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Publicado el 26 Diciembre, 2020 por Sputnik en ¿Sabías?
 
 

Por qué cada año, y más 2020 nos parece el peor

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Rostro de mujer en una ventana oscura

Foto en National Geografique

La frase “todo tiempo pasado fue mejor” puede deberse a la forma en la que nuestro cerebro percibe el paso del tiempo. Pero, ¿por qué todos los años parecen haber sido los peores, hasta que pasan al pasado? ¿Y qué pasa con el 2020?

No parece ser necesario hacer un listado exhaustivo de las catástrofes más graves de 2020. Con la pandemia de COVID-19 evidentemente a la cabeza, el mundo se prepara para despedir el año con la urgencia de que termine de una vez por todas la vorágine del miedo al virus, a la muerte, y a la crisis sanitaria y económica. Pero, ¿qué nos asegura que el 2021 será diferente?

En realidad, una sensación similar nos aparece cada año, y es que cada año parece, de algún modo y por diversos motivos, el peor hasta ahora. A esa sensación de que siempre parece estarse en el peor momento posible los especialistas le llaman “declinismo” o “sesgo de declive”. Nuestros cerebros tienden a leer el presente como una situación límite y catastrófica, incluso si en el pasado hemos pasado por situaciones similares o peores.
¿Por qué cada año siempre parece el peor?

Según una investigación de la profesora de marketing de la Universidad de Boston Carey Morewedge, titulada “Fue una época muy inusual: cómo engendra el sesgo de la memoria. Preferencias nostálgicas”, las personas tendemos a interpretar negativamente el presente e idealizar el pasado.

Los recuerdos de nuestra vida tienen un sesgo optimista, sostiene Morewedge, ya que al pensar en el pasado procuramos, en general, recordar experiencias buenas. A esta tendencia a pensar en lo bueno le llama “retrospección rosada” o “sesgo de nostralgia”.

“Si estoy pensando, por ejemplo, en lo mucho que me encanta ir a los partidos de béisbol, no voy a recordar los momentos en que mi equipo perdió. Estamos juzgando el pasado por sus mayores éxitos, pero juzgamos el presente por todo lo que tenemos disponible”, ejemplifica para la revista National Geographic.

Por su parte, Erika Harlitz-Kern, historiadora de la Universidad Internacional de Florida, Miami, señala que esto también se traduce en la forma en la que los historiadores, en muchos casos, suscriben a visiones optimistas y poco realistas del pasado.

Esto se observa, por ejemplo, en el uso de términos como la “Edad Dorada” para denominar al período entre 1870 y 1900 en Estados Unidos, cuando la Revolución Industrial transformó las formas de la tecnología, la cultura y el arte. A pesar del pomposo término, Harlitz-Kern recuerda que esa época “también fue un momento de desigualdad social, gran pobreza y el genocidio y el desplazamiento continuo de los nativos americanos”, hechos que suelen quedar opacados en los relatos históricos de la época.

¿Y qué pasa con el 2020?

Volvemos al inicio. Es cierto que el 2020 ha sido un año duro, sin excepciones, alrededor del mundo. A pesar de que no se trata de la primera pandemia del mundo, la del COVID-19 amenazó la economía y el orden sanitario con una intensidad sin precedentes.

Pero hay un elemento que los especialistas señalan a la hora de analizar la gestación de esa sensación de que el presente es terrorífico: se trata, nada más y nada menos, del consumo excesivo de información. Redes sociales, radios, noticieros y portales de prensa no hablan de otra cosa que de calamidades, y un consumo constante de información acerca de, por ejemplo, el virus SARS-CoV-2 y sus riesgos, puede resultar fatal para la psiquis de un ser humano.

Así lo comprueba una encuesta de la Asociación Estadounidense de Psicología de 2017, en la que los encuestados que se mantuvieron al día con las noticias manifestaron pérdida de sueño, estrés, ansiedad, fatiga y otros síntomas negativos de salud mental. Según sus resultados, hasta el 20% de los estadounidenses revisan constantemente su redes sociales para estar al tanto de lo que ocurre en el mundo, mientras que uno de cada 10 revisa los portales de noticias al menos una vez por hora.

Aunque probablemente acentuada, la problemática de la sobreinformación no pertenece precisamente al siglo XXI. El estudioso George Gerbner, de la Escuela de Comunicación Annenberg de la Universidad de Pensilvania, ya había planteado su preocupación respecto al consumo excesivo de noticias en 1968.

Gerbner encontró una relación directa entre el tiempo que las personas le dedicaban a ver televisión y la forma en que percibían el mundo: a mayor cantidad de noticias, más tendencia a concebirlo como aterrador y peligroso. Le llamó el “síndrome del mundo malo”.

En estos tiempos, donde las redes sociales son una de las principales formas de comunicarse y recibir información, el científico investigador Mesfin Awoke Bekalu, que estudia la relación entre las redes sociales y la salud pública en la Escuela Chan de Salud Pública de Harvard, sugiere prestar atención al fenómeno de las redes.

“Las redes sociales desplazan las interacciones sociales en la vida real, como las interacciones sociales en persona o la comunicación familiar. Incluso desplaza las actividades que promueven la salud, como el ejercicio físico y el sueño”, dice a National Geographic.

Además, advierte que “debemos ser conscientes del tipo de red social en la que estamos, con quién nos relacionamos y qué tipo de contenido consumimos”, y que “las redes sociales pueden hacernos percibir el presente como peor que el pasado, pero eso no es cierto para todos”.
(Sputnik)

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