1
Publicado el 26 Noviembre, 2016 por Bárbara Avendaño en Salud
 
 

Remembranza

 

fidel-silueta-iluminadaPor BÁRBARA AVENDAÑO

Sentada en el contén de la acera, una muchachita observa al padre jugar pelota. Para ella era el mejor regalo en sus diez años, y también para la hermana mayor, justo ese día, cuando cumplía los 15. El mal de Parkinson, con sus temblores y rigidez típicos, les robó el disfrute del hombre vital que fue el papá, para quien la vida ahora se reducía a un sillón y un banquito donde reposar los pies.

Por entonces, a las hijas les era imposible desligar los retozos infantiles y el debut de la adolescencia, de la expectativa de mejoría que generaba cada visita de la familia al neurólogo, y de las noticias referidas a tratamientos nuevos para enfrentar esa enfermedad que despuntaban en el mundo.

A inicios de la década de los 70 del siglo XX surgió un medicamento esperanzador, la L-DOPA (Levodopa) ­­-hoy todavía el fármaco aislado más eficaz contra el mal. Las hermanas escucharon hablar en casa de aquella píldora, pero se frustraron al conocer acerca de la imposibilidad de adquirirla: por esa época se comercializaba apenas en los Estados Unidos, y a Cuba solo empezaban a llegar pequeñas cantidades.

Cierto día, un tío comentó en familia que viajaría de donde vivían, Pinar del Rio, a La Habana para participar en un Congreso de la Industria Alimentaria, al cual se suponía que asistiera Fidel. La menor de las hermanas no lo pensó dos veces y le preguntó: “Si le envió una carta, se la entregas?” Él asintió con un profundo movimiento de cabeza.

Decidida a hacer algo más por devolverle la salud al padre, la niña resumió su pena en la hoja de una libreta escolar. Contó al líder de la Revolución que el mismo año en que ella nació, el papá enfermó, y por día empeoraba. Que había escuchado de una medicina la cual podía mejorarlo, y le pedía, si era posible, la ayudara para que su padre la recibiera.

Aquella carta le fue entregada a Fidel al comenzar la reunión y, según comentó entonces alguien que le era cercano, la guardó en un bolsillo de su camisa. Dos días después, un auto marca Fiat se detuvo frente a la escuela primaria pinareña donde estudiaba la muchachita el cuarto grado. Una mujer de chaqueta verde olivo preguntó por ella en la dirección del centro, y pidió verla. Fue hasta su aula, y le dijo: “Fidel me envía para conocerte y ayudar a solucionar el problema de tu familia”.

En un día, la emisaria hizo todas las visitas y averiguaciones pertinentes y lógicas, entre estas, conocer al hombre enfermo. Al despedirse de la niña, le preguntó si quería algún mensaje para Fidel. Ella, después de dar gracias por todo, soltó al vuelo: “Quisiera que visite mi escuela”.

La satisfacción de aquel pedido parecía poco probable hasta para la mente infantil, pero de un hombre capaz de preocuparse y ocuparse de mitigar la infelicidad de un niño o una niña en particular, cualquier otra sorpresa era posible. A la pequeña le bastaba con la sensibilidad del Comandante. Saber que él había dedicado un momento de su preciado tiempo a leer su carta, y que recibiría sus palabras de agradecimiento, no la envanecía, pero sí lo consideraba un gran privilegio.

Desde ese momento, y por 20 años, el padre adquirió la L-DOPA de forma gratuita, hasta su fallecimiento. Los años dejaron allá lejos aquel pasaje de la vida familiar, pero se le cuenta a los más pequeños a fin de que, a los tantos valores de ese hombre que ha sido Fidel Castro, sumen su gran bondad, y cercanía a los más desvalidos.

La anécdota pudiera ser una de las más sencillas entre las tantas que se cuentan del líder de la Revolución, ahora, cuando se ha ido físicamente, pero brota desde lo más profundo y sincero de aquella niña que nunca lo olvidará.

 

 

Guardar


Bárbara Avendaño

 
Bárbara Avendaño