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Publicado el 12 Mayo, 2019 por Irene Izquierdo en Salud
 
 

Doña Vivian de lo posible

“Siempre he ejercido mi profesión con mucho amor y trato de solucionar los problemas para que el paciente sienta en realidad el alivio que busca. Me coloco en su lugar y me sensibilizo con su problema. Siempre que pensemos así –como es nuestro deber- podemos ser buenos profesionales”, asegura

Doña Vivian de lo posible.Por IRENE IZQUIERDO

Fotos: YASSET LLERENA

Con ella casi todo es posible, especialmente, sentirse muy aliviado después de ser atendido en el Cuerpo de Guardia del policlínico Plaza. Su rostro denota la confianza que una corrobora desde que intercambia las primeras palabras, y se las arregla –no sé de qué manera- para ganar esa confianza que el médico precisa, en aras de atender adecuadamente a su paciente. Entonces ya la ves como a alguien que conoces desde hace mucho tiempo.

Junto al doctor Llanos analiza los resultados de una prueba indicada a una paciente.

Vivian Pérez Caballero, o la doctora Vivian, como le dicen todos, no dejará de repetir que estudiar Medicina fue “mi decisión más importante”, aunque no niega que siempre pensó ser policía de tráfico, pero en el preuniversitario, cuando las dudas anduvieron de ronda, fue su papá, Jorge Pérez Sanpedro, quien la indujo a tomar la decisión por ser esta “una profesión que se aviene a tu carácter, a tu forma de ser y de actuar”.

Asegura: “Siempre he ejercido mi profesión con mucho amor y trato de solucionar los problemas para que el paciente sienta en realidad el alivio que busca. Me coloco en su lugar y me sensibilizo con su problema. Siempre que pensemos así –como es nuestro deber- podemos ser buenos profesionales”.

-¿Cómo transcurrieron tus años de carrera?

-Los dos primeros, en el Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón. Tercero, cuarto y quinto, en el Hospital Clínico Quirúrgico Docente Comandante Manuel Fajardo. El Internado lo hice en Cabaiguán, provincia de Sancti Spíritus. Siempre fui una buena estudiante.

Doña Vivian de lo posible.

Cuando lo ocasión lo precisa, siempre es importante consultar la opinión de otro colega.

“Me gradué en 1987 y cuatro años después terminé la especialidad  de Médico General Integral (MGI), Policlínico Universitario Héroes de Girón, en el municipio  de Cerro. Es una idea de Fidel que logra que el médico que está más cerca de la familia en la comunidad esté en condiciones de atender a todo tipo de paciente, sin que tenga que ir al policlínico, si no es preciso.

-Decías que tu papá te compulsó a decidirte por la Medicina. ¿Cómo eran las relaciones tu papá?

-Muy buenas. Ya no está entre nosotros, pero siempre fue muy bueno con sus hijos, un gran padre.

¿Y con Sonia, tu mamá?

-¡También! Ha sido un verdadero sostén, tanto, que en las cinco misiones que he cumplido ha sido fundamental. Sin su ayuda con mis hijos, hubiera sido imposible. Mi papá estuvo ahí hasta que regresé de Venezuela, que fue la primera. Por eso mi reconocimiento a ella – y a su esposo actual, Ernesto Fariñas  Vera- no va solo por el Día de las Madres, sino siempre. Tuve a mi primer hijo,  Jorge Ernesto, en 1988 –luego vino Humbertico-, y siempre ha sido incondicional en su apoyo a la crianza y educación de los muchachos.

Coméntame acerca de tus misiones

Una paciente sometida a tratamiento de urgencia, es atendida por la enfermera Bermis La Rosa Piñol, y la doctora le da seguimiento.

-Son cinco. La primera fue Venezuela, entre 2003 y 2005; la segunda, Honduras (2006-2007); la tercera, China (2007-2008), la cuarta, Nicaragua (2009-2011) y por último Más Médicos, Brasil (2013-2016). Todas ellas transcurrieron cuando era trabajadora en el policlínico 19 de Abril, en el municipio de Plaza de la Revolución.

“Mi regreso de Brasil se produjo antes del tiempo previsto, por la salud de mi mamá, que ahora precisa de todas mis atenciones. Ya no es lo mismo que antes, han pasado muchos años y no tiene ni la misma energía, ni las mismas condiciones físicas de antes.

-¿Qué experiencias te aportaron?

-Venezuela, por ser la primera. Era un contraste muy fuerte ver a tantas personas pobres y otros ricos, lo cual me impactó. Había enfermedades que aquí nunca había visto, y eso demandaba un gran esfuerzo en la atención a los pacientes. Extrañaba mucho a la familia; era otro país y otras costumbres. Trabajé en la Misión Barrio Adentro.

“A Honduras salí como parte del equipo de la Misión Milagro. Fue diferente: otros compañeros de trabajo, una manera distinta de desempeñarme. Estaba en Nuevo Paraíso, una zona rural próxima a Tegucigalpa. Era la primera misión de este tipo que llegaba a Honduras. Apreciábamos mucho apoyo de la población, los profesionales y las autoridades, pero también teníamos a personas en contra de la presencia de los cubanos allí.

La paciente ya había recibido atención, pero le interesaron otros detalles, que la doctora le explica, para su tranquilidad.

“En ese tiempo recibí la noticia del fallecimiento de mi papá y, aunque pude venir a Cuba, me fue imposible estar en el funeral. Por esa parte tengo un recuerdo muy triste.

“Después viajé a China, interrumpí mi misión allá en Centroamérica, para ir a Asia, también como parte de la Misión Milagro. Inolvidable experiencia, por su cultura milenaria. Pese a estar tan distante de Cuba, me sentí muy bien.

“Más adelante, Nicaragua, también como misión Milagro. Aprendí bastante, por la diversidad de labores que realizaba, menos la de cirugía, casi todas las demás. Se trabajaba los siete días de la semana. De lunes a viernes, en el hospital, y sábados y domingos, el pesquisaje en las comunidades. Recorrí  y trabajé mucho,  lo cual me ayudó a conocer diversos lugares. Una gran experiencia y fabulosos compañeros.

“A Brasil fui como MGI. Trate de aprender portugués lo más que pude, porque al inicio tuvimos la barrera del idioma, pero la rebasamos. En mucho más de dos años, tratando cotidianamente con las personas, siempre se aprende.

“De manera general me gustaron todos los países que visité. Y en todos aprendí, lo que es muy importante para el trabajo. Pero siento un afecto muy especial por Nicaragua. China… ¡es China!, y Brasil, muy diverso”.

-Has estado aproximadamente unos 10 años separada de la familia. ¿Cómo compensas todo ese tiempo de ausencia?

Doña Vivian de lo posible.

De izquierda a derecha, la doctora Vivian, con sus colegas Jorge Llanos Lima y Maité Gómez Marrero.

-El tiempo pasado (aquí no puede contener el llanto, y trata de explicar…), es que me pongo sentimental; fueron etapas de mis hijos que no vi, sobre todo demás pequeño. Estar lejos de la familia es lo más complicado de las misiones. A veces me pongo a recordar cosas de ellos que no viví y me hubiera gustado haber estado ahí. Lo que te reconforta es saber que has tratado de dar lo mejor de ti por el bien de los más. Y una cosa que una aprende es que hay otras realidades cuya magnitud nos rebasa, porque son increíbles, y aquí no tenemos esas realidades, especialmente, con los niños. Es estremecedor saber que muchos mueren de enfermedades curables. Entonces entender que podemos salvarlos es una gran recompensa.

“Y para que tengas una idea, fueron mis hijos los que más apoyo me dieron en las últimas misiones. Ya estaban más grandes y sabían. Yo se los agradezco mucho. Y mi mamá, como un general, al frente del campamento, con la ayuda incondicional de Ernesto, su esposo, como te comenté antes”.

-¿Cómo ves y valoras estas etapas de tu vida?

-Para mí es un orgullo haber dado ese aporte a Cuba, en uno de los sectores emblemáticos, no solo como un servicio, sino como una humana manifestación de solidaridad.

Terminamos la conversación que sostuvimos en el justo en el área donde se desempeña: Urgencias del Policlínico Plaza, adonde llegan pacientes con las más diversas afecciones, desde una crisis de hipertensión, hasta un accidente. Allí, junto a sus compañeros la dejamos, haciendo todo lo posible por una adecuada atención, a quienes llegan en busca de un alivio a su dolor.


Irene Izquierdo

 
Irene Izquierdo