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Publicado el 20 Marzo, 2021 por Toni Pradas en Tecnología
 
 

Y aun estando muerta yo la quiero

Lou Ottens, inventor del casete

Lou Ottens, un inventor sin egocentrismo. (JERRY LAMPEN /DPA / PICTURE ALLIANCE)

Serán muchos en el mundo, pero, en Cuba, nadie como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y otros fundadores de la Nueva Trova llorarán la reciente muerte de Lou Ottens.

Probablemente sea Ottens, para la inmensa mayoría de las personas, un nombre más de un directorio telefónico, si no se advierte que fue el inventor de la cinta de casete, soporte de audio que clandestinamente, entre jóvenes latinoamericanos molestos con sus dictaduras vernáculas, permitió difundir la música de aquellos desconocidos cantautores de estética e ideología revolucionarias.

Vaya capricho el del perspicaz señor de 94 años: morir justo el pasado 6 de marzo, fecha en la que prefieren nacer talentos como, entre muchos, el escultor y pintor Miguel Ángel, el escritor Gabriel García Márquez, el cineasta Andrzej Wajda, el bailarín Julio Bocca y el guitarrista David Gilmour, de la banda Pink Floyd.

Curiosamente, Pink Floyd, así como otros grupos de los 70 –Deep Purple, Led Zeppelin, Supertramp, Electric Light Orchestra, The Alan Parsons Project…– llegaron a los oídos de los jóvenes cubanos gracias a degradadas copias hechas de casete a casete. Aun así, preferían este medio, pues las emisoras musicales que llegaban con suficiente fuerza desde el sur de la Florida o Jamaica rara vez radiaban el rock vanguardista inglés.

Pero todo ha cambiado y hoy es raro que alguien no piense que el casete es un fósil. En todo caso, por décadas fue el soporte predilecto para conservar música en los hogares del planeta. Era la “caja de música” verdaderamente democratizada; era la bolsiorquesta. También para la Isla, sobre todo por aquel pentagrama de altura que no era del gusto institucional de los programas de radio y televisión nacionales y sí de la gente común.

De esta manera contribuyó como ningún otro, con el entretenimiento y la educación musical de varias generaciones, más si se tiene en cuenta que el país, bloqueado, había visto caer en picada la otrora impetuosa industria disquera, en tanto los magnetófonos de cinta nunca fueron abundantes ni estuvieron disponibles para las familias distantes de aviones de pasajeros y barcos mercantes.

Hasta la música nacional dejó de eternizarse en registros fonográficos. Y mientras muchos decían que el son se había ido de Cuba con los cantantes y conjuntos estelares de esos primeros años de la Revolución, el gran músico Leo Brower, testarudamente, precisaba que la que se había ido era la RCA Victor, empresa estadounidense dueña de los mejores estudios enclavados en la sonora Habana de maracas, mambos y chachachás.

Coincidentemente, en esos primeros años de la década de 1960, la Victor desarrolló una especie de casete llamado RCA tape cartridge, con el mismo principio de una cinta magnética que pasaba de bobina a bobina dentro de una carcasa bastante más grande que la que nos trajo a este texto. Aquellas maquinotas reproductoras rara vez se veían en Cuba y quienes tenían alguna –todos ellos se conocían entre sí– se prestaban con gran celo aquellas cajuelas, a las que llamaban, con inexactitud tecnológica, cartuchos.

Hasta que llegó la cinta de casete compacto aupada por las neuronas de Lou Ottens, prevista originalmente, eso sí, como medio para el dictado, si bien estuvo inspirada, según confesó el inventor en una entrevista, “por la irritación y las molestias que ocasionaba el grabador existente, es así de simple”.

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La irritación y las molestias que ocasionaba el grabador existente impulsó a Ottens a inventar el casete compacto para prescindir del RCA tape cartridge (derecha). (Foto DOMINIO COMÚN)

¡Más pequeño que un paquete de cigarrillos!

Mucho antes de imaginarse un mundo tan fácil como Spotify o YouTube (con un simple clic puedes repetir, avanzar o cambiar de canción), justo cuando The Beatles echaron sus cartas para revolucionar la industria musical en el punto cronológico 1962 de la existencia contemporánea, un nuevo formato de reproducción y regrabación de sonidos irrumpió en el mercado con un reducido tamaño, compuesto por dos carretes en miniatura entre los que pasaba una cinta magnética a 4,76 centímetros por segundo.

Así nació la cinta de casete o casete compacto (o cassette, del francés cajita). Entonces Ottens trabajaba para Philips y comenzó a diseñar la cinta de casete a principios de la década de 1960, a fin de desarrollar una forma para que la gente escuchara música que fuera asequible y accesible, tal como no lo eran las cintas grandes de carrete a carrete en esos tiempos.

La verdad es que Lodewijk Frederik Ottens, Lou, había nacido con buena estrella el 21 de junio de 1926, en la ciudad de Bellingwolde, Países Bajos, y a pesar de criarse en el núcleo de una familia humilde, desde pequeño mostró una gran pasión por la tecnología.

Digamos que de niño llegó a construir su propia estación de radio para comunicarse con su familia durante la ocupación nazi, en medio de la Segunda Guerra Mundial. Con esta podía escuchar además la emisora holandesa libre Oranje mediante una antena especial que llamó Germanenfilter (filtro de alemanes), porque podía esquivar los inhibidores de los fascistas.

Ya en la paz, Ottens se recibió de ingeniero mecánico por la Universidad Técnica de Delft y en 1952 entró a trabajar en la fábrica de Philips en Hassel, Bélgica; ocho años después se convirtió en jefe del departamento de desarrollo de productos de la firma holandesa, donde inventó junto a su equipo creativo el EL 3585, el primer grabador portátil de la marca, del cual se vendió más de un millón de unidades.

Posteriormente se enfrascó en perfeccionar el sistema e inventó el casete en 1962. Para conseguirlo, Ottens creó su propio prototipo a mano en un modelo de madera, una pieza que los museos lamentan no conservar. El ingeniero, vaya torpeza, lo dejó abandonado en una cuneta de carretera tras usarlo para calzar su gato hidráulico durante el cambio de un neumático pinchado.

El formato, que cabía en un bolsillo, no tardó en generar interés, así que la compañía lo ayudó a guiar el proyecto y crear, en 1963, el primer “casete compacto”. Un año más tarde, este saltaría a una producción en masa y marcaría el futuro del sector.

“¡Más pequeño que un paquete de cigarrillos!”, fue el lema con que el casete se presentó al mundo el 30 de agosto de 1963, en la feria de electrónica Berlin Radio (hoy conocida como IFA Berlin).

Muy pronto comenzaron a surgir copias de calidad inferior y tamaños muy disímiles en Japón, a donde llegaron las fotos de la invención. Luego Ottens llegó a un acuerdo con Sony para que el mecanismo patentado de Philips fuera el estándar en el archipiélago asiático, y el éxito mundial no tardó en llegar.

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Primer reproductor de casetes de Philips, presentado en 1965. (Foto: ALFRED ASSMANN /PICTURE ALLIANCE)

Sin embargo, lo que permitió que el formato no tardase en expandirse hasta convertirse en un formato estándar a nivel global, fue que Ottens luchó hasta convencer a Philips de que licenciara su invento a otros fabricantes, de forma gratuita.

La gente, como se dice actualmente, se empoderó. Tenía, con la tecnología, la música que le venía en gana, en 60, 90 o 120 minutos de duración repartidos por ambas caras de la caja. Cualquiera copiaba y regrababa un sonido e incluso podía incluirle su propia voz, lo llevaba consigo a todas partes y hasta sufría en el transporte público o el vecindario el abuso de las bocinas ajenas. Surgieron las “fiestas de casetes”, en las que las personas compartían su ron y sus compilaciones. La guitarra a la orilla del mar perdió su glamur ante la reproductora o pletina (en Cuba fue muy popular una sencilla y portátil, monoaural: la “todos-tenemos”), y el hip-hop se elevó a arte con la estéreo sobre la cancha de baloncesto.

El periodismo y las ciencias, por su parte, se alimentaron de muchos más testimonios en condiciones imprevistas y los espías sufrieron menos riesgos con los modelos mini. Surgió la moda de los audiolibros y las cartas de amor magnetizadas. En la cadena evolutiva surgió otra especie –distinta la caja, sí, pero con similar ADN–, esta para las películas de consumo doméstico. Y las computadoras encontraron un nuevo soporte de gran facilidad archivística.

Por si fuera poco, prácticamente necesitabas solo una herramienta para entenderte con la tecnología: un lápiz. Con este podías escribir los datos en la pegatina de la caja y rebobinar la cinta si se atoraba dentro del engranaje reproductor. De paso, con la goma limpiabas el cabezal del núcleo lector, si este se ensuciaba con el polvo provocado por el desgaste de la cinta al pasar.

Caramba, éramos ricos y no lo sabíamos.

Conspiración de asesinato

Cuando en Cuba, a mediados de los 80, salían al mercado doméstico los primeros casetes grabados industrialmente; cuando en la emisora Radio Enciclopedia se vendían esas cintas retráctiles con exquisitas grabaciones de virtuosos de la música nacional e internacional; cuando con intermediarios se podían obtener de las diplotiendas casetes japoneses y de las tiendas comunes, los Orwo de la República Democrática Alemana; tras una penumbrosa esquina del mundo acechaba la inevitable muerte de esa tecnología analógica, a manos de la aplastante civilización que prometía el futuro disco compacto digital o CD.

Pero Ottens no moriría con su invento: más bien estaba en la conspiración para asesinarlo. Las líneas de su mano le decían que duraría muchos años, como en efecto ocurrió, y que su capacidad creadora y progresista era incombustible.

En 1972, el geniecillo se convirtió en director de audio en el NatLab de Philips, donde se involucró en la siguiente gran innovación musical: el CD. Entonces se estableció una colaboración con Sony y en 1980 el reproductor de CD Philips-Sony, de 12 centímetros, estaba listo para la humanidad.

“A partir de ahora, el tocadiscos convencional queda obsoleto”, sentenció Ottens, y hasta se dio el lujo de retirarse cuatro años después, como quien se va del cine porque imagina el final de la película; como quien sabe que el ajedrecista contrario declinará el rey tras su último ataque.

Como sea, siempre lamentó que Sony, y no Philips, hubiera creado el Walkman, el reproductor portátil de casetes más famoso del mundo.

Lo demás, son números. Desde su creación, se han vendido más de 100 000 millones de casetes y 200 000 millones de discos compactos, a pesar de que esta última tiene anunciada hace años su muerte, atenazada por las plataformas de Internet y los soportes basados en la física de estado sólido. Como sea, más bien mantiene su propia evolución en soportes mejorados, suerte de árbol genealógico que hacen culto a la canción tangible.

Por si fuera poco, ha resurgido una suerte de moda por las tecnologías y la cultura de los 70 y, con esta, su mejor escapulario: la fantasmagórica cinta de casete de audio y hasta su lujurioso lápiz.

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Existen relaciones íntimas que no se pueden sabotear. (Foto: La-verdadnoticias.com)

Pero Ottens no se dejó seducir por la brizna otoñal de la nostalgia. Ni siquiera se creyó su éxito, más bien fue famoso por su falta de sentimentalismo sobre las cintas, que tildó de primitivas.

“Nada puede igualar el sonido del CD”, declaró al diario holandés NRC Handelsblad, el mismo que poco tiempo después de entrevistarle dio la noticia de su muerte en la localidad holandesa de Duizel, cerca de la frontera belga. “El CD es absolutamente libre de ruidos y lluvias”, insistió. “Eso nunca funcionó con la cinta…”

Sin embargo, acostumbrado a adelantarse en todo, inmediatamente acotó como para evitar ser contrariado en el futuro: “Creo que la gente escucha principalmente lo que quiere escuchar”.

Razón le han dado a esa máxima muchos cubanos durante años. Por ejemplo, cuando descubrieron la verdadera voz de José Feliciano con la aparición del CD, limpia y potente, ondeando viejos boleros sangrientos de Cuba y Latinoamérica, en ese minuto perdieron el encanto por el puertorriqueño. Antes, sin posibilidad de escucharlo en la radio, bailaban sus canciones copiadas de copias que venían de otras copias de casetes. El sonido aquel era mugriento, viscoso, y no obstante logró enamorar a las parejas al sonar con desgarre: “…Y aun estando muerta yo la quiero…”.

–“Ese… –juro que oí decir más de una vez– el del CD… ese no es el Feliciano que yo amo”…

 


Toni Pradas

 
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