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