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Publicado el 15 Septiembre, 2017 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

ENTOMOLOGÍA

Eso que anda

El mundo le hace la guerra a epidemias como el dengue, el zika y la malaria, y con ciencia de punta ataca por su flanco vectorial: los mosquitos

Por TONI PRADAS

Investigaciòn, larvas mosquitos.

(Foto: PUBLIMETRO)

Maldita la hora en que Noé alojó en su Arca una pareja de mosquitos para salvar la especie del Diluvio Universal.

Es cierto que les dio cobija a otros animales asesinos, como los tiburones, pero estos apenas promedian la muerte de unas 10 personas cada año. Más crueles son las serpientes, que con su mirada vidriosa se apuntan anualmente unos 50 000 decesos.

No hay modo de que temblemos ante un mosquito, aun cuando es el responsable de la muerte de más de 725 000 individuos cada año. No lo dude: es el animal más letal del orbe, incluso más que el mismísimo ser humano, que tiene el triste honor de ser el responsable de 475 000 personas muertas cada 12 meses.

Si estos dos homicidas se confabularan… Afortunadamente, el hombre-mosquito no existe, como no sea en las leyendas de algunos nativos sudamericanos. Según se narra de chamanes en comunidades y de padres a hijos, esta criatura mitológica de la selva tropical es capaz de succionar la sangre de animales con su larga nariz, semejante a un gran mosquito XL. Como para comerse las uñas…

Pero el insecto que conocemos no necesita ser inmenso para amargarnos la vida. Con una simple picada es capaz de quitarnos una buena siesta, hospitalizarnos, y hasta reservarnos sepultura.

Recientemente, el día en que comenzó la serie nacional de béisbol, una de las expectativas de los aficionados era el debut del manager Víctor Mesa y su hijo Víctor Víctor en el equipo Industriales. Ante la tele, el padre explicó que su heredero no jugaría esa tarde porque tenía zika… “eso que anda”. Al ser entrevistado el joven, afirmó estar mejorando de su convalecencia por dengue.

El mosquito Aëdes aegypti, una verdadera pesadilla para Cuba y buena parte del mundo. (Foto: Medicinapreventiva.com)

El mosquito Aëdes aegypti, una verdadera pesadilla para Cuba y buena parte del mundo. (Foto: Medicinapreventiva.com)

Muchos se preguntaron cómo pudieron contradecirse los dos familiares con respecto a la enfermedad. Pero bien visto, el lapsus tuvo una lógica: el zika y el dengue –y tambien el chikunguña– son dos infecciones virales que transmite el mosquito Aëdes aegypti.

Como sea, el resultado fue el mismo: Vector, 1; Víctor Víctor, 0.

“Fiera” entre las fieras

Eriza sentir el zumbido en oído, espanta su vuelo cerca de los ojos y hace chillar su obscena picada. Sin embargo, lo que ha hecho del bicho culícido un animal de respeto no es siquiera que se alimente de nuestra sangre o su trompa, sino su capacidad de transmitir virus y otros parásitos causantes de patologías devastadoras.

Científicos franceses y estadounidenses han producido un modelo transgénico del Anopheles stephensi, invalidado para transmitir la malaria. Potencialmente, esta cualidad puede mantenerse en poblaciones silvestres y transferirse a través de generaciones. (Foto: JIM GATHANY /CENTERS FOR DISEASE CONTROL & PREVENTION)

Científicos franceses y estadounidenses han producido un modelo transgénico del Anopheles stephensi, invalidado para transmitir la malaria. Potencialmente, esta cualidad puede mantenerse en poblaciones silvestres y transferirse a través de generaciones. (Foto: JIM GATHANY /CENTERS FOR DISEASE CONTROL & PREVENTION)

El Anopheles, por ejemplo, es un mosquito que habita prácticamente en todo el planeta. Cuenta con 400 especies, de las cuales 30 a 40 transmiten cuatro parásitos diferentes del género Plasmodium, causantes de la malaria humana. Su ficha policial es impresionante: mata cada año a 400 000 personas, principalmente niños, e incapacita por varios días a más de 200 millones.

En tanto, el Aëdes aegypti se precia de ser el agente transmisor de males como el dengue (propagado también por el mosquito tigre o Aëdes albopictus), que causa entre 50 y 100 millones de casos anuales; la fiebre amarilla, con alta tasa de mortalidad; o la encefalitis japonesa, que cobra más de 10 000 muertes cada año. El virus del Zika, que tiene efectos neurológicos graves y, a largo plazo, en bebés de madres infectadas durante el embarazo, es otro que viaja de polizón en las entrañas del aegypti.

Conocido también en castellano como cénzalo, cínife o zancudo, el monstruo de cuatro patas se reparte su existencia entre más de 2 500 especies que se encuentran en todas las regiones del planeta, excepto la Antártida. El mosquito, como quiera que caigan los dados, es muy mañoso para adaptarse a nuevos ambientes.

El Aëdes aegypti, digamos, se ha adaptado perfectamente al ambiente urbano, donde se alimenta a sus anchas de sangre humana y pone sus huevos en cualquier recipiente fuera o dentro de las casas. Semejante descaro no lo permitió el hombre y fue por eso que, besando su espada, se juró derrotarlo en infernal guerra.

Pero muchas especies, incluyendo el Anopheles, desarrollaron su capacidad de resistencia contra insecticidas comúnmente usados y cambiaron su comportamiento: Astutamente, el alado ahora se alimenta fuera de las viviendas y en horas más tempranas, para evitar las redes mosquiteras y las casas fumigadas.

Y pensar que todavía hay quien se ofende si le llaman “cerebro de mosquito”.

De las tres gotas de sangre a la fumigación

Cuenta una leyenda vietnamita que Ngoc Tam, un modesto agricultor, perdió repentinamente a su ambiciosa esposa Nhan Diep y para revivirla fue hasta la montaña de Thien Thai, un genio que había viajado por el mundo para dar a la gente la oportunidad de aprender sobre la ciencia y la medicina. El sabio le ofreció a Ngoc Tam el honor de convertirse en su discípulo, mas él se negó: solo quería que le devolviera la vida a su esposa.

“¿Por qué se aferran a este mundo de amargura?”, resopló el viejo. Luego le concedió el deseo pero advirtió que se arrepentiría.

Para resucitarla, Ngoc Tam debió cortarse la punta de un dedo y dejó caer tres gotas de sangre sobre Nhan Diep, quien entonces abrió sus ojos como quien despierta de un sueño.

Pasado un tiempo, ella se marchó con un rico comerciante en su buque. Ngoc Tam la encontró un mes después, pero Nhan Diep se negó a regresar porque se había acostumbrado a su nueva vida.

“Eres libre”, le dijo el marido. “Solo devuélveme las tres gotas de sangre que te di. No quiero dejar el menor rastro de mí en ti”. Nhan Diep se pinchó la yema del índice, pero al brotar la sangre, murió. Desde entonces –cuenta la leyenda– regresa en forma de mosquito, tratando de recuperar las tres gotas que le devuelvan su vida de lujo.

También el escritor uruguayo Eduardo Galeano (“De los mosquitos”, en Memorias del fuego) fabuló sobre el origen del tenaz rival:

La malaria mata cada año a 400 000 personas, principalmente niños, e incapacita por varios días a más de 200 millones, sobre todo en África. (Foto: GETTY IMAGES)

La malaria mata cada año a 400 000 personas, principalmente niños, e incapacita por varios días a más de 200 millones, sobre todo en África. (Foto: GETTY IMAGES)

Muchos eran los muertos en el pueblo de los nookta. En cada muerto había un agujero por donde le habían robado la sangre.

El asesino, un niño que mataba desde antes de aprender a caminar, recibió su sentencia riendo a las carcajadas. Lo atravesaron las lanzas y él, riendo, se las desprendió del cuerpo como espinas.

–Yo les enseñaré a matarme– dijo el niño.

Indicó a sus verdugos que armaran una gran fogata y que lo arrojaran dentro. Sus cenizas se esparcieron por los aires, ansiosas de daño, y así se echaron a volar los primeros mosquitos.

Legendarias o no, todas las historias parecen dar por imbatible al culícido. Por eso los humanos empezaron a espiarle tiempo ha.

Ya en la Grecia antigua, el filósofo y naturalista Aristóteles le prestó atención, probablemente tras aplastarlo en su nuca con la palma de la mano. De él son las referencias escritas más antiguas sobre este insecto, al que nombró empis e incluyó entre aquellos seres que tienen una fase de vida terrestre y otra acuática. Para el erudito, el mosquito surgía por generación espontánea de los líquidos putrefactos, idea que primó hasta tiempos recientes.

Luego otros indagaron más, desde su morfología hasta las vulnerabilidades. Ya en 1790, el médico irlandés John Crawford relacionó directamente a la fiebre amarilla con el contagio mediante insectos. El notable galeno Josiah Clark Nott publicó en 1848 un importante tratado, proponiendo que la fiebre amarilla y quizás la malaria, eran de origen animal o producidas por estos artrópodos.

En 1854, el venezolano Louis Daniel Beauperthuy afirmó que los mosquitos eran los responsables de la propagación de la fiebre, al inocularla justo en el momento de la picadura.

Por su acierto, a Beauperthuy se le considera el abuelo de la teoría del cubano Carlos Juan Finlay, quien expuso en 1881 su invaluable descubrimiento: El Culex fasciatus, hoy conocido como Aëdes aegypti, era el vector que durante su misión de vampirismo contagiaba, con la saliva, la fiebre amarilla.

Por entonces, los métodos más socorridos para espantarlos eran las humaredas, un gajo de albahaca aprisionado en la oreja y el inefable manotazo o periodicazo. Insatisfechos, los químicos pensadores tomaron cartas en el asunto de manera protagónica, por lo que en la actualidad ya existen numerosos repelentes.

Los que mejor han demostrado su eficacia son los compuestos a base de DEET (N,N-Dietil-meta-toluamida), un líquido amarillento inventado para que los soldados estadounidenses pudieran escudarse de la malaria en las junglas asiáticas durante la Segunda Guerra Mundial. Tras caer en desuso por años, se convirtió en el “patrón oro” de los repelentes de insectos durante más de seis décadas. Pero, en verdad, su efecto tóxico le resta simpatías.

Menos agresivos resultan los que usan la cipermetrina como base (ejemplo, Lomaté, ese producto cubano de optimista marca), que ofrecen un control efectivo de insectos y baja toxicidad para los mamíferos. También los realizados a base de citronela, un derivado de cierta hierba, aunque su eficacia está puesta en duda.

Hoy, haciendo alardes de sus tecnologías, el hombre ha preparado nuevas armas contra el mosquito valiéndose de la informática. Existen aparatos y softwares que generan señales acústicas (ultrasonidos) y que se anuncian como eficaces repelentes. Sin embargo, su ineficacia ha sido demostrada por numerosos estudios. Otras son las barreras electromagnéticas, en fase de investigación aún.

De momento, los armamentos más fiables siguen siendo los mosquiteros y la fumigación en zonas urbanizadas. Pero los costos de esta última son altísimos y se precisa de voluntad para organizarse detallada y frecuentemente, si se quieren evitar seriamente epidemias propagadas por esas alimañas de patas a rayas.

La madre de las batallas

La vida de un mosquito hembra (que es la que pica) está llena de azares. Alimentarse implica encontrar una presa, evitar ser detectado por el animal, agujerear la dura piel y soportar las posibles respuestas inmunitarias de la víctima (por no mencionar el sopapo o el rociado con insecticida). Súmense a lo anterior los efectos de la temperatura de la sangre caliente, en estos seres de sangre fría.

Buscando puntos débiles que puedan ser explotados para combatir a estos insectos, un equipo de la Universidad Estatal de Ohio, en Estados Unidos, ha determinado mediante sensores colocados en las hembras, de qué modo estas se protegen del cambio de temperatura corporal durante y después de la ingestión de sangre. Según han descubierto, sus organismos producen proteínas de choque térmico que protegen la integridad de otras proteínas y enzimas, las cuales ayudan a digerir el fluido caliente y a mantener la capacidad de producir huevos.

El ejército humano quiere saber más, por eso ha echado garra a sus más avanzadas técnicas, a fin de desatar la madre de todas las batallas contra las hordas propagadoras de las peores epidemias.

En sus impolutos laboratorios, los científicos tratan de tomar un atajo genético para acabar con su contendiente. Así, expertos del Instituto Pasteur en París, Francia, y la Universidad de California en Irvine, Estados Unidos, han producido un modelo transgénico del Anopheles stephensi (fuente importante de malaria en India y Oriente Medio) que afecta el desarrollo normal del parásito. El resultado es alentador: el bicho no puede transmitir la enfermedad.

Este es el primer modelo de un vector de la malaria que posee una modificación genética, la cual, potencialmente, puede mantenerse en poblaciones silvestres y ser transferida a través de generaciones sin que afecte negativamente en otros aspectos.

Una de las ventajas de esta investigación es que se puede aplicar a docenas de tipos distintos de mosquitos que portan y transmiten el parásito Plasmodium falciparum, incluyendo a los de África.

La modificación realizada consiste, en esencia, en adaptar genes del sistema inmunitario de ciertos ratones; genes que son responsables de una reacción inmunitaria que mata a tales parásitos.

Por su parte, investigadores del Imperial College de Londres y de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, quieren engañar a la mosquita. Supieron –vaya chisme– que esta es incapaz de saber si el macho con el que se ha apareado es fértil o incapaz de fecundar.

Este conocimiento puede ser la base para desarrollar estrategias que interfieran en el éxito reproductivo de los mosquitos. De tal suerte, se induciría la esterilidad en un número lo bastante alto de machos y se aprovecharía la ignorancia de las hembras al respecto.

Es decir, por bellas que fueran no lograrían descendencia.

Es más: los científicos quedaron boquiabiertos al descubrir que después de aparearse con un machorro, la hembra no hacía ningún intento de encontrar otro compañero mejor plantado.

Mientras, en la Universidad Johns Hopkins, de Estados Unidos, los expertos han identificado una clase de bacteria, presente de forma normal en la naturaleza, con una gran capacidad para obstaculizar en los Anopheles la acción del parásito de la malaria.

Cuando este último infecta a un mosquito, viaja hasta su intestino, donde las posibilidades de supervivencia son escasas debido a que el sistema inmunitario del insecto, las enzimas digestivas y las bacterias residentes, crean un ambiente hostil. Una de esas bacterias, la enterobacter, impide que se infecte el hospedero.

Este descubrimiento podría explicar por qué algunos mosquitos tienen una mejor capacidad que otros para transmitir la enfermedad a los seres humanos, aun siendo de la misma especie.

Si de novedades hablamos, sepa que investigadores del Laboratorio Australiano de Salud Animal han descubierto un mecanismo mediante el cual los mosquitos examinados desarrollaron inmunidad vírica. Este importante hallazgo podría conducir al desarrollo de vacunas más eficaces y de otras medidas para combatir la propagación de los virus que ellos portan.

Los especialistas han mostrado que las células de mosquito infectadas liberan una proteína conocida como vago, identificada previamente en moscas de la fruta. La liberación de esa proteína advierte del virus a otras células para que se defiendan.

Esta es la primera demostración de que existe un mecanismo de este tipo en los mosquitos o en cualquier otro invertebrado.

La fumigación en zonas urbanas para eliminar vectores, contribuye con la salud de los ciudadanos. (Foto: TONI PRADAS)

La fumigación en zonas urbanas para eliminar vectores, contribuye con la salud de los ciudadanos. (Foto: TONI PRADAS)

A punto de sonar el cornetín, vale recordar que pocas veces el mosquito fue útil para el hombre. Lo fue para Máximo Gómez, general en jefe del Ejército Libertador cubano, quien llamó a junio, julio y agosto “mis tres mejores generales”, por ser los meses en que el efecto del calor y los mosquitos son más atroces.

También le resultó al general Toussaint Louverture, líder de la Revolución haitiana que empezó en 1791. Para su final, en 1804, la fiebre amarilla había diezmado las fuerzas coloniales francesas.

Tal vez el Aëdes aegypti colaboró para tomar venganza histórica, pues llegó a América desde África atrapado en los barcos negreros.

Mas aumentan los casos de malaria, dengue, zika, chikunguña y otras epidemias: No queda otra que romper la hostilidad, con prevención y ciencia. La suerte está echada contra eso que anda.

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Toni Pradas

 
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