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Publicado el 23 Febrero, 2021 por Redacción Digital en ¿Sabías?
 
 

HÉROES CANINOS

Historias de perros que hicieron historia

Algunas veces el hombre necesitó una mano, y lo que halló fue una pata… ¡No le pudo ir mejor!
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Togo junto a Leonhard Seppala

Togo junto a Leonhard Seppala. Foto: Wikipedia

Por VÍCTOR M. FALCÓN GARCÍA

Resulta común calificar al perro como el mejor amigo del hombre. Se trata de un epíteto con el que siempre –incluso desde nuestros antepasados- se ha identificado a la mascota canina en todas partes. Esa frase tiene una razón histórica, pues además de las cualidades que lo definen como animal noble y fiel, el cánido ha demostrado en múltiples hazañas, a lo largo de siglos, su respeto y lealtad a los humanos.

He aquí algunos momentos en los que el hombre necesitó una mano, y obtuvo una pata… ¡No le pudo ir mejor!

Pareciera una trama novelesca de Jack London: en pleno invierno de 1925, una enfermedad bacteriana contagia a los niños de Nome, un pueblo de la fiebre del oro al noroeste de Alaska, que ha quedado aislado entre un mar congelado y un terreno salvaje bajo la nieve. La única esperanza de 1 000 residentes es un plan impreciso para traer la medicina desde una parada de ferrocarril en Nenana, al otro lado de las montañas, a 2 100 kilómetros de Nome. Para eso es inevitable sortear una ruta traicionera y una de las peores tormentas invernales vividas jamás. Y todo, a contrarreloj, en trineos de perros.

Estatua a Balto en el Parque Central de Nueva York. Foto: wikipedia

Pero ese relato no es ficción. La carrera del suero -así la llamaron- tuvo tal repercusión en Estados Unidos que se ramifica en libros, filmes y estatuas. Aquel evento puso a prueba la fuerza, el coraje y la determinación de un hombre, el noruego Leonhard Seppala, y en especial, de su perro líder.

El husky siberiano Togo –que le pusieron el nombre del almirante japonés Heihachiro Togo- nació en 1913. Tenía un color moteado que daba a su pelo un aspecto mugriento, y al inicio fue criado por Constance, la esposa de Seppala. Su futuro en las carreras caninas no parecía muy prometedor, pero su temperamento dispuesto, destreza para hallar la distancia más corta entre dos puntos, lealtad al amo e innato liderazgo, condujeron a que su musher (guía de trineo) terminara colocándolo a la cabeza del equipo. Ambos se volvieron inseparables y se salvaron mutuamente en múltiples expediciones.

Cuando arreció el brote de difteria, Seppala era ya un corredor famoso en toda Alaska (“Rey del sendero”, lo llamaban), lo mismo que su astuto Togo, era venerado como perro guía. Por eso fueron convocados para asumir el mayor peso en la conocida “gran carrera de la misericordia”, diseñada por tramos.

Monumento a Barry en el cementerio de los perros cerca de París.

Monumento a Barry en el cementerio de los perros cerca de París. Foto: wikipedia.

Veinte mushers se fueron pasando el cargamento de 300 000 unidades de antitoxina. Pero a Seppala y a sus perros, liderados por el husky siberiano de 12 años, correspondió cubrir el tramo más largo y peligroso. Si bien era un atajo para ganar tiempo, estaba repleto de ásperas colinas nevadas donde los perros apenas encontraban puntos de apoyo y por lagos congelados en que el hielo traicionero crujía bajo las uñas.

Bastante agotados, finalmente Seppala y compañía entregaron las medicinas al musher Gunnar Kaasen y su perro guía Balto. Fue este el equipo que entró en Nome con el ansiado cargamento, sin romper una sola ampolla. Los varios trineos cruzaron 1 085 kilómetros en cinco días y medio, lo que se consideró un récord mundial debido a la inclemencia de las condiciones.

Por la emoción del momento cumbre la prensa acentuó a Balto como el rostro de la hazaña. A tanto llegó el homenaje que se le erigió una estatua en Central Park de Nueva York. Para pasar sus últimos días fue llevado al zoológico de Cleveland, donde falleció en 1933, con 14 años.

Pero mientras el mundo vitoreó el nombre de Balto, la población de Alaska ovacionó el de Togo, el gran héroe de la carrera del suero. Este se retiró en Poland Spring, Maine, donde se le practicó la eutanasia en diciembre de 1929. Tenía 16 años. Sus restos están hoy en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Yale y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, se les nombró como nueva raza: el husky seppala, en honor también al musher. Se les tiene como los mejores perros para trineos. En el 2011, Times le otorgó a Togo el título de “animal más valiente de la historia”.

Fieles hasta la muerte
Hachiko escultura en bronce cerca de la estación de Shibuya, Japón.

Hachiko escultura en bronce cerca de la estación de Shibuya, Japón. Foto: bartjapanworld.blogspot.com

Barry es conocido como el perro San Bernardo más famoso de la historia (aunque ciertamente era más pequeño que la raza actual). Se cuenta que entre 1800 y 1812 vivió en el Hospicio del Gran San Bernardo, en la frontera entre Suiza e Italia. Allí ayudaba a los monjes socorrer a peregrinos accidentados, aportando su notable desenvolvimiento y sentido de orientación en la nieve. Se le acredita haber salvado decenas de vidas.

Su historia y nombre han sido utilizados en obras literarias; mientras su cuerpo embalsamado se expone en el Museo de Historia Natural de Berna, y en el cementerio de los perros, cerca de París, un monumento inmortaliza su imagen de rescatador.

Hachiko, era un can japonés de la raza akita, que cada mañana acompañaba su amo, el profesor Eisaburo Ueno, a la estación de trenes de Shibuya, donde lo observaba comprar el boleto e irse en tren rumbo al trabajo. El perro acostumbraba a sentarse en la plaza y esperar a que su dueño regresara.

En mayo de 1925, mientras impartía clases en la Universidad de Tokio, el profesor Ueno sufrió una hemorragia cerebral y murió. Esa, como todas las tardes, Hachiko esperó ansioso el retorno de su amo. Pero este nunca volvió. El animal se quedó a vivir frente a la estación durante los siguientes nueve años.

Nevado junto al indio Tinjacá

Nevado junto al indio Tinjacá. Foto: flickp.com

Tal rutina, que delineó la vida de ambos, no fue inadvertida para los asiduos al lugar. Por lo que las personas lo cuidaron y alimentaron y hasta le levantaron una estatua de bronce. El propio Hachiko estuvo presente. En marzo de 1935 fue encontrado muerto al pie de su propia estatua, frente a la estación, donde aguardó a su amigo casi una década. El cine tampoco ha podido esquivar la triste y bella historia de este perro, bien vale decir: fiel hasta la muerte.

Nevado fue el perro de Simón Bolívar. También conocido como Simoncito, era de raza mucuchíes, de color negro, pero con las orejas, el lomo y la cola blancos; de esa particularidad se derivó su nombre. Le fue regalado al Libertador por un campesino del pueblo de Mucuchíes, Mérida, después de la batalla de Niquitao, durante la Campaña Admirable, en 1813.

Cuenta la historia que Bolívar se comunicaba con él a través de silbidos que le había enseñado el indio Tinjacá (al que todos llamaban “edecán del perro”). Nevado, que viajaba en un canasto especial, acompañó durante ocho años a Bolívar en travesías, batallas, y hasta en su entrada triunfal a Caracas… Finalmente, el can y su cuidador, el indio Tinjacá, fueron muertos a lanzazos por los españoles en la batalla de Carabobo, el 24 de junio de 1821. Se dice que el Libertador no pudo ocultar su aflicción.

Escultura de Rinti a los pies de Jeannette Ford Ryder en el cementerio de Colón.

Escultura de Rinti a los pies de Jeannette Ford Ryder en el cementerio de Colón. Foto: todocuba.org

En Cuba hay leyendas similares en torno al mejor amigo del hombre, aunque en este caso sería de la mujer. La estadounidense Jeannette Ford Ryder, no solo es célebre por ser gran benefactora en La Habana, sino por su perro Rinti. Al fallecer la dama, a los 65 años, su fiel mascota se echó al lado la tumba en el cementerio de Colón, y por más que los empleados intentaron espantarlo, siempre regresaba. Día tras día, y sin comer apenas, Rinti fue muriendo; de tristeza afirman algunos. A la postre, el Bando de Piedad contrató al escultor Fernando Boada para que edificara la escultura yacente que allí puede verse hoy, junto al singular epitafio: Fiel hasta después de muerta. Rinti.

La cosmonauta

Hace más de 60 años, un ser vivo dejó, por primera vez, el planeta Tierra rumbo al espacio: la perra Laika. Desde que era niño esa perrita llamó mi atención. Fue lanzada en el satélite soviético Sputnik 2, el 3 de noviembre de 1957.

Monumento en honor a Laika en Moscú.

Monumento en honor a Laika en Moscú. Foto: Alexéi Nikolski-Sputnik

Laika, originalmente llamada Kudryavka (en ruso: “pequeña de pelo rizado”), fue seleccionada por su carácter despierto y dócil entre un manojo de perros recogidos en las calles de Moscú; pues se consideraba que los callejeros tenían mejor capacidad de adaptación que los de pedigrí. Se le sometió a entrenamiento casi como un astronauta: se le alimentó con comidas a base de gelatina, se le colocó en jaulas cada vez más pequeñas para acostumbrarla a la cápsula presurizada de 80 centímetros de largo, y se le habituó a los ruidos de una nave espacial.

Desafortunadamente, entonces la tecnología espacial apenas arrancaba y desde la salida la misión de la pequeña “can-tronauta” estaba signada por el sacrificio. Seis horas después del despegue, los sensores registraron una parada cardíaca. Laika murió debido al sobrecalentamiento de la cabina y el estrés. El Sputnik 2 dio 2 370 vueltas en órbita y se desintegró sobre las Antillas al ingresar en la atmósfera el 14 de abril de 1958, con el cuerpo de su pasajera.

El sacrificio de Laika proporcionó a los científicos los primeros datos sobre cómo los organismos vivos reaccionan al entorno sideral y allanó el camino para los viajes de humanos. En su honor, el 11 de abril de 2008 las autoridades rusas develaron un monumento cerca del centro de investigación militar en Moscú, donde se preparó. La figura de bronce, de dos metros de altura, representa un segmento de un cohete que se transforma en una mano, sobre la cual brota Laika. Merecido recuerdo que pudiera extenderse a otros perros incontables.

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Redacción Digital

 
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