Un juicio claro y un atentado cada vez más oscuro

Lo que tantas veces Cristina Fernández repitió esta vez se probó, en forma documentada: los fiscales Diego Luciani y Sergio Mola «mintieron descaradamente» en el juicio “Vialidad”, una causa de tres años contra la vicepresidenta argentina.

La acusación daba por hecho que hubo irregularidades en la financiación de las obras públicas de la provincia de Santa Cruz. Los fiscales sostenían que entre 2007 y 2015 ella encabezó una asociación ilícita que defraudó millones de pesos al Estado a través de la adjudicación de obras públicas viales al empresario Lázaro Báez, muy cercano a los Kirchner y quien fue condenado a 12 años de cárcel por lavado de dinero en 2021.

El abogado Carlos Beraldi, su defensor, desnudó el guion de Luciani y Mola. Y luego Cristina, en su turno, declaró en su propia defensa y pidió formalmente al tribunal “que al finalizar las audiencias se extraiga testimonio de todas y cada una de las mentiras de las fiscales contrastadas con la prueba documental, pericial y testimonial que tuvo este juicio”, pues, dijo, estamos ante ante “un claro caso de prevaricación”.

Fernández de Kirchner había adelantado que con el inicio del alegato final se iba a «desnudar la farsa». Y así fue.

“Jugamos un partido en cancha inclinada. Vamos a demostrar cómo se construyó la acusación”, señaló Beraldi antes de refutar las imputaciones.

Al defensor de Cristina, de habitual tono calmo y docente, le brotó la indignación durante seis horas y 56 minutos, en los que expuso las evidencias que muestran que Luciani y Mola no cometieron errores, sino que “mintieron descaradamente, nunca buscaron la verdad”.

El método usado por Beraldi, acompañado también por el letrado Ari Llernovoy, fue lapidario. “Esto dijeron los fiscales” y de inmediato un video con lo expresado por Luciani y Mola. “Esto afirmaron en el juicio los testigos” y enseguida cada una de las personas que declararon, desmintiendo a los acusadores. Así, paso a paso, se fue hundiendo la acusación. «Esto es mentira», «esto es mala praxis de los fiscales», «esto no ocurrió» repitieron los letrados infinidad de veces.

Beraldi usó el término “mala praxis” por “decoro profesional”, pero en realidad eran burdas falacias, como sentenció la exmandataria poco después de culminar el alegato.

Destrozó, además, las hipótesis de que las obras no se hicieron o que no conducían a ningún lado o que los fondos no tenían control alguno. Pero, sobre todo, respecto a Cristina, demostró que no hubo un solo testigo que dijera que la expresidenta sugirió o pidió algún cambio para favorecer a nadie.

Tres semanas atrás, la vicepresidenta había denunciado que el juicio que enfrenta es en realidad “contra todo el peronismo” y consideró que se trataba de una “ficción” sin pruebas. Culpó a los fiscales de adoptar el guion de los medios de comunicación hostiles y aseguró que la sentencia en su contra “ya estaba escrita”.

El juicio contra Fernández de Kirchner y una docena de colaboradores —entre los que destacan el citado Báez, el exministro de Planificación Federal Julio de Vido y el exsecretario de Obras Públicas José López— comenzó en mayo de 2019 y se espera que el Tribunal Oral Federal 2 de Buenos Aires dicte sentencia antes de que termine el año.

Atentado con chapuceras evidencias

Cristina es fuerte políticamente/Página 12

Cuatro detenidos hay hasta ahora por el intento de magnicidio contra la vicepresidenta Cristina Fernández frente a su residencia en Buenos Aires, el pasado 1 de septiembre.

La banda “Los copitos” se hacían llamar estos delincuentes que era vendedores de algodón de azúcar y que, raramente, planificaron el atentado y no se preocuparon por ocultar pruebas tan evidentes como los teléfonos celulares que usaban para comunicarse y donde dejaron hasta los mensajes sobre la planificación que se pasaban entre ellos.

Por unos de esos recados se pudo saber que se planeaba asesinar a Máximo Kirchner, el hijo mayor de la vicepresidenta.

En un mensaje de texto hallado en su teléfono celular, Gabriel Carrizo, el cuarto detenido y jefe de la banda, le comentaba a una persona registrada como Jony White tan solo dos horas después del fallido ataque contra la exjefa de Estado: “Estamos pensando en matar al jefe de La Cámpora esta vez. Están llegando todos. Vamos a tener una reunión grupal”. Dijo que se trató de “una broma” cuando le contó por mensaje a un familiar suyo que había aportado un arma calibre 22 para el atentado.

Carrizo es el jefe de Los Copitos. En el resto del grupo hay una mujer, Brenda Uliarte, y el integrante Fernando Sabag Montiel fue quien gatilló el arma a centímetros de la cabeza de CFK, el 1 de septiembre. Uliarte, que estaba allí, huyó con disimulo entre la gente. Horas después, escribió a Carrizo frustrada por el resultado del ataque. “La próxima vez voy y gatillo yo”.

El 2 de septiembre al mediodía, Uliarte, Carrizo y otros cuatro integrantes de la banda se plantaron frente a la cámara de un telediario para aclarar que no tenían nada que ver con el atentado. Afirmaron entonces que Sabag Montiel, atrapado en el momento del ataque, era un lobo solitario que había ocultado sus planes al resto de sus compañeros. La mentira duró poco.

El día del ataque, el líder de la banda cambió su estado de WhatsApp con una amenaza al presidente Fernández. “¡Seguro el próximo sos vos, Alberto! ¡Tené cuidado!”. La frase convenció a Fernández de que era el próximo objetivo de la banda de Los Copitos.

La justicia imputa hasta ahora a Sabag Montiel y Uliarte como autores del intento de asesinato a la vicemandataria; Carrizo, preso, en espera de que se decida si será procesado.

No se ha podido determinar aún si la cadena de responsabilidades termina en Los Copitos. No se tiene pruebas contra los otros tres que trabajaban bajo las órdenes de Carrizo, ni han encontrado evidencias de que haya detrás un cerebro con intereses políticos más sofisticados. Pero, a medida que se conocen nuevos detalles del atentado aportados por las comunicaciones entre quienes perpetraron el hecho, surgen pistas que conducen a la actividad de alguien que “necesitaba dejar chapuceras evidencias” para desvirtuar la atención.

Si Brenda Uliarte y Sabag Montiel querían entrar en la historia, ya lo hicieron. Pero condenados por un intento de magnicidio que, con total seguridad, no decidieron, ni planificaron, aunque parezca lo contrario.

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Un comentario

  1. Si, pero esto nada tiene que ver con la inflación que desde que Perón ascendió al poder, en 1946, comenzó a enquistarse en la Argentina. Una cosa es la politica y lo judicial y lo otro es cómo están viviendo los 48 millones de argentinos. Al menos la mitad de la población sufre escazes de todo. Argentina vive, desde hace décadas de los préstamos internacionales. Es una espiral que la hunde más de la dependencia de la banca internacional. Los gobernantes de izquierda, como los actuales, debieran ser consecuentes y parar el endeudamiento internacional y no pagar la deuda internacional de una vez por todas. Y aprehender a vivir autárquicamente.

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