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Publicado el 30 Marzo, 2015 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

CARLOS J. FINLAY

El hombre que alcanzó el horizonte

Por TONI PRADAS

Carlos Juan Finlay descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla.

Carlos Juan Finlay descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla.

“Dios quiera que se encuentre algún nuevo organismo específico de esas víctimas de la ignorancia médica”, había refunfuñado el químico y biólogo francés Louis Pasteur, bastante pesimista con respecto a la fiebre amarilla.

El fundador de la microbiología, luego de sufrir virulentas burlas de seres incapaces de imaginar la letalidad de microscópicos organismos, había logrado demostrar su teoría sobre los gérmenes como causantes de enfermedades (patógenos), inventar el proceso que lleva su nombre y hasta desarrollar vacunas contra varios padecimientos, incluida la rabia. Pero la fiebre maligna se le escapaba hacia una inhóspita tundra de la medicina.

Hasta que el 14 de agosto de 1881 un caballero de 47 años, el cubano Carlos J. Finlay, venciendo su tartamudez, tomó venganza por Pasteur al explicarle al mundo el Alfa y Omega de una teoría suya, sobre el proceso de transmisión de esa enfermedad infecciosa, no contagiosa, potencialmente epidémica, causada por un virus y caracterizada frecuentemente por fiebre alta e ictericia.

Hizo más: con su índice acusó como responsable al mosquito Culex fasciatus, hoy conocido como Aëdes aegypti, una especie semidoméstica cuya hembra, al picar a un humano para cebarse con su sangre, inyecta en la herida un poco de su fluido salivar y con este deposita el germen. Vaya beso de la muerte…
Vómito negro, fiebre jaune, tifus amarillo, peste hemogástrica… varios calificativos describían un mismo miedo. Plaga, pestilencia, fiebres malignas, la consideraron los colonizadores llegados a Santo Domingo y a Tierra Firme. En México la aborrecían con el nombre de cocolitzle. Para los mayas era el xekik (vómito de sangre, que “no parece verdadera sangre, sino como un líquido mezclado de hollín”) y para los caribes, poulicantina.

En carta que le escribiera a Finlay el historiador, filólogo y obispo de Yucatán, Cresencio Carrillo y Ancona, le comentaba sobre algo que tradujo de los Códices Mayas de Chumayel y Tizimin: la primera epidemia de xekik que vieron los españoles en 1648 era la cuarta allí registrada; por tanto, tres de estas ocurrieron antes de la llegada de las espadas y las cruces hispanas.

El primer estrago en Cuba, que se conozca, fue en 1620 y no se repitió hasta 1649. Se infiere entonces que el villano mosquito no perteneció originalmente a la fauna local, sino que poco a poco se fue desarrollando una raza capaz de acomodarse al clima de la Isla, más fresco que el de Santo Domingo o el de Veracruz.

La doctrina finlaísta bien cabe entre los pulgares de una simple ecuación: El mal se transmite desde un sujeto enfermo a uno sano a través del mosquito, completando así la cadena epidemiológica. No obstante, la tartamudez de la explicación resultó más veloz que su comprensión por parte de los sesudos de entonces.Era como revivir el mito de Sísifo, o tener que penar la condena de quien camina hacia el horizonte, pero al llegar a la meta se mantiene ese contorno a igual distancia, inalcanzable.

En verdad parecía descabellada la idea, si bien no era tan nueva. Ya en 1790, el médico irlandés John Crawford relacionó directamente a la fiebre amarilla con el contagio mediante insectos. Siete años después Benjamín Rush hizo notar la enorme cantidad de mosquitos presentes durante la epidemia ocurrida en Filadelfia. Y lo mismo otros colegas en 1802, 1812, 1833…

El ilustre médico Josiah Clark Nott publicó en 1848 un importante apartado que refutaba la teoría miasmática (la del contagio indirecto debido a la presencia de un “miasma” o efluvio contaminante). También postulaba que la fiebre amarilla y quizás la malaria, eran de origen animal o producidas por insectos.

En 1854, el venezolano Louis Daniel Beauperthuy afirmó que los insectos tuliparios eran los responsables de la propagación de la fiebre, con la inoculación justo en el momento del vampirismo. Por su acierto, se le considera el abuelo de la teoría de Finlay.Esos y otros trancos del conocimiento fueron ubicando al cubano a tiro de piedra para desenmascarar al Culex.

Sin contaminaciones

Que Finlay naciera aquí solo se debe a la tozudez del destino, con gustillo carpenteriano. Digamos que el padre, Edward Finlay Wilson (nacido en Hull, condado inglés de Yorkshire; graduado de medicina en Rouen, Francia), se enroló en una expedición europea que partió a América para ayudar en su gesta a Bolívar.

Pero un naufragio lo arrojó a la isla de Trinidad, en Barlovento, para más tarde recalar en Cuba. Ya casado con Maria Isabel Elisa de Barrés de Molard Tardy de Montravel, trinitense de origen bretón, se dispuso a ejercer la oftalmología en la ciudad de Puerto Príncipe, hoy Camagüey. Allí, el 3 de diciembre de 1833, nació su tercer hijo Juan Carlos, mejor conocido como Carlos J. Finlay.(Años más tarde el sabio cambió su firma para evitar confusiones con la de su primogénito, Carlos Eduardo, quien ya médico con renombre se dio a conocer como Carlos Finlay).

También resulta esotérico el papel de las enfermedades en esa familia. Al crecer el chico, iría al encuentro de estas para lograr su hazaña científica. Pero poco después de nacer, el miedo a los quebraderos de salud movió a los Finlay Barrés a La Habana, donde alternaron temporadas con el aire puro y el sol de un cafetal paterno en la cercana Alquízar para evitar posibles contagios.

El padre, sin duda, quería evitar cualquier contaminación, así fuera intelectual. Desconfiado de la educación que podría recibir en Cuba, embarcó al adolescente hacia Francia para estudiar el bachillerato. Las convulsiones de París que en 1848 proclamaron la II República, lo empujaron a Maguncia, Alemania. Ya calmada la agitación, regresó para terminar sus estudios en Rouen.

Carlos Juan y su esposa Adela Shine.

El 16 de octubre de 1865, el joven Carlos Juan se casó en La Habana con Adela Shine, mujer de elevada cultura, natural de la isla de Trinidad. Juntos tuvieron tres hijos. (Foto: Archivo de BOHEMIA)

Finalmente, los patógenos vencieron. Apenas se graduó, en 1851 Finlay sufrió un fuerte ataque de fiebre tifoidea que le dejó para siempre un retardo en la pronunciación y cierta tartamudez.De vuelta a casa, intentó cursar la medicina en la Real y Pontificia Universidad de La Habana, pero no le convalidaron sus estudios europeos. Por ello, cumplidos los 20, matriculó en el Jefferson Medical Collage, de Filadelfia, urbe que en aquellos días era el centro médico por excelencia de la Unión presecesionista.

Graduado en 1855 con excelentes calificaciones por su aprendizaje médico, literario y humanístico, hoy se le considera uno de los alumnos más eminentes que ha pasado por sus aulas. La universidad no solo le confirió el grado honorario de Doctor en Ciencias en 1902, sino que celebró el primer centenario de su graduación, declaró el 22 de septiembre como el Día de Finlay y erigió un busto en su honor en uno de sus salones principales.

Con su título en las manos, uno de sus profesores le propuso trabajar junto a él en Nueva York, mas Finlay prefirió regresar a Cuba donde –otra vez se le alejaba el horizonte– le suspendieron los exámenes de reválida. En 1856 se trasladó con su padre a Lima para probar fortuna durante un corto tiempo, y al año siguiente resolvió el reconocimiento de su diploma de doctor.

“El médico de los mosquitos”

- Erigido en memoria al descubridor, El Obelisco es hoy el símbolo del municipio capitalino de Marianao, zona donde Finlay realizó investigaciones sobre el vector de la fiebre amarilla. (Foto: HÉCTOR SP)

– Erigido en memoria al descubridor, El Obelisco es hoy el símbolo del municipio capitalino de Marianao, zona donde Finlay realizó investigaciones sobre el vector de la fiebre amarilla. (Foto: HÉCTOR SP)

En los comienzos de su carrera, ocurría en La Habana uno de los más grandes brotes de cólera y el joven Finlay fijó su atención en la Zanja Real del Cerro. Allí llegó a la conclusión de que la epidemia tenía como causa principal el agua infectada y que debía atacarse la enfermedad en su medio de transmisión.
Previsor, profiláctico y humano, así fue reconocido su profundo estudio que parecía posible tocar el horizonte. Sin embargo, fue censurado al considerarse una crítica a la gestión del Gobernador General español, que no había logrado controlar la epidemia.

Vale decir que no fue hasta 1885 que el iniciador de la bacteriología médica moderna, el alemán y Nobel de 1905, Robert Koch, describió el vibrión colérico como el causante de la enfermedad, y al agua como vía principal de su transmisión.

Y valga recordar también que 20 años después de plantearlo Finlay, la patogénesis del bacilo fue admitida en 1892 y fue considerado el cólera una enfermedad contagiosa en su propagación, de manera que su profilaxis descansa en destruir las excretas del enfermo y en esterilizar el agua de consumo público.

En Cuba numerosas obras reflejan la admiración del pueblo a uno de sus más insignes científicos: Carlos Juan Finlay

Numerosas obras en Cuba reflejan la admiración del pueblo a uno de sus más insignes científicos, desde esculturas y pinturas hasta universidades y hospitales que ostentan su nombre. (Foto: Archivo de BOHEMIA)

Hoy, aquel abierto conducto estudiado por el camagüeyano se extiende hacia La Habana Vieja bajo el pavimento y los bicitaxis de la calle Zanja, oficialmente bautizada como Avenida de Finlay.El inquieto investigador también husmeó con su luz en otras sombras de la medicina: lepra, enfermedades de la visión, malaria, beriberi, corea, tuberculosis y absceso hepático. Incluso descubrió la existencia en Cuba de males como el bocio exoftálmico, la filariasis y la triquinosis. Gracias a su observación sobre el tétanos infantil, fue posible disminuir la mortalidad por esa causa.

Menos conocido pero bien documentado fue su interés por materias como la física, la química, la meteorología, las matemáticas, la historia, la filología y la traducción del idioma alemán.Con todo, Finlay tuvo serias dificultades en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana desde que presentó como trabajo de admisión su etiología de la fiebre amarilla, en 1864. Solo fue aceptado ocho años después, luego de soportar una gavilla de ataques y vejaciones. ¿Acaso no era el loco al que le llamaban “el médico de los mosquitos”?

En el templo de la sapiencia

Luego de Finlay llevar 15 años haciendo investigaciones por su cuenta, llegó a La Habana en 1879 una comisión del Servicio de Sanidad de los Estados Unidos para hacer un estudio sobre la fiebre amarilla. La colaboración entre científicos de ambas orillas le proporcionó al cubano una nueva técnica en la proyección de las investigaciones, pero se desvió el rumbo: para los del norte, la contagiosidad debía buscarse en la alcalinidad de la atmósfera.

Como miembro de la delegación española, en representación de Cuba y Puerto Rico, el doctor Finlay participó en una conferencia sanitaria internacional celebrada en Washington el 18 de febrero de 1881. Allí explicó que era preciso postular un agente cuya existencia fuera completamente independiente de la enfermedad y del enfermo, capaz de trasmitir el germen de la fiebre amarilla, del individuo enfermo al sano.El mundo supo entonces cuánto talento había en ese hombre de ojos claros, moderado actuar, excelente vestir y, sobre todo, seguridad en sí mismo. Aun así, no fue aplaudida su teoría.

Ya en Cuba, continuó su estudio de más de 600 especies de mosquitos y comprobó que solo el Culex era capaz de ser el vector del morbo. Los experimentos realizados con voluntarios le dieron la confirmación necesaria a su hipótesis. Asimismo, descubrió que un individuo picado por un mosquito infectado quedaba inmunizado de cara a futuros ataques de la enfermedad. De ahí nació el suero contra la fiebre amarilla.

El genio además formuló las reglas básicas para la erradicación del insecto, con lo que dio inicio al método sanitario-social conocido como lucha antivectorial que aún se practica.Entonces presentó ante la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana esos resultados que, de paso, sanarían las heridas del alma de Pasteur. Esta vez si fue acogido en el templo de la sapiencia, a pesar de que el silencio apareció nuevamente: sus colegas no entendían una verdad que rompía con teorías hasta ese momento insuperables.

Enchufando siglos

“Él se abrió con sus propias manos las puertas de la inmortalidad”, publicó BOHEMIA hace un siglo, al conocer que Finlay había muerto.

– “Miliciano de la civilización, liquidó con un saldo excesivo a su favor, porque conservó millares de vidas a la humanidad a cambio de su existencia; en una palabra: él se abrió con sus propias manos las puertas de la inmortalidad”, escribió BOHEMIA hace cien años, al reportar la muerte de quien fuera el primer ministro de salud de la República.
(Foto: ARCHIVO BOHEMIA)

En 1889 y 1899 fueron enviadas a La Habana la segunda y tercera comisiones norteamericanas, y tampoco prestaron atención a la teoría. La cuarta comisión, presidida por el médico militar Walter Reed e integrada por James Carroll, Arístides Agramonte (cubano que residía en los Estados Unidos) y Jesse Lazear, fue creada a solicitud del gobernador militar norteamericano en Cuba, Leonard Word, al afectar la epidemia a muchos soldados del ejército de ocupación, instalado en la Isla desde 1898.

La comisión llegó a Cuba en junio de 1900. Un mes después, dos médicos británicos, de paso por La Habana, conocedores de trabajos recientes sobre la transmisión del paludismo por el mosquitos Anopheles, sugirieron prestar atención a Finlay.

Eso hizo la Comisión. De visita en la casa, recibió del anciano varias de sus publicaciones, algunas recomendaciones y huevos del mosquito Culex, obtenidos por él en su laboratorio doméstico.

Jesse Lazear, el único miembro familiarizado con trabajos sobre posibles vectores biológicos, comenzó a realizar sobre sí mismo y algunos voluntarios, inoculaciones experimentales con picadas de mosquitos de los huevos suministrados por el cubano. Al parecer, sin la aprobación formal de Reed. Dos voluntarios enfermaron. También Lazear, quien 13 días después murió.

Al conocer sobre el fallecimiento, Reed, que estaba en su país, regresó rápidamente a la Isla. A partir de las notas de Lazear preparó apresuradamente una comunicación acerca de los resultados que atribuyó a la comisión que presidía, y la presentó el 22 de octubre de 1900 ante un evento científico en Estados Unidos.

Monumento al descubridor en Ciudad de Panamá.

Con este monumento, la ciudad de Panamá agradece a Finlay su aporte decisivo a la construcción del Canal, pues muchos obreros murieron víctimas de la fiebre amarilla.
(Foto: ELSA M. RODRÍGUEZ / LA GACETA DE PUERTO PRÍNCIPE)

Así fue que abandonó su escepticismo, admitió la validez de la hipótesis de Finlay, y advirtió falazmente que este no había logrado demostrarla. “Mi teoría”, llegó a decir y creerse, y logró que en su tierra lo elevaran al rango de “descubridor de la causa de la fiebre amarilla”, sobre todo después de su muerte en 1902.

Y ni siquiera así se le dio universal crédito a la tesis del mosquito. Solo fue posible cuando se eliminó en La Habana una epidemia de fiebre amarilla en 1901, gracias a la campaña dirigida por el médico militar estadounidense William Gorgas, basada en las recomendaciones formuladas anteriormente por Finlay.
El propio Gorgas, un buen ejemplo de que es posible la colaboración fructuosa entre las dos naciones, reconoció la razón que le asistía a su colega cubano. A la vez, Finlay, con su desinterés, ascendió a ser la inspiración de un país que en el centenario de su muerte, ocurrida el 20 de agosto de 1915, se proyecta en ser de hombres de ciencia y, como él, alcanzar el horizonte del conocimiento.


Toni Pradas

 
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