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Publicado el 26 Marzo, 2021 por Redacción Digital en Bohemia Vieja
 
 

Un rato de charla con Lupe Vélez

A Lupe le gustaba su casa, los diamantes y que la dejaran
Foto de Lupe Vélez.

Foto de Lupe Vélez.

Les presentamos a continuación un texto publicado en número 23 de la revista, el 8 de junio de 1930, donde el autor cuenta una visita realizada a la célebre actriz, bailarina y vedette mexicana, Lupe Vélez. La estrella de Hollywood, cuyo nombre real era María Guadalupe Villalobos Vélez, fue famosa por sus actuaciones donde desplegaba un carácter imponente, energía colosal y belleza extraordinaria. Una mujer “salvaje e irreverente” que se ganó los sobrenombres de: “Dinamita mexicana”, “La Chinampina” y “Chica Chile Picante”. A los 36 años, después de una agitada existencia y víctima de varios romances fatídicos, se quitó la vida en su casa de Beverly Hills, el 13 de diciembre de 1944, al ingerir una dosis mortal de seconal, un medicamento que deprime la actividad cerebral y produce una acción inhibidora sobre el sistema nervioso de manera generalizada.

Por El Caballero de las Orquídeas

Tengo una afición loca por saber lo que cuesta el salir con una estrella cinematográfica a la calle; y es afición me ha costado ya algunos pesos, amén de bastantes percances. Esta vez, estaba tratando de lograr una cita por teléfono con la linda mexicana Lupe Vélez, cuando a través de los hilos telegráficos cruzaron estas dos preguntas:

  • ¿De modo que lo que usted quiere es pasar un rato conmigo? Bien, ¿a dónde iremos y qué haremos?

La pregunta era directa como una flecha y no se prestaba para evasivas.

¿Le gustaría a la Lupe, siendo mexicana, asistir a una corrida de toros? Pero, no, era imposible, puesto que las corridas de toros están prohibidas en Hollywood. Absurda diferencia, pensé yo: pues si todo el mundo tiene derecho a pelear, ¿por qué las corridas de toros están destinadas a desaparecer? En México es algo muy distinto, pero en Hollywood un toro es solo el marido de una vaca y pare usted de contar.

  • Bueno, ¿qué le parecería una corrida a la mexicana, para empezar, Lupe?
  • No me gusta ese programa.
  • ¿Y si le prometiera llevarla a un teatro mexicano en la ciudad de Sonora?
  • No le diría que no. Pero mire, venga primero a mi casa a comer. Le daré una espléndida comida y será mejor que ir a cualquier otra parte de la ciudad. Después de esto, ya decidiremos lo que habremos de hacer.

Salí de la casa despreocupadamente sin saber si la fiesta acabaría con un amigable baile en el “Roosevelt” o en el “Ambassador”, o si el epílogo sería una inocente excursión campestre. Llevaba encima suficiente dinero para divertir a Lupe, satisfaciendo todos sus caprichos, a menos que no se le antojase que le comprase la compañía cinematográfica de “United Artists”.

Cuando salí de su casa tenía más dinero que cuando entré, o por lo menos debía haber tenido más. Ella no pudo resistirse a la costumbre de echar una partida de solitario a cinco centavos la carta. Es la primera cita en la que al irme, la muchacha amiga me ha quedado a deber dinero.

Siempre había sentido deseos de saber quién era la persona que habitaba la más linda casa de puro estilo mexicano de Beverly Hills. Ahora, mis queridos lectores y lectoras, les voy a poner en el secreto; pero por Dios, no me descubran. Allí vive Lupe Vélez.

Un criado de color me introdujo en el vestíbulo.

  • ¿Who eees eeet? – Preguntó Lupe en un detestable inglés, atisbando desde la balaustrada superior de la escalera. – ¿Ah, es usted? ¿Conoce a Gary? Hable con Gary hasta que yo baje.

Hasta el presente todavía no me he podido dar cuenta si mi cita fue con Lupe o con Gary Cooper. Gary estaba presente cuando yo llegué, y seguía estando a la vista cuando me retiré a la una de la madrugada.

Lupe Vélez junto a Gary Cooper.

Lupe Vélez junto a Gary Cooper.

Al cabo de un larguísimo espacio de tiempo en que estuvimos hablando de golf, de aeroplanos y de cincuenta cosas sin interés, Lupe gritó desde arriba:

  • Suba usted para que vea mi cuarto.

Me quedé patidifuso. En esa habitación pueden jugar un match de balompié dos equipos tan completos como los de las universidades de Yale y Harvard, y todavía quedaría espacio para un partido de golf y otro de tennis. Hasta la cama es grande, pues tiene ocho pies cuadrados. El cuarto está ambientado con un estilo extremadamente modernista. Es una bonita habitación… para la Lupe. A mi no me gustaría dormir en él, pues me parecería estar en un cine.

Lupe está más orgullosa de su casa que de otra cosa alguna, excepción hecha de los cumplidos de Gary. La casa es nueva. En la biblioteca no hay nada más que una lechuza embalsamada que Gary cazó en Montana. Pero esto no es de extrañar, porque en Hollywood hay muchas bibliotecas particulares que no tiene nada, ni siquiera un mochuelo disecado.

El criado empezó a anunciar la comida a las ocho. A las ocho y media, seguía anunciando, aunque con una voz un poco desfallecida. Gary, al fin encabezó la procesión hasta el comedor. Me senté a la cabecera de la mesa en la silla reservada para los invitados. En el otro extremo se sentó Gary. A mi derecha, Lupe. Afortunadamente no había nada para trinchar.

  • No me gustan estas condenadas sillas altas, – dijo Lupe- Son tan incómodas.

La comida fue excelente y sustancial, y servida perfectamente.

Cocktail de frutas, sopa, pollo, habas de Lima, pudín de chocolate con crema batida, cookies (pequeños bollos dulces) y café.

Refrescamos los gaznates con crema de menta, que quema como nuestro famosos Bacardí.

  • ¿No es esto mejor que salir a la calle? – preguntó Lupe.
  • Y bien, – le contesté con una de mis mejores sonrisas, y mirando con el rabo del ojo a Gary.
  • Siempre me gusta más quedarme en casa, pues puedo hacer todo lo que me viene en ganas. Cuando salgo, enseguida me asaltan para tomar fotografías. Yo he nacido para señora. Aquí puedo cantar y bailar y pasar el rato divertida. Tengo entrada libre a todos los cines y teatros, y sin embargo, no voy. Hace un año que no voy por “Mayfair”. Y si salgo con Gary, la gente dice que lo hago por publicidad. Nosotros somos amigos, muy buenos amigos; pero no haga caso a nadie si le dicen que somos novios, porque no es verdad.
  • Si eso es amistad, que baje Dios y lo vea, pensé yo para mi coleto; ya que Lupe no recibe a nadie sin tener a Gary de escolta en la casa.

Antes de levantarnos de la mesa, Lupe nos hizo unas cuantas imitaciones de La Goudal, Gloria Swanson y Dolores del Río. A Lupe le gusta con delirio que le digan que se parece a la Swanson.

Después de la comida nos fuimos a retozar un poco con los perros al jardín. ¿Ha jugado usted alguna vez con perros en algún jardín? Yo, por lo menos, desde que nací, no lo había hecho nunca.

La colección de animales de Lupe es variada y numerosa. Hay dos perros Chihuahuas, un gato persa, un canario, un perro danés y un cachorro de bulldog.

Este último pertenece a Gary, pero conoce todos los vericuetos del jardín de Lupe al dedillo. A cada momento hay que estar pescándolo en la piscina.

El “bull-dog” es cómico de nacimiento. Como su forma lo hace parecer que está pegado a la tierra, da la impresión de que siempre está sentado. Nos divirtió durante más de media hora tratando de coger los rayos de luz de una linterna eléctrica.

  • Mire este condenado perro. ¡Pero qué feo es! Lo odio bárbaramente. Y porque lo odiaba tanto, lo tuvo en su regazo largo rato. ¡Eterno espíritu de contradicción del alma femenina!

Lupe también dice que odia los Packards, pero cuando ella va sentada al lado de Gary, en su gran carro de turismo, de color chocolate, no parece estar sufriendo una gran agonía, por cierto, Lupe tiene también dos carros: un Cadillac blanco y un carro cerrado para la ciudad.

  • Por largo rato anhele un Rolls-Royce más que a nada en el mundo, – dijo ella- Pero ya no me interesa. Ahora gasto todo mi dinero en la casa y en diamantes. Me gusta con delirio la joyería. Sin embargo, no es de extrañar mi predilección. En un caso determinado uno no puede vender los automóviles pero sí puede deshacerse de los diamantes, dándolos a un noventa por ciento de su valor.

Desconocía ese detalle, pues jamás he podido comprar ni vender diamantes.

La encantadora Lupe ha comprado precisamente en estos días, dos valiosos brazaletes de diamantes. Su ambición es llegar a tener siete de ellos.

Otra ambición que la domina es la de tener $300, 000.

  • ¿Por qué las estrellas seguirán trabajando después de tener bastante dinero? – preguntó ella- Si yo tuviese trescientos mil pesos iría a París y compraría todos los vestidos y todas las pieles. Durante cinco años viviría a mi plena satisfacción. Después de esto, poco me importaría lo que ocurriese. Cinco años de bienestar, diversiones, lujo, alegría, risas… ¿Qué más se puede desear, verdad?


Redacción Digital

 
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