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Publicado el 11 Febrero, 2021 por Lys Alfonso Bergantiño en Salud
 
 

De bacterias, virus y otros males

¿Hasta qué punto la indolencia de algunos empaña el nombre de tanta gente que sí lo está haciendo bien?
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médico en laboratorio

Imagen ilustrativa

Hace un mes que padezco de una bacteria (Escherichia Coli) en las vías urinarias, y quienes conocen de medicina, saben que es bien dura de matar. Las consultas fueron virtuales, en la medida de lo posible, para no exponerme a la Covid-19, pero al continuar con los síntomas, tuve que ir al hospital. No son tiempos para enfermarse, pero a veces mi sistema inmunológico se afloja en circunstancias inoportunas.

En el Hospital Universitario “General Calixto García”, en el Vedado capitalino, reciben a casos urgentes en el cuerpo de guardia, porque las consultas habituales están reducidas a causa del escenario epidemiológico. Una cola, para no variar, se amontonaba a las afueras de la institución. Podría haber ido cualquier otro día de la semana pasada y quizás el sol me hubiese calentado los huesos, pero hoy ya estaba ardiente como en pleno verano.

La señora encargada del acceso al hospital iba pasando de uno en uno según la consulta iba desocupándose, ya que el lugar debía permanecer lo más despejado de personal posible. Después de hora y media de pie, al sol, débil y viendo llegar a pacientes quejándose de terribles dolencias, calculé que podía resistir unas dos horas más en aquella situación. Me pareció mejor idea continuar al aire libre que en el tumulto de personas. Sin embargo, a la señora encargada del acceso al hospital no le pareció igual, y cuando llevaba un rato en aquella (des)organización, espetó un: “ay, qué va, no estoy pa’ eso, entren todos y arréglenselas como puedan”. Entonces la turba se desperdigó y los que estaban para colarse vieron los cielos abiertos, y la Covid, afilándose los dientes.

Ya en la sala, traté de mantenerme alejada de los demás pacientes, aunque los que han estado en esta institución médica saben que las consultas de las especialidades están en un mismo salón, cuestión que dificulta un mínimo de distanciamiento. Siempre hay alguien que recuerda en voz alta que estamos en tiempos excepcionales y que hay que autocuidarse para cuidar al otro y solo en ese instante las personas, por conciencia, o por pena, se separaban.

Llevaba tres horas allí, y en el momento en que tocaba mi turno, siempre venía uno más grave que yo y lo dejaba pasar, cosa que dio pie a que se quisieran colar otros que llegaron después, apadrinados por trabajadores del centro, el que tiene padrino… ¿que se bautice? La injusticia colmó mi paciencia.

Cuando al fin entré a la consulta de Urología, me atendió un doctor, que me pareció que era de un país de habla portuguesa. Cabe decir que llegué allí con los resultados de mis análisis en mano para no perder tiempo, pero necesitaba la atención de un especialista para coordinar la frecuencia del medicamento.

El doctor, sin tomar ni uno de mis datos, me dice que él no sabía de eso, que viera a otro médico. “¿Pero usted no es urólogo? ¿a quién voy a ver entonces? ¡Asesóreme, al menos!” “No te puedo decir”, fue todo lo que oí de este señor y salí con tal decepción e impotencia mayores que mis malestares.

Me hubiese gustado estudiar Medicina. Y en estos tiempos en que nuestros galenos y científicos están librando una batalla gigantesca, no puedo sentir más que agradecimiento cada vez que veo sus historias. Aunque quizás no se les otorgue, los médicos de esta Isla ya tienen el Nobel de la Paz a ojos de cada persona que le debe la vida a la salud pública cubana. Eso no se puede esconder, al contrario. No obstante, también me toca como periodista señalar los males que pueden dañar el ejercicio de una actividad tan sensible para la ciudadanía.

Pienso en los que estábamos ahí en la consulta del Calixto hoy y pudieron sentirse maltratados y desprotegidos, como yo en algún momento ¿Hasta qué punto la indolencia de algunos empaña el nombre de tanta gente que sí lo está haciendo bien? Hay cosas que no se deben esconder.

De regreso a casa, después de la catarsis, recordé a la Soberana, a los niños, las embarazadas y los ancianos cuyas vidas no corrieron — ni corren — peligro gracias a nuestro personal de salud, y pienso también en la buena noticia del primer lote de 150 mil dosis de la vacuna que ya está listo gracias al esfuerzo y desvelo de muchos… Y me alivié un poco el alma, pero no el cuerpo.

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Lys Alfonso Bergantiño

 
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