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Publicado el 11 Mayo, 2021 por Pastor Batista en Tecnología
 
 

Rasillas para cubiertas, sin usar diésel

rasilla

Estas rasillas han acentuado su sello de calidad en numerosas partes del país.

Texto y fotos: PASTOR BATISTA VALDÉS

En momentos como estos, cuando serias limitaciones energéticas perjudican y hasta paralizan a cientos de centros en todo el país, incluidos centrales azucareros, los trabajadores del taller denominado Brigada de Producción Socialista XXXV Aniversario del Moncada, en Majibacoa, Las Tunas, vuelven a comprobar el alcance de aquella alternativa que iniciaron hace más de 20 años para garantizar la fabricación de losas de azotea (rasillas) sin emplear petróleo durante el proceso de quema en los hornos.

¿Entonces que utilizan: marabú, otro tipo de leña o carbón vegetal? –seguramente se preguntará usted, amigo lector.

Nada de ello. Asimilada de la vecina provincia de Camagüey, a finales de la crucial década de 1990, la experiencia se sustenta en la introducción de aceite ya usado, en sustitución del diésel que habitualmente interviene en el funcionamiento de esos hornos.

Toda una novedad para aquel instante, la solución partió de modificaciones sencillas en los sistemas, fundamentalmente en filtros y resistencias, con el propósito de elevar la temperatura del aceite, disminuir su viscosidad, facilitar la combustión y asegurar estabilidad en la producción.

Llevado a otros hornos de gaveta dentro de entidades pertenecientes a la cerámica tunera, hubo años en que ese procedimiento permitió quemar más de 400 toneladas de aceites que habían sido desechados luego de su empleo en equipos, medios de transporte y grupos electrógenos, de acuerdo con estadísticas aportadas por la Delegación Provincial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente.

TODO EL MUNDO GANA

A simple vista pudiera parecer que la única ventaja es de carácter económico o productivo, al prescindirse del empleo de diésel.

Tan importante como eso, sin embargo, es el impacto desde el punto de vista medioambiental.

Recuerdo que por entonces, el Master en gestión ambiental Cándido Medina Segura, especialista para cargas contaminantes, productos químicos tóxicos y desechos peligrosos, subrayaba también el mejor control y la eficiente utilización de ese tipo de productos que, sin un adecuado manejo y destino final, podrían resultar muy agresivos para el suelo, las aguas y la vida en general.

No por casualidad, en correspondencia con resoluciones del país y con protocolos internacionales como el Convenio de Basilea, la comercializadora CUPET acentuó mecanismos para recuperar o acopiar aceites ya usados por empresas y organismos dentro del territorio, a la vez que fortaleció nexos con provincias como las de Granma y Santiago de Cuba.

Una de las cosas que más animó desde el principio a especialistas, directivos y trabajadores fue la ausencia de emanaciones dentro o fuera de la instalación, inconveniente que afloraba antes, cuando intervenía el diésel.

mecánico

Imagen tomada años atrás, luego de las modificaciones para sustituir diésel por aceite recuperado. Foto: Pastor Batista

VEINTE AÑOS SÍ SON ALGO

Mideraide Esquivel Pérez, jefa de la Brigada, observa en silencio el empeño que ponen sus obreros para solucionar una coyuntural avería, y no puede menos que liberar un prolongado suspiro, mezcla de orgullo con nostalgia.

Han transcurrido más de veinte años desde que el aceite llegó allí para quedarse. Ese tiempo no ha transcurrido por gusto. Los viejos equipos sienten cada vez más sobre sí la acción de tantos e incansables calendarios. El horno clama por material refractario. Muy bien vendrían además, otros recursos o insumos, como el paño de filtro prensa…

“Conocemos la situación económica y financiera que atraviesa el país, la imposibilidad de importar muchas cosas que antes se adquirían en el exterior… y por eso no nos rendimos, echamos pa´lante con lo que tenemos, sobre todo con la inteligencia y la voluntad de este colectivo que mejor no lo quiero” –asegura Mideraide.

Difícil resultaría destacar a uno entre los 14 miembros que lo integran (12 de ellos vinculados de forma directa a la producción), pero es obvio que Ricardo González García merece un estrechón de manos. Más que el formal técnico de calidad allí, es el real hombre orquesta, apto y dispuesto para realizar labores como mecánico, electricista, hornero, molinero…

DEMANDA DESDE TODAS PARTES

Locales, al fin, las producciones de este taller no solo acuñan su alto valor en instalaciones del territorio como los hospitales Ernesto Guevara de la Serna y el Pediátrico Mártires de  Las Tunas, por solo citar dos de los más sensibles ejemplos.

“A mí se me parte el alma cada vez que vienen, de casi todas las provincias, para ver si podemos venderles rasillas de las que aquí producimos” –prosigue la  Jefa de Brigada.

“No sé si sabes que la Oficina del Historiador de La Habana es uno de nuestros principales clientes, desde el principio mismo. De allí nos están pidiendo al menos una rastra al mes y no siempre podemos garantizarla. Son muchos los compromisos; como ves nuestro equipamiento no está igual, lo mantenemos a pecho y pulmón…

“A pesar de todo eso, les hemos aportado rasillas a la Zona de Desarrollo del Mariel, al Palacio de las Convenciones y a otras importantes instituciones y organismos.”

Es una verdadera lástima que pudiendo realizar unas 24 quemas, el taller majibacoense solo pueda asegurar alrededor de 13. ¿Cuánta producción, de vital valor para la provincia y para la nación, se deja de realizar?

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Vista exterior de una pequeña fábrica que pudiera estar mejor y aportar mucho más.

Decisores en ese terreno pudieran volver la mirada sobre cálculos que a la postre pueden dar mucho más trigo que el monto a desembolsar para una resiembra que no deviene capricho.

En el occidente cubano también se producen rasillas. ¿Por qué, si así es, la Oficina del Historiador de La Habana lleva dos décadas recorriendo más de 700 kilómetros, para buscar las que fabrica el Taller XXXV aniversario, en Majibacoa?

El lector es inteligente. Obsérvese que en ningún momento he hecho referencia a una palabra determinante para todo proceso tecnológico, productivo, de servicios: calidad.

Quede pues, a juicio de todo el que tenga que ver con ese asunto, la consideración final.

Mientras tanto, Mideraide y su pequeño colectivo seguirán ahí, como lo han hecho durante todos estos años, fajados contra lo adverso, convirtiendo en milagro ese barro horneado sin una gota de petróleo, porque en su lugar emplean el mismo aceite que, supuestamente, “ya no sirve para nada”, una vez extraído de motores estacionarios, medios de transporte y grupos electrógenos.


Pastor Batista

 
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