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Publicado el 19 Agosto, 2021 por Marieta Cabrera en Salud
 
 

COVID-19

Aferrados a la esperanza

Especialistas en Terapia Intensiva de un hospital habanero comparten sus vivencias en la atención a niños y adolescentes
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Aferrados a la esperanzaPor MARIETA CABRERA

Fotos: YASSET LLERENA ALFONSO

Atender a niños y adolescentes positivos a la covid-19 en estados grave y crítico es un desafío que la doctora Denise Bello González enfrenta a diario, junto al equipo que lidera en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Pediátrico Docente de San Miguel del Padrón, en La Habana. A finales de julio último, más de 100 menores de edad habían sido atendidos en ese servicio desde el 23 de abril de 2020, cuando la rutina de la institución cambió de un día para otro.

Entonces, empezaron a recibir pacientes sospechosos de tener dicha enfermedad, con sintomatología clínica o determinada comorbilidad que requiriera su permanencia en salas de vigilancia. Ingresaban en la terapia con criterio de gravedad debido a alguna alteración respiratoria, cardiovascular, neurológica o de otro tipo, y el objetivo era evitar que se descompensaran. Aquellos casos en los que la prueba de PCR resultaba negativa eran trasladados a otro hospital.

Diecisiete días continuos en la unidad de cuidados intensivos permaneció el equipo de médicos y enfermeras que atendió a los primeros pacientes. La doctora Denise Bello, especialista en Medicina Intensiva y Emergencias Pediátricas, quien estuvo al frente de aquel grupo, recuerda que había mucha tensión, pues todavía se conocía poco sobre la covid-19.

“El personal sanitario descansaba dos o tres horas. Después establecimos rotaciones cada 14 días y el ritmo de trabajo era igualmente intenso porque ingresaban muchos infantes con sospecha de estar contagiados con el SARS-CoV-2 (además de las patologías críticas ya establecidas), aunque en pocos se confirmaba la presencia del virus”, cuenta la joven de 32 años y jefa de la unidad de cuidados intensivos pediátricos.

Aferrados a la esperanza

Contrario a 2020, este año ingresan en la terapia más infantes con síntomas de covid-19, afirma la doctora Denise Bello.

La primera paciente positiva a la covid-19 que tuvieron en el hospital fue una niña con un cuadro de diarrea grave, diagnosticada en agosto de 2020. En lo que restó de ese año fueron confirmados con la enfermedad otros cinco menores. Sin embargo, en 2021 el panorama cambió: la sintomatología que empezaron a ver en niños y adolescentes ya no era tan benévola.

Relata la doctora Bello González que en este año comenzaron a recibir en la terapia intensiva más infantes con síntomas de covid-19, lo que pudiera estar asociado, en su opinión, con la circulación en el país de las nuevas cepas del virus, consideradas más contagiosas y asociadas a cuadros clínicos más severos.

“Lo que ha primado son las alteraciones respiratorias, con elementos de neumonía o bronconeumonía en radiografías, debido a las cuales muchos han necesitado de ventilación artificial. También hemos visto niños sanos que han presentado complicaciones asociadas a la covid-19, como la insuficiencia renal y algunos han tenido cuadros de hipertensión, alteraciones cardiovasculares, eventos convulsivos, entre otros.

“La diarrea es igualmente un síntoma muy frecuente y hay que darle la connotación que tiene porque, cuando se presenta en un paciente pequeño y no es tratada a tiempo, este puede tener después una insuficiencia renal, ya que pierde un gran volumen de líquidos y no incorpora. Hemos atendido niños que han hecho 25 diarreas en un día y en esos casos hay que ir trabajando a la vez la parte digestiva y la renal”, explica.

Lo vivido por ella y su equipo de trabajo durante más de 16 meses de enfrentamiento a la enfermedad en una sala de cuidados intensivos pediátricos ha confirmado la importancia de pensar y actuar con ventaja.

Para el doctor Iván Ibarra Díaz es un concepto clave: “El objetivo es que nada nos pueda sorprender. En la terapia no existe el ahorita o el más tarde, sino el ahora”, subraya el también especialista en Medicina Intensiva y Emergencias Pediátricas. Agrega que aun cuando los niños llegan complicados, se empeñan para que el estado de salud de cada uno no se deteriore más y se recupere de la infección vírica, en lo cual ha sido decisivo el protocolo de manejo clínico de los pacientes.

Aferrados a la esperanza

“En la terapia intensiva no existe el ahorita o el más tarde, sino el ahora”, asegura el doctor Iván Ibarra.

Al respecto, la doctora Denise destaca que la unidad de terapia intensiva que dirige es una de las primeras en el país donde se usó el fármaco cubano Biomodulina T (inmunomodulador biológico con una eficacia comprobada en el tratamiento de afecciones respiratorias, que estimula el sistema inmune) para tratar a niños y adolescentes con la covid-19.

También poseen probablemente la mayor muestra de pacientes pediátricos a los que se les ha administrado Jusvinza, péptido inmunomodulador con propiedades antiinflamatorias, creado por investigadores del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología.

“Ambos medicamentos han demostrado que son seguros y ayudan a los niños y adolescentes a superar la enfermedad”.

Apoyo dentro y fuera de la terapia

La sala polivalente de cuidados intensivos del Hospital Pediátrico Docente de San Miguel del Padrón tiene 12 camas: ocho ubicadas en cuatro cubículos (dos en cada cuarto), una en un cubículo aislado que se destina a pacientes recién operados, por ejemplo, y tres dispuestas en otra área del salón para los casos más complicados. No obstante, en las 12 posiciones existen condiciones para atender a enfermos graves y críticos, pues en todas es posible emplear los equipos de ventilación mecánica y disponen además de monitores para medir bioparámetros.

Aferrados a la esperanza

En las 12 camas de la sala hay condiciones para emplear los equipos de ventilación mecánica y disponen de monitores para medir bioparámetros.

En la unidad también cuentan con los medicamentos para el tratamiento de los infantes, afirma la doctora Denise Bello. “Tenemos al alcance de la mano todos los que no pueden faltar. Y cuando hemos necesitado un antibiótico específico o algún otro preparado que no se usa comúnmente, nunca los suministradores nos han dicho que no lo hay. Lo buscan en provincias como Mayabeque o Pinar del Río, y en pocas horas el fármaco está en nuestro hospital”.

Seis intensivistas, dos anestesistas y cinco enfermeras laboran en la terapia intensiva. Cuando el equipo de BOHEMIA visitó la unidad, a finales de julio, el personal cumplía con un régimen de 24 horas de trabajo por 72 de descanso. No obstante, durante el tiempo que permanecen fuera del hospital no se desentienden de lo que ocurre en el servicio, refiere el doctor Iván Ibarra. “Cada noche nos comunicamos por teléfono con el personal de guardia y, si la situación está complicada, nos presentamos en la sala en cuanto amanece”.

Lo corrobora la jefa de la terapia intensiva, quien añade que también se han sentido muy apoyados por los profesores del propio hospital y otros especialistas experimentados que laboran en diversas instituciones de Salud. “La doctora Lissette López González, jefa del Grupo Nacional de Pediatría del Ministerio de Salud Pública, es una de las expertas que, a pesar de sus múltiples responsabilidades, nos atiende a cualquier hora.

“Ella nos da luz, visión, porque es una voz con criterio, e igualmente nos ayuda cuando necesitamos hacer la interconsulta de un caso con otro experto. Siempre hemos tenido mucha colaboración de parte de los profesionales a los que hemos acudido, con el objetivo de que la persona que más conoce sobre determinado tema en el país nos dé su opinión”, reconoce la joven.

Prueba de fuego

En 2015, mientras trabajaba en el Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez, del municipio habanero de Marianao, la doctora Denise Bello recibió la encomienda de hacer una guardia en el Hospital Pediátrico Docente de San Miguel del Padrón, en cuya terapia intensiva había solo tres especialistas. A las 48 horas, recuerda la muchacha, la llamaron otra vez con igual propósito y “desde entonces este pasó a ser mi hospital, supuestamente iba a estar un año y han transcurrido cinco”.

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Para la doctora Dayana Magdariaga ser intensivista la ha hecho crecer como profesional y ser humano.

Un mes después, llegó al centro el doctor Iván Ibarra, procedente también del hospital pediátrico de Marianao. Él y la doctora Denise habían trabajado juntos en esta última institución; antes habían coincidido durante los años de estudio de la carrera de Medicina, ambos se graduaron en 2012 y luego de la especialidad.

Otros profesionales como la doctora Dayana Magdariaga Arrieta, graduada de Medicina en 2014, se sumaron después al colectivo. Ella empezó a laborar en el Hospital Pediátrico de San Miguel del Padrón en 2018 e integró el equipo médico que atendió a los primeros niños y adolescentes sospechosos de tener covid-19.

La posibilidad de contribuir a salvar la vida de un pequeño la motivó a especializarse en Medicina Intensiva y Emergencias Pediátricas: “un mundo que me ha cambiado un poco el carácter y la manera de ver las cosas”, admite la muchacha de 30 años.

“En este trabajo se necesita mucho temple. Por ejemplo, cuando un niño hace una parada cardiorrespiratoria y hay que reanimarlo, es preciso –en medio de la enorme tensión que eso significa– mantener la calma y actuar con determinación, lo cual nos hace madurar muy rápido como personas. Se requiere además mucha sensibilidad para explicarle a un padre o a una madre que su niño está grave. Son momentos muy difíciles y hay que sobreponerse a todo eso”.

Como en cualquier terapia intensiva de un hospital pediátrico, los menores enfermos de covid-19 están acompañados de un familiar, aunque en estos casos el que entra en la sala el primer día permanece allí todo el tiempo que el pequeño está ingresado.

“Muchas veces, comenta la doctora Denise, ese padre o madre es también positivo a la covid-19, por lo que tenemos que tratar al niño y al familiar. Generalmente, los acompañantes que tienen la enfermedad están asintomáticos o son sintomáticos leves, pues si detectamos que alguno tiene manifestaciones de gravedad tenemos que remitirlo para otro hospital”.

Especifica la jefa de la terapia intensiva que con el familiar positivo al SARS-CoV-2 que se halla en la sala “hay que tener mayor consideración porque también es un enfermo y está pasando la enfermedad sentado en un sillón, cuidando a su pequeño. En tales circunstancias tenemos que estar más alertas aún, porque todo recae sobre el médico y la enfermera”.

Buscando las secuelas

Aferrados a la esperanza

Día y noche un equipo de profesionales permanece atento a los enfermos hasta lograr que se recuperen.

En la práctica habitual, el médico de terapia intensiva asiste a los pacientes y cuando estos se recuperan ya no tienen más contacto. Sin embargo, desde febrero los seis intensivistas del Hospital Pediátrico de San Miguel del Padrón se reencuentran cada semana con los pequeños que estuvieron bajo sus atenciones.

Esto ocurre en la consulta pos covid-19, que desde esa fecha se creó en el hospital Juan Manuel Márquez. Explica la doctora Denise Bello que es una labor que realizan con médicos de la sala de enfermedades respiratorias de esa institución y el propósito es estudiar en los menores las secuelas de la enfermedad.

“Vemos a los niños 15 días o un mes después del alta médica, en dependencia de la gravedad que hayan tenido. Los intensivistas presentamos los casos y entre todos buscamos los posibles daños ocasionados por la infección vírica, y si es necesario incorporamos en la consulta a profesionales de otras disciplinas”.

Esos encuentros han sido un gran aprendizaje, opina la doctora, quien agrega que han apreciado en los infantes fatiga, alteraciones cardiovasculares, hipertensión y arritmia, así como alteraciones del sueño, hiperactividad e insomnio, entre otras secuelas.

La elevada cifra de niños y adolescentes positivos a la covid-19 reportada a diario en Cuba es una preocupación que la doctora Denise comparte con sus colegas. Nadie como ellos ha visto la peor cara de la enfermedad. “En abril último tuvimos ingresada en la sala a una paciente de 15 años que lamentablemente falleció”, evoca con pesar. “Permanecimos varios días sin separarnos de su lado, nos preguntábamos todo el tiempo qué más podíamos hacer, qué nos faltaba, porque veíamos que todos sus órganos estaban fallando y sentíamos una impotencia terrible.

“Para un intensivista es difícil aceptar eso porque nunca perdemos la esperanza. Nos aferramos a cualquier posibilidad, por pequeña que sea, y muchas veces el paciente sale adelante”.

Aferrados a la esperanza

A la derecha, en el pabellón central, se ubica la sala de terapia intensiva del hospital.

Haber salvado la vida de más de un centenar de niños y adolescentes en estos 15 meses es la mayor recompensa para quienes trabajan en esa sala de terapia intensiva. Al decir del doctor Iván, el mayor regocijo de los médicos es ver a un niño saltando encima de la cama porque eso significa que ya ganaron la pelea.

“Trabajamos bajo mucha presión, pero cuando un paciente que ha estado muy grave se va de alta, la satisfacción que sentimos es enorme. En ese momento, vivimos muchas emociones, incluso con los más pequeñitos, pues a pesar de ser tan chicos saben que están bien y que vuelven a su casa, y con una palabra o un gesto nos agradecen lo que hicimos por ellos”.

Para la doctora Dayana despedir a los niños que se han recuperado es “una alegría enorme, se les ve felices, al igual que a sus padres, y quieren hacerse fotos con el personal de la sala como muestra también de reconocimiento. Cuando transcurren los días y los vemos en la consulta de convalecientes, nos damos cuenta, sin embargo, de que la covid-19 los ha marcado. No solo el niño que estuvo enfermo es afectado psicológicamente, sino la familia en general y necesitan tiempo para retomar el ritmo de sus vidas”

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Marieta Cabrera

 
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