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Publicado el 22 Octubre, 2019 por Marieta Cabrera en Salud
 
 

VACUNACIÓN: cobertura total

Luego de la primera campaña de inmunización en Cuba hace medio siglo, el programa emprendido adquirió talla extra. Hoy, el que incluye las vacunas contra el cáncer se considera uno de los más amplios del mundo
VACUNACIÓN: cobertura total.

El desarrollo de la industria biotecnológica cubana ha sido esencial en los éxitos de la Isla en este campo. (ARCHIVO BOHEMIA).

Por MARIETA CABRERA

Aquel día de finales de la década de los 70, el doctor Eric Martínez había atendido a varios pacientes en su consulta del policlínico capitalino Julián Grimau, en la calzada de Diez de Octubre, cuando llegó un abuelo con su nieto. El muchacho tenía fiebre y el médico comenzó a examinarlo cuidadosamente, a la vez que interrogaba a ambos en busca de algún indicio de la enfermedad meningocócica, la cual comenzaba a tomar auge en el país.

De cada prueba que le realizó al niño durante el reconocimiento médico y de sus impresiones, el entonces residente de Pediatría dejó constancia escrita en la historia clínica. Nada indicaba que el paciente estuviera incubando la terrible dolencia, sin embargo esa noche era ingresado con urgencia en un hospital capitalino.

Desconcertado, el abuelo tocó a la puerta de la dirección del policlínico al día siguiente: no tenía quejas del médico, quien lo había atendido correctamente. Incluso, cuando el prestigioso doctor Mario Escalona, quien fuera por esa época el director del centro, le preguntó si su colega le había levantado los pies al muchacho, entre otros procedimientos de rigor, el hombre afirmó que sí.

El familiar solo quería saber si era verdad que una persona con aquel padecimiento, conocido popularmente como la “fiebre del caballo”, podía no hallarse grave a las cinco de la tarde y estar muriéndose a las 12 de la noche. “Así es la enfermedad meningocócica”, le respondió el profesor Escalona, sin el auxilio de otro mejor consuelo.

Afortunadamente, el niño se curó. El episodio pudo haber sido para el hoy Doctor en Ciencias Eric Martínez, investigador del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kouri, una vivencia más entre tantas, sin embargo, suele relatarlo a sus alumnos para mostrarles la importancia de escribir cada detalle luego de examinar al paciente, y las trampas de un mal que los mantuvo 10 años en vilo.

Para quien en 1979 se estrenó como subdirector del Hospital Pediátrico William Soler, donde laboró durante 17 años, el enfrentamiento a esta epidemia se convirtió en una pelea de todos los días. Cuenta el profesor que desde esos años comenzaron a aumentar los enfermos, relacionados sobre todo con los serogrupos C (el de mayor porcentaje) y B. Esto hizo que el Estado cubano adquiriera la vacuna francesa disponible en el mercado que protegía contra los serogrupos A y C, con la cual se inmunizó, en 1979, a la población comprendida entre tres meses y 19 años de edad.

La cobertura alcanzada en esa campaña permitió reducir notablemente los casos relacionados con el meningococo C, pero el mal siguió en ascenso a expensas del serogrupo B que aprovechó el nicho dejado por su rival y se tornó predominante. “Teníamos que ser más rigurosos aun en el examen físico y en el interrogatorio al paciente y a la familia. Había que pensar siempre en la enfermedad y confirmarla en el laboratorio; se desarrollaron pruebas con vistas a lograr un diagnóstico rápido y no tener que esperar por el cultivo de la bacteria”, rememora el pediatra.

VACUNACIÓN: cobertura total.

El Programa Nacional de Inmunización en Cuba administra 11 vacunas que protegen contra 13 enfermedades (ARCHIVO BOHEMIA).

En poco tiempo la enfermedad se extendió prácticamente a todas las provincias, con un elevado número de pacientes y alta letalidad. A la sazón ya se había creado en La Habana la Comisión de Síndromes Neurológicos Infecciosos, de la cual formaba parte el doctor Eric, y que se transformó de inmediato en la Comisión de Meningococo, con un alcance nacional.

“Los clínicos, microbiólogos y epidemiólogos que integrábamos este grupo visitábamos los hospitales a toda hora. A veces nos avisaban por la noche de casos graves e íbamos a verlos. También recorríamos las provincias para orientar al personal de la salud acerca de los síntomas de la enfermedad, entre otros aspectos, en aras de poder detectarla lo más temprano posible e indicar un tratamiento efectivo”, refiere el especialista.

Mientras los médicos lidiaban con aquella pesadilla, calificada en 1980 como el principal problema de salud en la Isla, un equipo de científicos aceptaba el desafío que le hiciera, en 1983, el Gobierno cubano: obtener una vacuna eficaz contra el meningococo del serogrupo B.

En una casita, cimiento del actual Instituto Finlay, comenzó a laborar con cierto halo de misterio el colectivo de investigadores y técnicos, liderados por la doctora Concepción Campa. A las reuniones de trabajo asistió regularmente el doctor Eric, como miembro de la mencionada Comisión. “Desde el principio me sor-prendió la osadía de aquel grupo de especialistas. Me preguntaba: si los norteamericanos y los europeos no han dado con esa vacuna, ¿será posible que Cuba la logre?”, confiesa el médico y recuerda las visitas de Fidel al improvisado laboratorio para seguir de cerca el sueño que se gestaba.

Pocos años después, en 1987, el galeno cubano tendría ante sus ojos la respuesta a su interrogante. En tiempo récord para un pro-ducto totalmente novedoso, el equipo de científicos de la Isla desarrolló y logró la vacuna antimeningocócica tipo B, única en el mundo. A esta se le incorporó el componente polisacarídico C, y quedó registrada con el nombre comercial de VA-MENGOC-BC.

Al evocar el suceso, la doctora Concepción Campa revelaría años después el riesgo que significó para ella y sus colegas la obtención de aquel producto. Como no sabían si se habían convertido en portadores asintomáticos de la enfermedad, se propusieron no besar a sus hijos para evitar contagiarlos. “Así tuvimos que pasar años sin relacionarnos con ellos a través de las caricias. Pero ese sacrificio no se podía comparar con el dolor de las madres que estaban perdiendo a sus hijos por ese mal”.

Luego de una campaña de vacunación masiva realizada en los años 1989 y 1990, destinada a la población de alto riesgo, el preparado fue incluido en el Programa Nacional de Inmunización con el objetivo de proteger a los niños nacidos posteriormente y evitar el resurgimiento de nuevos brotes epidémicos. Hoy, la meningitis meningocócica de los grupos B y C es una de las ocho dolencias infecciosas que no constituyen problemas de salud en Cuba al tener una incidencia de 0,1 por cada cien mil habitantes.

Pero este es apenas el esbozo de uno de los capítulos de la historia que empezó con el “caramelito” contra la poliomielitis hace 50 años y actualmente cuenta con 10 vacunas (ocho de sus antígenos son de producción nacional) que protegen a los niños cubanos contra 13 enfermedades.

Una esperanza tras otra

VACUNACIÓN: cobertura total.

Con la administración del caramelo-vacuna durante la primera campaña fueron protegidos más de dos millones de niños y adolescentes menores de 15 años. (ARCHIVO BOHEMIA).

En el patio de lo que fuera la Compañía Lechera, ubicada en la Habana Vieja, los carros refrigerados entraban y salían en su ajetreo diario. Corría febrero de 1962 y como cada mañana, bien temprano, los habaneros veían rodar por las calles los inconfundibles camiones amarillos con una lista negra, pero pocos conocían que no transportaban su carga habitual, sino vacunas.

Rolando Muñiz González sí lo sabía. En esa época, dice, trabajaba como asesor de producción en la Dirección Provincial de la Industria Láctea y estaba al tanto de lo que ocurría en las plantas del territorio occidental. “Las vacunas se guardaron en las neveras de la planta La Lechera desde donde eran trasladadas, bajo el cuidado del personal sanitario, hacia diferentes sitios de la ciudad”.

Con la administración del caramelo-vacuna durante la primera campaña fueron protegidos más de dos millones de niños y adolescentes menores de 15 años. La primera campaña de inmunización contra la poliomielitis estaba en marcha. El cargamento venia por avión desde la entonces Unión Soviética, y contenía la vacuna oral de virus vivo atenuado, presentada en forma de caramelo. Junto al fármaco llegó también la ayuda técnica del doctor Karen Sacek y de los Laboratorios de Virología del Instituto de Epidemiología y Microbiología de Praga, de la antigua Checoslovaquia, donde se realizaron los primeros estudios serológicos para medir el nivel de protección que ofrecía el preparado.

Más de dos millones de niños y adolescentes menores de 15 años fueron vacunados, para una cobertura del 87,5 por ciento, según se afirma en el libro Vacunas Cuba 1959-2008, una compilación de textos a cargo del doctor Francisco Rojas Ochoa.

El doctor Cosme Ordóñez, jefe de esa operación inicial, guarda en su memoria las experiencias de aquellas jornadas en las que colaboraron cien mil voluntarios de los Comités de Defensa de la Revolución, la Federación de Mujeres Cubanas y la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).

En más de una ocasión ha relatado que la dosis de la vacuna, de un millón TCD-50, empezaba a disminuir su actividad cuando el producto estaba determinado tiempo fuera de refrigeración, por lo que llevarlo a las zonas rurales fue una hazaña. “Los activistas de la ANAP subieron en mulos aquel caramelo hasta las lomas, ante las dificultades que teníamos con los medios de transporte y el mal estado de los caminos. A veces demoraban más de un día en el trayecto, pero siempre la vacuna llegó con la dosis requerida”.

Luego de la exitosa arrancada, que eliminó la poliomielitis en el propio 1962, se organizó una campaña tras otra. Según ha dicho el doctor Miguel Ángel Galindo, quien fue durante años jefe del Pro-grama Nacional de Inmunización y hoy funge como su asesor, a finales de los 60, en coordinación con el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), tuvo lugar una ofensiva contra la difteria, el tétanos, la tos ferina, la viruela y la tuberculosis, para proteger a los niños menores de 15 años de zonas rurales.

“En esta contienda, llegado 1971, se añadió la prevención contra el sarampión en grupos más vulnerables. Luego, entre 1974 y 1975, ocurrieron dos grandes campañas contra el tétanos que incluyeron a alrededor de 800 mil mujeres, pues en recién nacidos ya se había eliminado la enfermedad en 1972 mediante la vacunación de las embarazadas. Durante esta década aumentaron las coberturas de inmunización en alrededor de un 70 por ciento”, refirió el epidemiólogo.

VACUNACIÓN: cobertura total.

El día de la vacunación: una cita que los padres priorizan. (ARCHIVO BOHEMIA).

Padecimientos como la rubéola, la parotiditis y el Síndrome Rubéola Congénito fueron paulatinamente eliminados del grupo de enfermedades inmunoprevenibles existentes en Cuba. Mientras que otra como la Hepatitis B, dejó de ser un problema de salud en los primeros años de este siglo gracias a una vacuna cubana: Heberbiovac HB. Fruto del talento de investigadores del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB), este antígeno vio la luz poco tiempo después de inaugurada esa institución en 1986, y fue incluido en el Programa Nacional de Inmunización desde 1992.

La prometedora industria biotecnológica cubana daba los prime-ros pasos para alzar vuelo en los años 90, luego del nacimiento de varias instituciones científicas bien equipadas que integraron el Polo Científico del Oeste, con una estrategia organizativa que concibe el proceso a ciclo completo: investigación, desarrollo, producción y comercialización de los productos.

Pensar en grande

Loreta Rodríguez estuvo entre las primeras en llegar una mañana de febrero último al policlínico Vedado, de Plaza de la Revolución, con sus jimaguas arrellanados en un coche biplaza para vacunarlos. Tras ella, un desfile de madres y padres con sus bebés anunciaba un largo concierto de llantos infantiles.

A pesar de la “buena mano” de que se vanagloria la enfermera Lázara Royero, los gritos del pequeño Rafael luego de inyectarlo provocaron en su papá una punzada mucho más fuerte que si hubiera sido, literalmente, en carne propia. “La madre y yo acudimos puntualmente aquí cuando al niño le corresponde alguna vacuna porque es la garantía de que crezca saludable”, asegura.

Por esa tranquilidad que manifiesta el padre investigó sin descanso el equipo del Centro de Antígenos Sintéticos de la Universidad de La Habana, dirigido por el doctor Vicente Verez, que en 2004 logró la vacuna contra el Haemophilus influenzae tipo b (Hib). Esta bacteria constituye en el mundo la primera causa de enfermedades invasivas en el niño, sobre todo en menores de cinco años, como la neumonía, meningitis, sepsis y artritis reumatoide.

Luego de los 14 años que les tomó obtener la primera vacuna sintética de uso humano -en colaboración con la Universidad de Otawa, Canadá-, la efectividad demostrada por el producto duran-te los ensayos clínicos fue tal que a la par de estos empezó a edificarse en La Habana la planta que produciría las dosis necesarias para los niños cubanos.

La cantidad de pinchazos salvadores a los más pequeños se reduciría unos años después con el desarrollo de vacunas combina-das como la pentavalente (Heberpenta), que pasó a formar parte del programa nacional en 2006 y los inmuniza de una vez contra la difteria, la tos ferina, el tétanos, la Hepatitis B y la meningitis causa-da por Haemophilus influenzae tipo b.

Dayron Ruiz, de ocho meses, ha sido beneficiado con igual cantidad de vacunas que su hermana Rocío cuando tenía la misma edad, pero él ha recibido menos inyecciones. Si hasta febrero de 2005, antes de introducir los nuevos antígenos combinados, en los primeros 18 meses de vida a los niños cubanos los vacunaban 11 veces para inmunizarlos contra cinco graves enfermedades, en 2009 el total de inyecciones se redujo a cinco, lo que disminuyó también los costos asociados al transporte del material inmunizan-te, al almacenamiento y a la cadena de frío.

El macroproyecto para el desarrollo de vacunas combinadas, como tantos otros, se nutre de la integración entre las instituciones científicas cubanas, y la conexión de estas con el Ministerio de Salud Pública. Este sello distingue también las ideas que se generan hoy en los laboratorios relacionadas con las vacunas contra el dengue, la Hepatitis C, el sida y el cólera, esta última de vital importancia para naciones más pobres.

VACUNACIÓN: cobertura total.

Vacunas combinadas como la pentavalente (Heberpenta) reducen los pinchazos y continúan garantizando la protección contra enfermedades como la difteria, la tos ferina, el tétanos, la Hepatitis B y la meningitis causada por Haemophilus influenzae tipo b. (ARCHIVO BOHEMIA).

Contrario a los intereses de las transnacionales farmacéuticas, que tienden a reducir la fabricación de tales productos, “la industria biotecnológica cubana continúa dedicando más de la mitad de sus recursos a la prevención de enfermedades por medio de la gene-ración de vacunas”, asegura el doctor en Ciencias Agustín Lage, director del Centro de Inmunología Molecular (CIM), en un artículo publicado en la mencionada obra.

Junto a la obtención de nuevos preparados profilácticos, los científicos cubanos vislumbran un futuro promisorio en el uso de vacunas terapéuticas para curar a enfermos crónicos de Hepatitis C o de cáncer. El prestigio mundial de que gozan los productos biofarmacéuticos nacionales, como el anticuerpo monoclonal Nimotuzumab para el tratamiento de tumores de cabeza y cuello en estadios avanzados, confirma el puesto de vanguardia que ocupan los investigadores del patio en el desarrollo e introducción de nuevas tecnologías en el campo de la Biotecnología y la industria farmacéutica, con un peso notable en las exportaciones del país.

Por si pareciera poco, actualmente “el programa cubano de va-cunas contra el cáncer es el más amplio fuera de los Estados Unidos”, afirma el director del CIM. La simiente regada con el cono-cimiento durante este medio siglo ha dado frutos suficientes que invitan a los científicos de esta Isla a no perder esa ventaja y seguir pensando en grande.

*Fuente: Libro Vacunas Cuba 1959-2008 (Compilación de textos a cargo del Doctor Francisco Rojas Ochoa).

(Reportaje publicado en BOHEMIA el 23 de marzo de 2012).

 


Marieta Cabrera

 
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