Un lugar para volver
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Dedicado a estudiar y difundir la obra y la vida del líder revolucionario, el Centro Fidel Castro Ruz celebra su primer aniversario.


A diferencia de los adultos que allí estábamos, a Manu y a Rocío no les avergonzaba emocionarse, deslumbrarse, dejarse llevar por la magia del lugar. De pronto, en la Sala Cuba del Centro Fidel Castro Ruz, ante la vitrina donde se exhiben algunas condecoraciones, el pequeño de cuatro años le dijo a su amiguita: “¡Viste qué lindas, Rocío!”

Mientras, Julio César Hernández Diez, museólogo de la institución –donde en un año han acudido más de 80 000 personas– explicaba a los visitantes la exclusividad de un busto del Comandante, obsequiado por el presidente chino Xi Jinping, durante la última visita a la Isla. “Este centro fue creado con carácter excepcional”, apunta.

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A través de diferentes soportes tecnológicos el público interactúa con la vida y la obra de Fidel. / Leyva Benítez

Para ese momento los chicos del grupo se han adelantado. Andan por un hermoso pasillo de columnas con aforismos martianos y fidelistas que se entrelazan formando rombos en su cúspide. Estamos en la Sala Maestro y Discípulo, donde el simbolismo es mayúsculo.

Iluminación y tecnología convergen para provocar sensaciones. Las frases de Martí y Fidel sobre un mismo tema se despiertan e irradian luz al detectar movimientos. Un vitral singular une a los dos grandes de la patria. El rostro de uno se transforma en el perfil de otro, como si un siglo se detuviera para que el más universal de los cubanos contemplara a su mejor aprendiz.

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El museólogo les muestra a Manu y a Rocío el vitral donde ocurre la transfiguración. / Leyva Benítez

El guía nos invita a pasar la sala Fidel en el Tiempo. Manu pide permiso entre la gente, está ansioso por descubrir tesoros. Una vez dentro, se encuentra -nos encontramos- con un “simple” mortal. El pequeño se compara con el de las fotos (a dimensión natural). Lo vemos algo serio. ¡Ah! es que a los tres años Fidel era más grande que él. “Pero Manu, claro que es más alto que tú, recuerda que él es un gigante”, lo animamos.

Aquí la imagen cobra protagonismo. En plural disposición bordean toda la habitación de forma cronológica. En el Centro hay pantallas interactivas con detalles insospechados: su nombre de bautismo (Fidel Hipólito), la foto junto a otros jóvenes como en ademán de piropear a una muchacha; la historia de cuando pasó 48 horas socorriendo a la población del Cauto bajo los azotes del ciclón Flora y se quedó dormido encima de un camión; el traje de gala con el que despidió a los Mártires de Barbados.

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La historia se palpa en el ambiente. / Leyva Benítez

Al lado, el salón La Palabra tiene algo que se mimetiza con el sentimiento de cada persona por Fidel. Al oír su voz y ver su imagen algunos enmudecen, a otros los pelos se le ponen de punta, hay quien necesita sacar un pañuelo del bolsillo… A Manu no le dio pena aplaudir.

En la Sala Solidaridad uno no puede menos que sentirse orgulloso de Fidel. Lo vemos donando sangre a las víctimas del terremoto de Perú. En una vitrina, uno de los trajes usados por nuestros médicos internacionalistas en el enfrentamiento al ébola; en otra, una escafandra utilizada en la lucha contra la covid-19.

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Uno de los objetos que más atraen la atención es la camiseta obsequiada por el futbolista brasileño Ronaldo. / Leyva Benítez

Cilindros de luz que forman un mapa del mundo llevan las riendas del sentimiento en este espacio. Los de color verde indican los muchos países a los que nos unen vínculos solidarios. Colocando los pequeños tubos en la mesa interactiva se consigue acceso a diversos documentos relacionados con esa hermandad internacional.

No deja de sorprendernos el más pequeño de la tropa: “¿Y de qué están hechos los cilindros?”. “De acrílico, Manu”, le respondemos y nos reímos a carcajadas mientras subimos al segundo piso, a la Sala Guerrillero. Está la réplica del yate Granma y un traje de su campaña rebelde en la Sierra.

En La Comandancia el público puede acceder al Fidel estratega, mediante productos audiovisuales de excelente producción. Fidel es un País se nombra otra de las áreas expositivas. Ahí se viaja a la Cuba antes de 1959 y a la Isla en Revolución.

“Ahora vamos, tal vez, para la sala más conmovedora”, advierte el guía: “Fidel es Fidel”. Se apagan las luces, se encienden las emociones cuando escuchamos decir en voz de Almeida que el Comandante “le dio la dignidad al negro, a la mujer, al niño”. Y cuando Raúl dice: “Fidel es insustituible”, el volcán de la añoranza estalla.

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El argentino Hugo Ripa asegura que volverá al Centro. / Leyva Benítez

Después de ese relámpago de espiritualidad es preciso tomar aire fresco y vamos al jardín, donde cada elemento y planta evoca un episodio, un lugar de la vida guerrillera de Fidel. Allí está el último jeep que montó; su foto tomando en jarro algo que le ofrecieron unas campesinas camagüeyanas. A pocos metros, Manu está emocionado con los pececitos de la cascada. “¡Mira Rocío, una carpa!”.

El espíritu del argentino Hugo Ripa, quien visita Cuba por primera vez, también está inquieto. Confiesa que, como seguidor de Fidel, la experiencia lo enorgullece. Pero reclama más tiempo. “Claro, no podés estar todo el día aquí pues son muchos grupos, grandes por demás. Me hubiese gustado estar desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde porque es un lugar muy emotivo y te llevas una idea clara del humanista que fue Fidel.

“Me gustó la interacción entre la tecnología y el visitante, los ambientes sobrios como le hubiese gustado a Fidel, te dejan filmar lo que quieras. Me gustó todo”. “Entonces si vuelve a Cuba, ¿volverá al Centro Fidel Castro?”, le pregunto. “Cuando vuelva a Cuba no, mañana mismo”, responde de inmediato. Seguramente también Manu regresará algún día –como miles– en busca de Fidel.

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De los ríos La Plata y Carpintero trajeron las rocas para el salto de agua. / Leyva Benítez

CRÉDITO

Fotos: Leyva Benítez

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