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Publicado el 10 Mayo, 2021 por Giovanni Martinez en ¿Sabías?
 
 

El sonido del silencio

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Knight cuando fue detenido en 2013 como sospechoso de aproximadamente 1 000 robos. (Foto: elrincndecuchi.blogspot.com)

Por GIOVANNI MARTÍNEZ

La canción escrita por Paul Simon en la década de los 60 que popularizó en 2015 la banda de rock Disturbed, The sounds of silence (El sonido del silencio), ciertamente nos descubre emociones, pensamientos… y enfatiza lo que significa guardarlos para seguir en armonía con los criterios predominantes.

La soledad y su devenida tranquilidad han mutado hasta convertirse en recompensa extrema para algunas personas. Un grupo de ellas se aísla para encontrarse a sí mismos por motivos religiosos, otros son artistas o científicos que buscan el contacto con la naturaleza para inspirarse, pero un pequeño número no tiene claras las causas que le llevaron a renunciar indefinidamente a la vida social.

En tiempos de pandemia pudiéramos pensar que somos los primeros humanos que hemos practicado el aislamiento, en este caso con el fin de amedrentar el contagio del nuevo coronavirus. Sin embargo, varias historias de confinamiento voluntario y no del todo justificado tuvieron lugar en otras épocas, algunas de ellas no muy lejanas e incluso otras aún vigentes.

En 1986 un bosque de la zona rural de Maine, al noreste de los Estados Unidos, donde las temperaturas pueden descender hasta los -20 grados Celsius, se convirtió en el hogar de Christopher Knight durante 27 años. El también conocido como North Port Hermit (Ermitaño del Puerto Norte), un día se alejó para siempre de su hogar en Massachussets y construyó una choza entre los árboles de coníferas para permanecer por casi tres décadas sin socializar, aunque lo hacía de una manera peculiar, pues vivía robando las pertenencias de los vacacionistas que acampaban cerca. Si bien nunca agredió a nadie, ni usó armas, en 2013 fue detenido por los agentes de la Policía, quienes se sorprendieron al dar con un campamento lleno de objetos sustraídos.

El escritor Michael Finkel visitó a Knight en prisión con el objetivo de confeccionar su libro The Stranger in the Woods: The Extraordinary Story of the Last True Hermit (El extraño en el bosque: La extraordinaria historia del último verdadero ermitaño), donde la pregunta esencial fue ¿por qué?, a la cual el anómalo personaje respondió que se sentía muy incómodo al estar cerca de otras personas. “¿Cometiste un delito? ¿Había algo de lo que te avergonzaras? ¿Hubo una acción específica?”, insistió Finkel, pero el confinado infractor aseguró que no se trataba de nada de eso. Dijo que el impulso para estar solo era como una fuerza gravitatoria y que todo su cuerpo decía que se sentía más placentero así. Comentó además que durante todos esos años había leído algunos libros, pero en general no tuvo ocupaciones en la mayor parte del tiempo, así que podemos deducir que concretamente se dedicó a no hacer nada.

El fiscal que lo acusó estuvo de acuerdo en que, una pena muy larga habría sido un castigo demasiado cruel para alguien que había pasado más de la mitad de su vida en completa libertad, por lo cual fue sentenciado a siete meses de cárcel, se le impuso la asistencia a un programa para personas con problemas mentales y cumplió otros tres años en libertad condicional. Knight al parecer cambió cuando vio que le abrieron las rejas y en una especie de segunda oportunidad comenzó a trabajar con uno de sus hermanos.

La Siberia, una cueva
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Agafia junto a su padre Karp. (Foto: siberiantimes.com)

A mediados del siglo XVII la Iglesia ortodoxa rusa introdujo reformas radicales en ese país. Muchos no pudieron aceptar los cambios y se convirtieron en los llamados “viejos creyentes”, conservadores de una moral estricta y partidarios de la prohibición tajante de cualquier “pecado”: baile, alcohol, tabaco…

Por esa razón Karp Lykov, junto a su esposa e hijos, Savin y Natalia, de nueve y dos años, se adentraron en la fría y extensa Taiga de Siberia en 1937, con solo un puñado de semillas en las manos y deseando alejarse de la “inconsecuente” multitud. En esos parajes nacieron Dimitri y Agafia, entre 1940 y 1943, quienes no conocieron humanos vivos fuera de su parentela hasta 1978, cuando un grupo de geólogos que rondaba la ribera del río Abakán dio con la cabaña. A partir de ese momento la familia acaparó espacio en los medios nacionales y todo el silencio en el que se sumieron sus vidas durante 42 años se rompió de manera radical, pues fueron investigados hasta el cansancio por la misma sociedad de la cual se habían escabullido.

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Ricetti dedicó su confinamiento a la arquitectura. (Foto: wikimedia.org)

Desde que su padre Karp falleció en 1988, Agafia Lykova ha estado sola con sus dos mascotas, un gato y un perro, pues el resto de la familia pereció antes. Allí ha sobrevivido con sus propias manos: corta leña, trae agua del río y busca comida. En noviembre de 2019 conoció personalmente a su último pariente, de quien solo había tenido noticias hasta entonces por medio de cartas. A pesar de varias propuestas de alojamiento y cuidado, la anciana sigue viviendo en su casita de madera en un entorno natural.

Valerio Ricetti fue un italiano-australiano que se alojó en una cueva del área de Griffith por un período de 23 años. Antes de incomunicarse, su vida ya estaba llena de percances. Nació en 1898 en Sondalo, Italia, y con solo 17 años emigró a Nueva Gales del Sur, Australia. Allí tuvo varios empleos, pero no corrió con fortuna y se quedó sin un centavo. Incluso cuentan que su última pertenencia de valor (un abrigo) le fue robado. De ese modo terminó caminando hacia la solitaria cueva y sin dudarlo la convirtió en su hogar, pero lo más extraordinario fue que la expandió y modificó a su conveniencia, fusionando un complejo de estructuras de piedra con elementos naturales del paisaje, donde llegó a tener escaleras, jardines, senderos, cocina e incluso una cisterna para el suministro de agua. Hoy en día, el sitio que sirviera de residencia para aquel italiano, es un lugar muy recurrido por los turistas que visitan la isla continente.

Tres más…
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Nagasaki solo en la isla de Sotobanari. (Foto: elpais.com)

Masafumi Nagasaki vivió 29 años solo y desnudo en Sotobanari, una pequeña isla del archipiélago de Ryukyu, Japón, hasta que las autoridades le obligaron a alejarse de la libertad que él mismo se había concebido.

“Aquí no hago lo que la gente me dice que haga, simplemente sigo las reglas de la naturaleza. No puedes dominarla, así que debes obedecerla por completo”, relató el anciano explorador durante una entrevista televisiva.

En 1989 ese fotógrafo de profesión decidió dejar atrás su pasado, del cual no se conoce mucho, y se propuso pasar el resto de sus días en un lugar remoto, que ni siquiera es visitado por pescadores. Allí pasaba la noche en un rudimentario campamento, hacía gimnasia y mantenía limpia la playa. Se dice que tras su impuesto regreso a la mayor isla del archipiélago, el también conocido como el Robinson Crusoe japonés ha retomado su estilo de vida en otra zona costera para cumplir con su anhelo de paradisiaca soledad.

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Zoe se enamoró de la vida salvaje. (Foto: tn.com.ar)

Zoe Lucas nació en 1950 y llegó hace más de 40 años a la isla canadiense de Sable, una pequeña porción de tierra de solo 34 kilómetros cuadrados, de donde nunca se ha marchado. Entre focas, aves y una extensa población de caballos salvajes que nadie sabe cómo llegó hasta allí ha vivido Zoe, a quien le arrojan alimentos desde un helicóptero cada 15 días para que pueda sobrevivir y dedicar la mayor parte del tiempo a lo que más le gusta, el estudio de los animales. En su caso no necesitó construir un hogar, pues usa como refugio edificios viejos deshabitados.

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Man en su casa de La Coruña. (Foto: wikimedia.org)

Manfred Gnädinger, conocido como Man o El alemán de Camelle (parroquia del municipio de Camariñas, en la provincia de La Coruña, Galicia, España), fue pintor, filósofo y escultor. Según los informes de la zona, en 1961 llegó aquel esbelto, bien vestido y muy educado forastero, pero sin motivo evidente se alejó de los aldeanos y se instaló en la playa, donde comenzó a recoger objetos que le sirvieron para realizar diversas obras de arte, las cuales unidas a su cambiante apariencia personal lo convirtieron en una celebridad local, a pesar de que trató de llevar una vida lo más simple y natural posible, elaborando esculturas al aire libre y cuidando de un pequeño jardín marítimo de piezas hechas con piedras y maderas que traía el mar. Durante el accidente del Prestige en noviembre de 2002 (derrame de petróleo provocado por el hundimiento de un buque a 2 000 kilómetros de las costas españolas), la mancha negra traída por el oleaje dañó sus esculturas. Se cree que Gnädinger se dejó morir de melancolía y tristeza. Finalmente, el 9 de noviembre de 2010 un temporal destruyó todo lo que quedaba de su obra, pero al menos se conserva una parte de manera digital.

Si bien en estos tiempos la humanidad toda limita el contacto físico como medida sanitaria, ya algunos habían experimentado mucho antes ese complicado “oficio” de aislarse. ¿Regresarán a la vida social o seguirán incomunicados los ermitaños de la actualidad en el mundo? Habrá que ver si rompen el silencio y se unen al festival de abrazos global que de seguro nos depara el final de la pandemia.

Ermitaño: origen y significado

El vocablo ermita procede del latín eremīta, que a su vez deriva del griego ἐρημίτης o de ἔρημος, que significa del desierto. La vida del ermitaño está por lo general caracterizada por valores que incluyen el ascetismo, la penitencia, el alejamiento del mundo urbano y la ruptura con las preferencias de este, el silencio, la oración, el trabajo y, en ocasiones, la itinerancia. Se considera que el eremitismo en el cristianismo nace a fines del siglo III y principios del siglo IV, particularmente tras la paz constantiniana, cuando los llamados Padres del Desierto abandonaron las ciudades del Imperio romano y zonas aledañas para ir a vivir a los desiertos de Siria y Egipto. En el cristianismo primitivo, y actualmente en la Iglesia católica ortodoxa, se considera ermitaño a una persona que decide llevar una vida solitaria, ascética y austera, alejado de los ruidos pecaminosos –a su parecer– del mundo circundante, con el fin de alcanzar una relación con Dios que considera perfecta. En sentido extenso, el término se dilató para incluir a todo aquél que vive en soledad, apartado de los vínculos comunitarios.

 


Giovanni Martinez

 
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