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Publicado el 3 Agosto, 2017 por Redacción Digital en Salud
 
 

CARDIOCENTRO WILLIAM SOLER

As de corazón

El director, Eugenio Selman y su equipo, hacen que niños con cardiopatías regresen a sus juegos
As de corazón.

Para realizar su misión de salvar vidas, el Cardiocentro William Soler cuenta con tecnologías de punta, como esta máquina de circulación sanguínea extracorpórea, utilizada en el quirófano.

Por DARIEL PRADAS

Fotos: GILBERTO RABASSA

Pocos lo escuchan al cerrar la puerta de su apartamento; siempre ocurre temprano. Así que algunas mañanas solo la ascensorista lo ve con su bata blanca, un maletín de mano y el ceño fruncido.

Llega al trabajo y desliza un torrente de cordialidad: al custodio, a la mujer que limpia, a colegas; pero la jornada recién empieza y este hombre irá sustituyendo ese tono por otro más exigente.

Ya casi se disipa la tarde cuando sus compañeros lo despiden aliviados, aun a sabiendas de que regresará en algún momento de la noche, cejijunto como si tuviera una cicatriz en el rostro: no se puede hacer nada, es la cruz de quien dirige el hospital.

El doctor Eugenio Selman está cerca de cumplir trece años como director del Cardiocentro Pediátrico William Soler, de La Habana, el único de su tipo en el país. Cuando supe que, además, es un cirujano especializado en operar corazones de niños, incluso de neonatos, se me encendió la chispa periodística. Entonces acudieron a mi mente imágenes del serial Anatomía de Grey, de aquellos doctores picarescos y endiosados que con sus pinzas removían las carnes de un paciente y las cortaban con acierto de relojero: éxito y edificante lección para sus peliagudas vidas sentimentales.

El doctor Eugenio Selman confiesa tener muchos sueños por realizar: “No sé si pueda cumplirlos; trato de hacer las cosas en el día a día”, dice.

Por eso hablé con el doctor Selman y le pedí escribir sobre él. Negación rotunda. Parece que no lo sedujo la idea de protagonizar mi propio episodio de Anatomía de Grey, pero rápidamente le precisé mi verdadero interés, el de su labor en el Cardiocentro. Y semejante a la madre que le elogian los rizos de su bebé, aceptó.

Sin percatarme, ya estaba sentado en una sala del hospital con atuendos de quirófano: tela verde por todo el cuerpo, incluso los zapatos y el cabello. Allí reposaba expectante mientras el fotógrafo de BOHEMIA ajustaba el lente de su cámara y un grupo de médicos bromeaba en espera de la “acción”.

No era mi primera vez allí. Días atrás me había invitado Selman y, halado por un imprevisto, me dejó varado en la institución bajo la guía de Griselle Agulleiro, la jefa de cuadros. Rogué a mi “lazarillo” –realmente me cegaban esos pasillos entrecruzados– llevarme a conocer las distintas instalaciones y algunos especialistas.

“Su manía es este hospital: amor y obsesión es lo que tiene… – balbuceaba sobre el director durante el recorrido–, quiere que todo salga perfecto, y yo te digo que si no está arriba de eso, no sería el centro que es actualmente… ese hombre está en todas partes… su único sedante son las operaciones…”.

Sin saber cómo, nos adentramos en la Sala 1-A, de terapia intermedia, a tenor con los términos de la cardiopediatra Dunia Benítez. En este local se reciben, procedentes de todas las provincias, casos diagnosticados con cardiopatías congénitas.

Según Benítez, allí generalmente llegan pacientes mayores de un año –y adultos también–, a quienes mantienen durante la etapa previa a una intervención médica. También existen cubículos destinados a pacientes postquirúrgicos, que concluyen en ese lugar su recuperación después de haberse librado del peligro.

Busqué la salida y con una seña pedí a Griselle continuar el paseo. Antes de irnos, un vistazo perdido me dejó ver a niños en pijamas, despiertos y atormentantes la mayoría, mientras otro, en camilla, era trasladado hacia un gélido salón de operaciones.

Pericardio

La “acción” demoraba; se había atrasado por el laboratorio. Al parecer, especuló el doctor Alexander Gonzales, habría un apagón por allí, pero duraría hasta apenas prendiesen la planta eléctrica.

Gonzales es cirujano cardiovascular y sería el actuante principal de la próxima operación. Le pregunté algunos detalles sobre esta: la paciente (una niña) sufría de una comunicación interauricular (una abertura en el corazón por la que fluye libremente la sangre de la aurícula izquierda a la derecha). Con el tiempo, ese circuito anormal de sangre sobrecargaría la cavidad derecha y en la adultez de la muchacha repercutiría en su corazón y pulmones.

Para colmo, dijo el doctor Alexander, la chica tiene las venas pulmonares derechas conectadas a la aurícula derecha. Una malformación indudablemente, pues lo común es que estén enlazadas con la aurícula izquierda. En fin, agregó relajado, debemos cerrarle esa comunicación y corregir el drenaje de las venas.

Sonaba sencilla, pero esta operación suele durar cuatro horas. Y es “a corazón abierto”, con una máquina de circulación extracorpórea que recibe toda la sangre del paciente, la oxigena y la bombea de vuelta al cuerpo, sustituyendo la función de los pulmones y el músculo vital. De esa forma se mantienen vivos los demás órganos después de cesar las funciones cardíacas, y evita que el corazón tenga sangre mientras Alexander lo abre con su filoso bisturí.

Por difícil que fuera, el índice de éxito de la cirugía para este tipo de cardiopatía es total en el Cardiocentro, mientras todas las operaciones del hospital se apuntan 94 por ciento de supervivencia.

“Supongo que hoy no trabajará solo…”, inquirí al experto. “No, tendremos un equipo grande de enfermeros, especialistas de la máquina extracorpórea, un anestesiólogo y otro cirujano aparte de mí, quien es el director de nuestra institución”.

De inmediato contó que Selman ha formado a todos los actuales cirujanos de cardiopediatría. Son hoy cuatro en el hospital y en Cuba: el propio profesor y los doctores Alfredo Naranjo, jefe de Cirugía; Gilberto Bermúdez y mi interlocutor.

“Selman es un médico consagrado a su profesión y, aunque es director, nunca se ha desvinculado del salón de operaciones. Prácticamente vive en el hospital. Además, es un cirujano brillante”.

Concluida la charla, me senté en una butaca en la sala contigua al quirófano. De pronto recordé la edad de la paciente que pronto sedarían e intubarían en el frío salón de operaciones: siete añitos, apenas dos más que un muchacho que conocí durante mi recorrido por el hospital, días atrás.

El nombre de David Vegas Poble me lo dio su madre Loraine. Llegaron desde Cienfuegos a un hospital de Santa Clara, donde al flacucho párvulo le diagnosticaron el síndrome de la cimitarra, una inusual cardiopatía congénita que consiste en un mal drenaje de las venas pulmonares derechas. Su denominación se debe al húngaro Nicholas A. Halasz, acuñada así en 1956 debido a la forma de espada torcida que semeja la vena pulmonar en las radiografías.

David se recuperaba en el Cardiocentro de una operación dirigida por el doctor Naranjo con la asistencia de Alexander. Su descanso consistía en ver muñes y filmes animados de Rayo McQueen, su ídolo, radiante como él, igual de hiperquinético.

Agradecida, su madre celebraba el trato recibido de todo el personal. Luego me reveló que David había dibujado para Selman un castillo y un tractor a la intemperie. El garaje, señaló con el dedo el niño, era para el tractor, así no se mojaría con la lluvia, como tampoco se calentaría con el sol del verano ni tendría frío en invierno.

“Selman está constantemente al tanto de mi hijo, como de todos los niños del Cardiocentro –explicó Loraine, orgullosa, la razón del dibujo–; además de ser director, él es un magnífico amigo, hermano y papá de todos estos muchachos. Le agradezco la ayuda”.

Sorbía ya mi propio café arrellanado en la butaca, y recordé también las palabras de la doctora Judith Suzarte, de la Sala de recién nacidos y lactantes, semejante a la antes mencionada 1-A por sus funciones, pero orientada a pacientes menores de un año.

La joven clínica me confesó que hay una canción de Silvio que siempre le recuerda a Selman: Menos mal que existen (“…los que no tienen nada que perder /ni siquiera la muerte”).

Porque, manifestó, es difícil lograr que funcione bien el Cardiocentro. “No sé cómo él puede; es necesario tener un empuje, una resistencia, una perseverancia para que las cosas salgan, y menos mal que existen personas como él. A pesar de lo recio que pueda ser. Es que son tiempos donde nadie coge lucha, y él sí la coge”.

Miocardio

As de corazón.

Un equipo médico altamente profesionalizado posee el hospital, que desde su fundación ha realizado más de 9 000 cirugías cardiovasculares.

Los muelles de La Habana semejaban telarañas por las amarras de numerosos buques. Enjambres de estibadores vaciaban a pasodoble las bodegas mientras algunos marineros, resistentes a cualquier oleaje, perdían el equilibrio al pisar tierra después de un largo viaje.

El tráfico imparable de mercancías hacía de la ciudad un emergente pilar del comercio internacional. De ahí que en cada desembarco llegaran multitudes de inmigrantes.

Una pareja de jóvenes libaneses, Hind y Said, descubrió la Isla con los ojos de quien encuentra un nuevo hogar: la I Guerra Mundial les había despojado del suyo en el Oriente Medio. En Cuba trabajaron duro, tuvieron hijos y luego llegaron los nietos, entre estos últimos Eugenio Selman-Housein Sosa, en octubre de 1957.

El adolescente Eugenio atendió vehemente sus clases de biología, con peculiar interés por la genética; tal vez sospechaba que estaba destinado a estudiar medicina. Después de todo, su padre Eugenio Selman-Housein Abdo era un cirujano excepcional, médico del Hospital Universitario General Calixto García durante seis décadas y fundador del Club de los 120 años, un proyecto asociado con la medicina geriátrica. Asimismo, su madre Lina Esther y su abuela materna Amparo Emilia ejercieron la enfermería, además de tener un tío farmacéutico, Epifanio, también su padrino.

Sin sorpresa alguna Selman entró en el Calixto a estudiar el oficio de centinela de la salud. Dice que por entonces, haciendo prácticas en el Hospital Pediátrico de Centro Habana, tuvo su primer contacto con infantes enfermos. Y qué experiencia, pues coincidió su pasantía con el fortísimo brote de dengue de 1981.

La vida lo iba empujando hacia el quirófano, en gran medida, cree él, por las lecciones de cirugía experimental recibidas de su profesor Pedro Rodríguez Sotelo. Pero a esa edad, en verdad, todavía no se imaginaba hurgando corazones rotos.

Tras graduarse, marchó a las zonas rurales de Mayarí, provincia de Holguín, para hacer el servicio social con roles de médico general y de cirujano. Mas, cuando regresó al Calixto para cumplir su residencia en Cirugía General, todo cambió para él: En el invierno de 1984 le otorgaron una beca por concurso en el Hospital Pediátrico Sainte Justine, de la Universidad de Montreal, en Canadá, para especializarse en Cirugía Cardiovascular y Torácica

Luego de dos años corrigiendo venas quebequenses y ganado ya su diploma, regresó a Cuba para ser pionero, con colegas del Hospital Pediátrico William Soler y del Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular, del proyecto del Cardiocentro Pediátrico William Soler, inaugurado por Fidel el 26 de agosto de 1986 y que visitara en 44 ocasiones el líder histórico de la Revolución.

Han transcurrido décadas y han sido muchos los mentores que convirtieron a Selman en el experimentado médico que es hoy; entre ellos destacan los doctores Ibrahim Rodríguez Cabrales, Guillermo Hernández Amador, Felipe Cárdenas González y el primer director del Cardiocentro, el doctor Ramón Casanova Arzola.

As de corazón.

El índice de éxito de las cirugías en el Cardiocentro William Soler es de 94 por ciento. En la foto, los doctores Eugenio Selman (izq) y Alexander Gonzales.

Luego de cinco años como jefe de Cirugía, ascendió Selman al puesto de director en 2005, una tarea que jamás imaginó sería tan enmarañada debido a las dificultades existentes para lograr que el hospital corra sobre rieles: la crisis económica, el bloqueo –que es real, recuerda–, y “la pérdida de un número de profesionales que, debido a la inmoral política estadounidense, abandonan el país cuando están en el momento óptimo para brindar su mayor aporte”. “Eso exige el extra, en situación a veces inesperadas”, revela.

Ese “extra” aparece en detrimento de sus funciones como médico-cirujano, de su vocación científica y docente, incluso de su vida íntima. Selman suele admitir que todavía tiene muchos sueños en mente: “No sé si pueda cumplirlos; trato de hacer las cosas en el ‘día a día’. Un poco del futuro es el resultado de ese ‘día a día’”.

Mientras recordaba sus confesiones, concluía mi café en la antesala del quirófano. De pronto, inquieto como el conejo de Alicia, un médico cubierto de verde salió de la nada y con un gesto me indicó seguirle. Me embridé el nasobuco como me habían enseñado y nervioso obedecí. El hombre empujó la puerta del salón y, antes de penetrar, se volteó. Entonces pude reconocerle.

“Vamos a operar”, fue el ucase de Selman.

Endocardio

Cierta vez escuché a una muchacha enamorada decir que era capaz de ofrecer su corazón al desnudo, pero nunca me dibujé esa imagen hasta que vi el de Katy (no es su nombre real), la niña de siete años que sufría de una nociva comunicación interauricular.

Un enorme separador metálico evitaba que se uniera su piel al pecho, mientras una artillería de pinzas movía válvulas, venas, vasos… El fotógrafo y yo intercambiamos miradas absortas. Mi epidermis se erizó y no por el aire acondicionado, pues la temperatura allí no superaba en grados a la sala previa.

Para que no interfiriéramos en la operación, la enfermera Mayté Alfaro nos indicó por dónde no pasar. Sobre unas mesas cercanas a los cirujanos, tijeras, cuchillas y otros instrumentos esterilizados reflejaban las luces de las lámparas en su pulido acero. Ni pensar en tocarlos, dulcemente regañó. Pero la verdad es que gozamos, para beneplácito del fotógrafo, de libertad de movimiento.

La máquina extracorpórea se imponía a un lado de la mesa de operaciones. Una pequeña pantalla nos acercaba la visión del órgano rey, flexible ante los pálpitos que lo reventarían si en vez de músculo fuera de piedra, como en las leyendas de gigantes.

Me gusta suponer la anatomía como el sistema hidráulico de Aguas de La Habana, con venas y arterias como conductos subterráneos. Aun así, me es embarazoso describir el ensamblaje de las tuberías del cuerpo de la niña con las de la máquina extracorpórea mediante una especie de “niple”; tal lo concebiría un ingeniero.

Pero los humanos no podemos detener el flujo de sangre a voluntad y las fugas suceden inevitablemente. Suerte que Selman y Alexander conocen bien su propio campo, como mismo el mejor ingeniero de Aguas de La Habana sabe de hidráulica.

Comenzó la máquina sus funciones de bombeo y oxigenación y el infante corazón se fue secando y empalideciendo; cesaron las palpitaciones y rápidamente el doctor Alexander, con su escalpelo número 21, escindió impasible y firme al órgano.

As de corazón.

El Cardiocentro Pediátrico William Soler fue inaugurado por Fidel el 26 de agosto de 1986 para atender a niños aquejados de cardiopatías, procedentes de todo el país.

Selman reordenaba con pinzas la carne en los ángulos requeridos. En el salón solo se oía pedir el instrumental a las enfermeras o datos al anestesiólogo; a veces negociaban los dos cirujanos sobre dónde y cómo cortar. Desde ese día me resultan absurdas las operaciones en Anatomía de Grey, donde nadie para de chismorrear.

Pronto las tres capas del músculo-bomba perdieron su acoplada forma, desde la más externa (pericardio) hasta la más profunda (endocardio). Las pinzas hurgaron en la aurícula derecha y Selman reconoció la abertura causante del mal; Alexander agarró un carnoso parche y, entre ambos, lo cosieron sobre el orificio.

Los expertos comenzaron entonces a corregir el drenaje de las venas pulmonares, el otro padecimiento de Katy. Me acerqué a la ventana y mientras observaba la avenida 100, atestada de carros y transeúntes, pensé que sin la ayuda del Cardiocentro, la niña, a esa hora un rostro sin cuerpo, habría nacido sin derecho a envejecer.

Cuatro horas en el quirófano transcurrieron veloces. Alexander, hábil como un sastre, devolvió las tres capas a su forma original.

Desconectado del aparato salvador y devueltas sus funciones, el corazón latía por sí solo. De la operación quedaban solo hilos de sutura y la seguridad de que Katy estaba curada: Afortunadamente, este tipo de patologías suele solucionarse de una vez.

El director se veía apacible. Tenía razón la jefa de cuadros: las operaciones lo sedan. Luego se fue a casa y seguramente regresó esa noche, en una extenuante rutina que solo alimenta su espíritu.


Redacción Digital

 
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