Tiempos de lluvia
Foto. / Pastor Batista Valdés
Tiempos de lluvia
Foto. / Pastor Batista Valdés

Tiempos de lluvia

Impredecible, contraria a la natural lógica que eslabonaban las estaciones del año en tiempos pretéritos, la lluvia asoma cabeza cuando se le antoja… o desaparece sin dejar más rastro que puro polvo.

En algunas partes del país, sin embargo, ha estado chubasqueando.

Es curioso, con independencia del mes en que ocurra, la lluvia suele trasladarme a aquellos días, hace medio siglo o más, cuando aguaceros bien intensos dejaban a la ciudad como si una “comunal mano” le hubiera dado cepillo y jabón en cuanto pliegue o grieta tuviese cada barrio, desde la raíz del pelo hasta la planta de los pies.

La gente solía llamarle “temporal”. Y la definición no era desacertada, porque muy bien podía prolongarse durante jornadas enteras, de forma intermitente o más estable. Era como si el clima o la naturaleza agradecieran desde lo alto, con agua y vida, un poco más del respeto que por entonces le dispensaba, desde abajo, el ser humano.

Pero no es la lluvia, en sí misma, la que moja en este instante el centro de mis recuerdos. Es el conjunto de hábitos, actitudes y valores asociados a ella. Porque eran días (y tiempos) en los que, por mucho que lloviese, a casi nadie se le ocurría dar media vuelta sobre la cama, seguir durmiendo y ausentarse al trabajo o a la escuela.

Eso, tan a la medida de la justificación hoy, sencillamente no le rozaba siquiera la mente a quienes tenían determinada responsabilidad a pie de torno, de sierra eléctrica o serrucho, de obra en construcción, de consulta médica, de pupitre (delante o sentado en él), de línea productiva industrial e, incluso, de cancha deportiva o institución cultural. La gente salía a trabajar y a estudiar “a capa y a espada”.

Décadas de sequía no me han «secado» la imagen de Julito García y Luis Valdivia pedaleando bajo el agua hacia los talleres, donde iniciaron vida laboral como mecánicos, o de los talabarteros Julio y Pedro Valdés, cobijados por un saco, un pedazo de nailon, de cartón, una capa o lo que apareciera, rumbo a aquella fábrica de monturas, cuyas producciones remontaron galope mucho más allá de las praderas espirituanas…

Sí, porque eran los tiempos en que el saquito de nailon se transformaba como por arte de la magia en capa y capucha contra el agua.

Eran los tiempos en que miles de niños y adultos parecían “esquimales del trópico”, envueltos en las mismas capitas “made in casa” que luego ocupaban honroso y habitual espacio en la pared de las aulas o en el sitio previamente destinado para ellas.

Tiempos de barcos de papel echados a la corriente, tiempos de espera interminable en un portal, tiempos de pantalón remangado y zapatos colgando del cuello, pero, sobre todo, tiempos en que lluvia y ausentismo no tenían absolutamente nada que ver, porque faltar al trabajo o a la escuela “por culpa del agua” era una verdadera vergüenza. Hoy, por desdicha, no llueve igual. Pero… qué pena si, aun así, perdiéramos totalmente aquel “extraño” y divino hábito asociado a los días de lluvia: aquella saludable y arraigada manía que significaba no dejarse atrapar por el agua en casa y, mucho menos, utilizarla como argumento o pretexto para “lavar” con ella la ausencia ante el deber.

2 respuestas

  1. Efectivamente, amigo Oscar Ramos… solo que a eso hay que ponerle nombre, apellidos, responsables. Es una tarea de todos, pero no puede quedarse en el aire, en la generalidad, debemos aterrizarla. No sé si me entiende. Un saludo.

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