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Publicado el 11 Marzo, 2021 por Marieta Cabrera en Salud
 
 

 Cuando la tensión llegó a la zona roja (+video)

Por MARIETA CABRERA

Doctora Odalys Marrero

Los tratamientos actuales han demostrado su eficacia al evitar que el paciente progrese a formas graves de la enfermedad, afirma la doctora Odalys Marrero. (Foto: ANARAY LORENZO)

El 10 de marzo de 2020 la doctora Odalys Marrero Martínez, especialista en primer grado en Terapia Intensiva, estaba de guardia en la sala alistada en el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK) para recibir los casos sospechosos de covid-19 que llegaran a Cuba. Ella y el resto del equipo que trabajaba ese día habían sido alertados acerca de cuatro turistas italianos que se hallaban en la ciudad de Trinidad, en el centro de la Isla, y serían trasladados para el IPK debido a la presencia de posibles síntomas del nuevo coronavirus al menos en uno de ellos.

“Los recibimos alrededor de las 11 de la noche. Eran dos mujeres y dos hombres que habían arribado a Cuba procedentes de Lombardía, región de Italia con una transmisión importante de la enfermedad”, relata a BOHEMIA la especialista. “El único con síntomas era uno de los hombres, quien tenía tos, aunque decía que solo se había resfriado un poco en el aeropuerto.

“Al día siguiente, cuando llegué a la casa -aún no estábamos en régimen de aislamiento en el hospital como ocurrió después- le comenté a mi esposo que ese paciente podía ser positivo al virus. A pesar de que yo había adoptado las medidas para protegerme, le dije que lo mejor era evitar cualquier roce con él y el resto de la familia. Y así lo hice”, recuerda la doctora.

Aquel 11 de marzo, a las ocho y veinte minutos de la noche, uno de los presentadores del Noticiero de la Televisión Cubana leía una nota oficial del Ministerio de Salud Pública que daba a conocer los primeros casos confirmados del nuevo coronavirus en Cuba, y explicaba que eran tres turistas italianos.

Al igual que los otros dos diagnosticados con el SARS-CoV-2, el que había tenido síntomas permanecía ingresado en la sala. “Pero debido a la fiebre que presentó el día 15, y las manifestaciones de insuficiencia respiratoria fue trasladado para la terapia intensiva”, recuerda la doctora Odalys Marrero.

“Cuando se tomó la decisión de acoplarlo a un respirador artificial, la doctora Zunilda García Palmero y yo estábamos de guardia y fuimos quienes lo intubamos. Era la primera persona con la covid-19 a la que le realizábamos ese proceder y dijimos que si salía bien, en lo adelante no debíamos tener problemas si hacíamos lo mismo con cada paciente, y así ha sido.

“Tuvimos que sobreponernos al temor que nos provocaba una enfermedad desconocida y altamente contagiosa. Incluso, los enfermeros que nos asistieron en el evento también estaban asustados, pero todos hicimos lo que correspondía para salvar la vida del paciente. Lamentablemente, más que un trastorno de oxigenación severo, que logramos controlar, él presentó una falla renal aguda que empeoró su condición y falleció el 18 de marzo”, explica la intensivista.

Aunque la doctora Odalys solía visitar a su mamá casi a diario porque vive cerca de ella, cuando empezó a trabajar en la zona roja, en marzo del año pasado, decidió no ir a verla durante algún tiempo para protegerla. “Pasé a despedirme y le dije: voy para adentro, pero tranquila que no me va a pasar nada”.

Entonces, se había establecido que quienes laboraban en la terapia intensiva permanecieran ahí 14 días. Transcurrido ese tiempo, le hacían una prueba de PCR y si resultaba negativa iban unos diez días a un hotel u otro centro para descansar y, luego, estaban una semana en la casa con la familia. Ese ciclo se mantuvo seis o siete meses, “salía del IPK y cuando llegaba al hotel Arenal caía en la cama y me dormía de un tirón; las primeras 48 horas eran así”, rememora.

A la vuelta de un año, la doctora Odalys Marrero confiesa con orgullo que en estos doce meses ha estado siempre en la zona roja, aunque “algún sofocón he pasado”, reconoce, y viene a su mente aquel día de junio cuando el test rápido que le hicieron, tras concluir los 14 días en la terapia, dio positivo inesperadamente.

“Ahí sí me asusté un poco. Me dejaron ingresada en el hospital y ese mismo día me tomaron la muestra para la prueba de PCR. Mis colegas me animaban constantemente. Es cierto que la terapia intensiva es la zona de mayor exposición al virus, pues todos los procederes generadores de aerosoles se hacen ahí, pero yo había cumplido las normas para evitar enfermarme. Esa noche, sin embargo, no dormí, y a la una de la madrugada me dieron el resultado: el PCR era negativo”.

Cada paciente, un desafío

Si bien en un inicio no se conocían las causas por las que los enfermos evolucionaban hacia la gravedad, en la medida en que se estudiaban los casos a nivel mundial y se compartía la información, se fue haciendo la luz. “Revisábamos todo lo que se publicaba, qué era bueno y qué no. El uso de los esteroides, por ejemplo, fue muy controvertido. Sin embargo, ya existe una indicación precisa para su empleo en el paciente con distrés respiratorio, pues se demostró que disminuye la mortalidad en el que se halla en estado crítico.

“También ha sido decisivo el manejo ventilatorio de los pacientes. Hemos retomado técnicas, como la ventilación prono, descrita hace muchos años para el distrés respiratorio, que ofrece una respuesta espectacular cuando el enfermo presenta un trastorno de oxigenación severo”.

Es sabido que las potencialidades de la ciencia cubana y la labor conjunta de los científicos y los profesionales de la salud han permitido perfeccionar constantemente el protocolo cubano de manejo clínico del paciente. Ejemplos de este desarrollo, señala la experta, son los fármacos Jusvinza e Itolizumab, los cuales “revolucionaron el tratamiento de la enfermedad.

“Hasta hoy no existe uno específico para la covid-19, todo lo que hacemos es abortar la gravedad del fenómeno con inmunomodulación. Y en este sentido los tratamientos actuales han demostrado su eficacia al evitar que el paciente progrese a formas graves de la enfermedad. Incluso, en quienes transitan a esos estadios se reducen los tiempos de ventilación”.

Desde el inicio de la pandemia en el país, la decisión de aplicar uno u otro tratamiento ha sido colegiada con los médicos de la terapia intensiva y los especialistas que los asesoran desde afuera de la zona roja, en particular con los del comité de expertos del Ministerio de Salud Pública, destaca Marrero Martínez.

En su opinión, el éxito en la evolución de los pacientes está en el trabajo en equipo, la discusión de los casos, y en tener un tratamiento bien establecido. “Cada enfermo, sin embargo, es un desafío porque no se sabe cuál va a responder bien y cuál no. Hemos tenido algunos hipertensos, diabéticos y cardiópatas que han evolucionado bien, y otros, con menos comorbilidades, que han transitado a formas graves de la enfermedad. Entonces, no podemos confiarnos”.

Entre los casos más complejos que ha atendido en estos meses, la intensivista menciona a Yoan Gil, de 46 años y residente en La Habana. Cuenta que llegó al hospital en agosto y su estado era muy crítico debido también a la hipertensión y al sobrepeso que pulsaban en su contra. “Estuvo cinco días con ventilación artificial; nos dio trabajo, pero respondió muy bien al tratamiento y hoy se encuentra recuperado y trabajando”.

Complemento perfecto

Luego de obtener su diploma de graduada universitaria en 1994, la doctora Odalys Marrero laboró en el policlínico Raúl Gómez García, en el municipio habanero de Diez de Octubre, donde cursó la especialidad de Medicina General Integral, la cual, admite, le aportó mucho conocimiento, pero ya desde entonces tenía clara su predilección por la urgencia.

Con esa meta empezó a trabajar en el Hospital Hermanos Ameijeiras en el año 2000, y comenzó de inmediato la especialización en Medicina Interna, que era la opción más afín con sus intereses. Apenas seis meses después se ofreció en el país la posibilidad de cursar la especialidad de Terapia Intensiva, que no existía hasta entonces, y la joven no dudó en solicitar el cambio para esta última.

“Creo que el médico tiene una mejor formación cuando, además de la clínica, domina la urgencia”, asevera. “La Medicina Intensiva complementa toda la preparación anterior. Es una especialidad que exige mucho conocimiento, incluso hay procederes que si no se hacen a diario se va perdiendo la habilidad. Es un trabajo complicado, pero muy reconfortante”.

El IPK se ha mantenido a la vanguardia entre las instituciones que atienden enfermos de covid-19 en el país. (Foto: ANARAY LORENZO)

Tras 15 años como intensivista en el hospital Ameijeiras, el deseo de realizar una maestría en infectología la llevó hasta el IPK. “Antes había trabajado el tema de infección nasocomial y antibióticos, pero en este instituto el mayor porcentaje de los pacientes que reciben atención están asociados a enfermedades infecciosas y eso me daba la oportunidad de conocer más respecto a esos padecimientos”.

Reconoce que en el IPK ha aprendido mucho y destaca la preparación recibida desde su llegada al centro acerca de las normas de bioseguridad, un asunto que ha cobrado mayor valor aún durante la pandemia.

“Cuando en las terapias intensivas se empezaron a recibir los primeros casos de covid-19 no solo en Cuba, sino en el mundo, el tiempo de exposición del personal sanitario debía ser breve”, recuerda la experta. “Se trataba de que esos trabajadores se expusieran lo menos posible al riesgo de contagio. Eso ha ido cambiando. Si el profesional de la salud está protegido puede entrar a la zona roja cuantas veces el paciente lo necesite. Lo hemos corroborado en nuestro instituto, donde no ha habido contagiados entre el personal de la salud”.

En la actualidad, revela, ya no se ponen en todo momento la escafandra que tanto impresionó en los días en que se desató la tragedia en el mundo. Explica que cuando un médico de terapia intensiva debe realizar maniobras generadoras de aerosoles (intubación y extubación del paciente o la reanimación cardiopulmonar, por ejemplo) sí usa ese traje de máxima protección. Pero si va a chequear la evolución del enfermo (auscultarlo, ver algunos parámetros u otra acción similar) emplea la mascarilla N-95, la pantalla para la protección ocular, y otros medios indispensables en esas condiciones.

Durante estos doce meses quienes trabajan en la zona roja han ganado en conocimientos y en práctica, asegura la doctora Odalys Marrero. Aunque -aclara-, “eso no significa dejar de cuidarse y de cuidar al resto del equipo porque ante una enfermedad como la covid-19, en cualquier espacio, la confianza puede convertirse en un arma de doble filo”.


Marieta Cabrera

 
Marieta Cabrera