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Publicado el 12 Diciembre, 2019 por Redacción Digital en Tecnología
 
 

La 'tristeza tecnológica'

La idea de Facebook como comunidad es de chiste, asegura el teórico de la sociedad digital Geert Lovink

El teórico de internet Geert Lovink alerta de la 'tristeza tecnológica' que provocan las recomendaciones de las redes sociales
Geert Lovink

Geert Lovink

La crisis del ‘brexit’ y el escándalo de Cambridge Analytica en el 2016 acabaron con la imagen idílica e inocente que teníamos de las redes sociales. Desde entonces, cada vez tenemos más evidencias de la existencia de mecanismos de manipulación y de que tienen un auténtico impacto en nuestra vida real. Esa es la tesis de ‘Tristes por diseño. La redes sociales como ideología’ (Consonni), el último libro de Geert Lovink (Ámsterdam, 1959), un teórico que lleva varias décadas observando a internet y a la sociedad digital. Lovink contesta a las preguntas a través de Skype, desde su nutrida biblioteca.

–Ha dicho en numerosas ocasiones que es posible estudiar música, teatro o cine, pero no internet. Tras décadas de uso de la red, ¿cómo se explica? ¿El poder prefiere a usuarios de internet ignorantes?
–Definitivamente hay algo de esto último. La élite cultural y académica en Europa ha pensado durante mucho tiempo que internet era una moda con muchos y bonitos elementos de cultura pop, pero también que era una moda pasajera. Su subestimación en los estudios es precisamente producto de ello.

–¿Quizás también se le ha considerado una herramienta técnica más que teórica?
–Efectivamente. Otro elemento global es que el desarrollo de internet ha sido delegado a los ingenieros. Se ha reducido a una cuestión técnica que tiene que ser resuelta a través de instrumentos técnicos –la programación de ‘software’–, y en cualquier caso se ha dejado en manos del mercado. No ha sido un espacio en el que nosotros hayamos podido contribuir en algo. Internet es algo que nosotros, los europeos, podemos comprar a empresas de Corea del Sur, de Taiwán o, por su puesto, de Silicon Valley, pero en el que no hemos jugado papel alguno.

–¿Y en el caso de España?
–España tiene, por supuesto, un actor muy poderoso a nivel mundial, Telefónica, pero esto no es algo que tenga que ver con las bases políticas, sociales o culturales de Europa. Internet ha sido fundamentalmente un fenómeno económico y una cuestión técnica. Y eso lo vemos hasta la fecha. Los mayores problemas que tenemos hoy, como por ejemplo las ‘fake news’, tienen sus raíces en esa valoración completamente errónea de lo que teníamos entre manos con internet.

–En su libro describe a las redes sociales como una forma de paralizar a la gente. Es decir, la ciudadanía accede a cada vez más información, pero no es capaz de actuar en consecuencia cuando las cosas van mal. Después de haber visto cómo, a través de ellas, se organizaban revueltas en el mundo árabe, por ejemplo, ¿entramos en una nueva era en la que su uso paralizará a los usuarios en lugar de activarlos?
–Hay problemas estructurales. Incluso hace 10 años, el papel de las redes sociales ya era exageradamente enfatizado. Por supuesto, si miramos hoy en día a conflictos como los de Sudán o Hong Kong, o a las elecciones en la India, vemos que las redes sociales juegan un papel muy importante de coordinación. No tanto un rol de propaganda directa, sino más bien de lo que llamamos ‘microtargeting’.

–¿En qué consiste exactamente?
–Si compras los datos correctos, puedes marcar la diferencia. Tal vez no para todo el colectivo social o electoral, pero sí para determinados grupos. En ese sentido, las redes sociales juegan un papel crucial. Y eso también explica por qué lo que está ocurriendo es a menudo invisible y hay que reconstruirlo a posteriori a través del periodismo de datos o de la investigación académica. En la actualidad, no somos lo suficientemente rápidos para entender qué está ocurriendo gracias –o por culpa– de las estrategias de márketing en las redes sociales.

–Uno de los conceptos que maneja es el de ‘tristeza tecnológica’. ¿A qué se refiere?
–Quiero decir que la tecnología induce a la tristeza como estado mental. En mi investigación explico que esa ‘tristeza tecnológica’ es fabricada por las recomendaciones que nos ofrecen las redes sociales y las plataformas digitales.

–Ponga un ejemplo, por favor.
–El caso de Youtube es el más claro: si haces clic en un vídeo, las recomendaciones relacionadas son cada vez un poco más raras, extremas o inquietantes. Te van arrastrando. Los algoritmos han sido programados para engancharte, para que sigas haciendo clics, para que no te vayas. Tú llegaste para ver un vídeo, sí, pero el interés de la compañía –en este caso de Google–, es que te quedes viendo otros. Y eso se logra creando esa especie de trastornado interés. En Facebook están ocurriendo cosas similares.

–Pero, ¿cómo logran las redes su objetivo?
–Cuando comencé a escribir el libro, hace un par de años, muchos disidentes de Silicon Valley se levantaron y comenzaron a explicar cómo funcionan exactamente las llamadas ‘modificaciones de actitudes’. Nos proporcionaron la evidencia de que esto está ocurriendo hoy, y que no solo somos usted y yo los que sentimos que nos ocurre algo extraño cuando navegamos por la red. Ese estado de ánimo que yo llamo ‘tristeza tecnológica’ ha sido generado por el ‘software’, que te va arrastrando, provoca que no puedas parar y que finalmente te agota.

–Pese a las trampas programadas, usted consiguió abandonar Facebook hace unos años.
–Abandoné Facebook en la primera oleada de protestas contra la violación de la privacidad. Lo que le estoy contando no es nuevo, pero ahora hay más evidencias. Los primeros indicios aparecieron alrededor del 2010. Entonces, un primer grupo de personas nos unimos y comenzamos a exigir que se frenase el robo sistemático de datos personales que los usuarios sufrían a sus espaldas, especialmente para la venta de esos datos a terceros.

–Le veo muy pesimista.
–La idea original de la gente que construyó internet en la década de los 90 era que sería una red que iba a empoderar a la ciudadanía para actuar. La comunicación tenía un objetivo, una dirección, que se ha ido perdiendo por el camino. Facebook, en particular, es muy recelosa a la hora de ofrecer herramientas a sus usuarios. Quiere ocupar a la gente, sí, pero no con herramientas útiles que sirvan para hacer cosas. La idea de que Facebook es una comunidad es un chiste. Es una amplia colección de algoritmos que han elegido a tus llamados ‘amigos’ y no para de sugerirte cosas. Y mucha, mucha gente se está perdiendo en esa red.

–Sin embargo, la mayoría seguimos usando las redes sociales aun siendo conscientes de su impacto negativo. ¿Tiene ello que ver con lo usted llama ‘capitalismo digital’, con lo que usted define como “somos lo que compartimos”?
–No hay duda de que prescindir del uso de redes sociales dificulta mantener nuestras amistades o acceder a un trabajo mejor. Por eso soy muy precavido a la hora de lanzar un mensaje moralista sobre su uso. Yo no digo que la gente debería dejar de utilizar las redes sociales. Hay mucha gente que depende de este tipo de plataformas en su lucha diaria por sobrevivir. Es muy romántico y estúpido decir que la solución es cerrar todas las cuentas para ser mejor persona.

–Si películas como ‘Minority report’ y series como ‘Black mirror’ anticiparon en qué tipo de mundo íbamos a vivir en el presente, ¿qué futuro nos espera en el uso de las redes sociales e internet?
–En las grandes producciones del Hollywood actual que se ocupan explícitamente de la tecnología no aparecen ni un teléfono inteligente, ni un aparato: la tecnología se interioriza de tal manera que ni tan siquiera vemos en ellas el ‘software’. Puede que eso sea lo que nos espera. No creo que seamos testigos de peleas de robots. Eso es un buen espectáculo, pero ya sabemos que lo realmente auténtico está ocurriendo dentro de nuestro cerebros.


Redacción Digital

 
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