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Publicado el 28 Noviembre, 2019 por Toni Pradas en Ciencia
 
 

Geología

Olvídese de la Atlántida

Un desaparecido continente ha sido descubierto bajo los pies de 30 países, desde España hasta Irán, al que han denominado Gran Adria
Mapa

Foto: RTV

Por TONI PRADAS

Menudo tipo ese Platón de anchas espaldas, quien nos metió en la cabeza, gracias a sus diálogos filosóficos Timeo y Critias, la idea de la existencia de una tal isla de Atlas, aun cuando llegó a conocerla solo como un rumor, pues se trataba de un presunto lugar sucumbido más de 9 000 años antes de él nacer.

No obstante, nos hizo felices con la mística de aquella inmensa potencia militar, a la que también conocemos como Atlántida, y que nos fue ubicada más allá de las Columnas de Hércules, en el estrecho de Gibraltar, la rabadilla de Europa.

Hasta que una catástrofe, que no se describe, barrió la isla “en un solo día y una noche terrible”, y el mar se tornó innavegable a causa de los bajíos. Unos pocos sobrevivieron y solo un puñado pudo recordar el hecho, helenizado gratamente por los filósofos y los documentales de las madrugadas del canal Multivisión.

A pesar de las brumas históricas y los anacronismos en las narraciones; a contrapelo de los eruditos que aseguraban se trataba de una invención literaria destinada a expresar ciertas ideas políticas de Platón; contrariamente a quienes juraban que los atlantes habrían sido una raza de humanos anterior a la nuestra, cuya civilización habría alcanzado un notable desarrollo científico y espiritual… A pesar de los pesares, muchos investigadores se tomaron muy en serio certificar la posible existencia de la enigmática isla-continente.

Entonces surgieron conjeturas sobre su ubicación, ya fuera la de una Atlántida cretense (el famoso oceanógrafo francés Jacques Cousteau murió creyendo seriamente esa hipótesis), o sumergida bajo la isla de Malta, el mar de Azov, el Cercano Oriente, el norte de África, Irlanda, Indonesia o la Antártida.

Otras, que arañan la glotis al tragarse, no descartan incluso el altiplano andino, justo en el departamento boliviano de Oruro, allá por donde el cóndor pasa.

Quién negará que el médium norteamericano Edgar Cayce fue el más intrépido. En 1940, a caballo sobre las notas de Platón, predijo que en 1968 la Atlántida volvería a la superficie frente a las costas de Florida.

Y vaya puntería la suya: En 1969, en aguas de la isla de Bimini, Bahamas, a unos 80 kilómetros al este de Miami, se descubrió una formación rocosa sumergida, que luego llamaron Carretera o Muro de Bimini y fue considerada la profetizada Atlántida anegada.

Los expertos geólogos, sin embargo, delicadamente desacreditaron al vidente y apretando los labios para contener la risa, sostuvieron que apenas se trataba de una formación natural conocida como roca de playa.

En lo que todos sí estuvieron de acuerdo fue en llamar, a la real o la cursi Atlántida, “continente perdido”, un término que si bien no sirve para ubicarla con un alfiler sobre un mapa con proyección de Mercator, sí funciona como entrada para un artículo de Wikipedia.

Pegando fragmentos de añicos

La enorme masa del continente Gran Adria chocó con lo que es actualmente Europa, hace entre 100-120 millones de años, y su corteza se hizo añicos. (Mapa: DOUWE VAN HINSBERGEN / UNIVERSITEIT UTRECHT (NL))

La enorme masa del continente Gran Adria chocó con lo que es actualmente Europa, hace entre 100-120 millones de años, y su corteza se hizo añicos. (Mapa: DOUWE VAN HINSBERGEN / UNIVERSITEIT UTRECHT (NL))

Tan entretenidos estábamos con los cánticos atlantes que nadie se había dado cuenta hasta ahora que, justo bajo los pies de los europeos del sur, duermen plácidamente los remanentes de un antiguo continente.

“Olvídese de la Atlántida”, instó Douwe van Hinsbergen, profesor de Tectónica Global y Paleogeografía en la Universidad de Utrecht, Países Bajos, líder del estudio que evidenció la asombrosa masa continental.

Como quien encola con un pincel los fragmentos de un ánfora hecha añicos al caer, un equipo de geólogos de las universidades de Utrecht, de Oslo y el Instituto de Geofísica ETH, de Zúrich, ha logrado reconstruir paso a paso, durante una década, las evidencias pétreas de un continente que gástricamente se hundió en las profundidades de la Tierra hace 250 millones de años.

Suena a modelo de auto, cierto es, pero Gran Adria fue como llamaron a la antigua tierra, de la que apenas son visibles hoy algunos restos de rocas calizas encontradas en las cadenas montañosas del sur de Europa.

Tal como publicaron en septiembre los investigadores en la revista Gondwana Research, estas peñas deben haber comenzado su existencia como sedimentos marinos, para más tarde ser “raspadas” de la superficie de la corteza terrestre y elevadas a sus posiciones actuales gracias a las colisiones de las placas tectónicas.

Por ese motivo, el tamaño original y la forma, así como la historia de esa masa terrestre desaparecida, han sido muy difíciles de reconstruir.

"La placa de la que este continente formaba parte tenía cerca de 100 kilómetros de grosor y solo los primeros cinco quedaron en la superficie", afirmó el doctor Douwe van Hinsbergen, descubridor de Gran Adria. (Foto: UNIVERSITEIT UTRECHT (NL))

“La placa de la que este continente formaba parte tenía cerca de 100 kilómetros de grosor y solo los primeros cinco quedaron en la superficie”, afirmó el doctor Douwe van Hinsbergen, descubridor de Gran Adria. (Foto: UNIVERSITEIT UTRECHT (NL))

El doctor Van Hinsbergen no exageró al afirmar que el Gran Adria tuvo una historia “violenta y complicada” a partir de su separación, hace 240 millones de años (durante el período Triásico), del sur del supercontinente Gondwana, formado entonces por los actuales África, América del Sur, Australia, la Antártida, el subcontinente indio y la península Arábiga.

El trozo del que estamos hablando fue un territorio de tamaño similar al de Groenlandia, cubierto en gran parte por un liviano mar tropical. Entonces comenzó a viajar al norte, a la deriva y sin amigos, con el ritmo cansino de un escurridizo misántropo.

Hasta que chocó con Europa unos 30 millones de años después, se hizo trizas y fue empujado hacia debajo del muro continental adverso, como mismo los vagos esconden los escombros bajo la alfombra.

Solo una pequeña parte de las rocas de Gran Adria, arrancadas de la corteza terrestre durante la colisión, consiguió permanecer en la superficie de la Tierra para que los geólogos tuvieran la ocasión de descubrirlas.

Pero no fue cosa de llegar y descorchar el champán. Las rocas están dispersas por más de 30 países, que van desde una franja de la península ibérica hasta Irán.

También los datos sobre su historia se han dispersado y han resultado muy difíciles de recopilar. Afortunadamente, explicó Van Hinsbergen, ya adelantada la investigación, echaron mano a un sofisticado software que les ayudó a armar el rompecabezas tectónico.

“La región del Mediterráneo –gimoteó el joven erudito de las ciencias de la Tierra– es simplemente un desastre geológico. Todo está doblado, roto y apilado. En comparación, el Himalaya es un sistema bastante simple. Allí puedes seguir varias fallas grandes en una distancia de más de 2 000 kilómetros”.

Semejante adversidad provocó que los investigadores pasaran diez años enteros recolectando información sobre las edades de las muestras de roca del Gran Adria, así como la dirección de los campos magnéticos atrapados en ellas. Y consiguieron así identificar no solo cuándo, sino dónde esas rocas se habían formado.

De este modo se dieron cuenta de que, al mismo tiempo que avanzaba hacia el norte, la chiflada losa giraba en sentido antihorario, empujando y raspando a su paso otras placas tectónicas.

Al final, llegó la fatídica colisión, y aunque ocurrió a una velocidad de tres o cuatro centímetros por año, el encontronazo destrozó por completo la corteza del Gran Adria, de unos 100 kilómetros de espesor, y envió la mayor parte a las profundidades del manto terrestre, justo debajo del sur de la europlataforma.

Algunas partes del continente sumergido se encuentran, en efecto, a más de 1 500 kilómetros de profundidad, mientras las rocas desechadas se convirtieron en cadenas montañosas en aquellas áreas: los Alpes, los Apeninos, los Balcanes, Grecia y Turquía.

“La subducción, el hundimiento de una placa debajo de la otra, es la forma básica en que se crean las cadenas montañosas”, dijo Van Hinsbergen.

Y concluyó: “Nuestra investigación proporcionó una gran cantidad de ideas, también sobre el volcanismo y los terremotos, que ya estamos aplicando en otros lugares. Incluso puede predecir, en cierta medida, cómo se verá un área determinada en el futuro lejano”.

Festival de continentes

Zelandia tuvo el tamaño de la India y desapareció bajo las aguas del océano Pacífico hace más de 60 millones de años. (Mapa: PROGRAMA INTERNACIONAL DE DESCUBRIMIENTO DEL OCÉANO (IODP))

Platón podría sentirse decepcionado, pero animado a la vez. Para beneplácito de todos, Gran Adria no es el primer continente que los científicos salvan del olvido.

En el año 2017, sendas noticias sobre los descubrimientos de dos antiguos continentes sumergidos bajo los océanos Índico y Pacífico, dieron la vuelta al globo.

Ambos formarían parte también del inmenso continente Gondwana, la escisión meridional del supercontinente Pangea hace unos 200 millones de años, fragmentado, ya sabemos, por la tectónica de placas.

En su deriva, los continentes se estiran y, como si fueran de plastilina, se hacen más delgados y se rompen. “Son esas finas piezas las que se hunden bajo el océano”, resumió Van Kranendonk, investigador de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Australia.

A la postre, este proceso configuraría la posición actual de las plataformas continentales ya conocidas: Asia, América, Europa, África, Oceanía y Antártida.

El primero de los dos revelados, Mauritia, en el Índico, ha sido catalogado como un microcontinente y debe su nombre a las islas Mauricio.

Bajo estas fue encontrado Mauritia, cubierto de una espesa capa de lava a miles de metros de profundidad, gracias a los aportes de científicos de las universidades de Oslo, del Witwatersrand (Sudáfrica) y de Liverpool.

Sin embargo, la extensión de Mauritia rebasaba esos territorios insulares y ocupaba el archipiélago de las Mascareñas y su meseta adyacente, formando un arco desde las islas Mauricio y Reunión, en el costado sudoeste del mencionado océano, hasta el norte de las Seychelles, en su extremo septentrional.

En el Triásico, Mauritia formaba parte del extenso continente de Gondwana, de la que se separó junto con la India y Madagascar. Cuando la India comenzó a derivar hacia el norte hasta colisionar con Eurasia, el prehistórico “continentico” se desprendió de Madagascar, se estiró como plastilina geológica y fue tragado sin piedad por el mar, hace unos 85 millones de años.

En 2017, meses después de descubierto Mauritia, la ciencia parteó otro continente, Zelandia, cuyo nombre proviene del país de mayor extensión que corona su superficie sobre el nivel del mar: Nueva Zelanda.

Este último está sumergido en 94 por ciento de su territorio, a un kilómetro de profundidad, pero en la superficie llegó a ostentar 4.9 millones de kilómetros cuadrados apenas se fragmentó Gondwana.

De manera que el del Pacífico es 12 veces mayor que Mauritia, y por eso se ganó los galones de continente.

Nick Mortimer, geólogo del centro neozelandés GNS Science y líder de la investigación, afirmó que Zelandia es el continente más fino y pequeño que se ha descubierto hasta la fecha, y que el hecho de que casi la totalidad de su área esté sumergida pero no fragmentada, lo hace especialmente útil para explorar la cohesión y desintegración de la corteza continental.

Al mismo tiempo, sugiere un nuevo contexto para los estudios de biología evolutiva, que podrían explicar el origen de las a veces rarísimas flora y fauna endémicas de Nueva Zelanda y Nueva Caledonia.

Dos años atrás, cuando fueron expuestas las evidencias científicas de históricas existencias comprobadas, se pensó que Zelandia sería el último gran territorio sumergido que toparíamos: Los datos obtenidos por los satélites y buques de investigación que cartografiaban el globo terrestre, descartaban la posibilidad de hallar uno nuevo. Podrían encontrarse, eso sí, microcontinentes, sobre todo en el Índico, como Mauritia.

Pero tras encontrarse el Gran Adria, ya los científicos confían en que otros continentes náufragos serán desenmascarados, mientras los esotéricos apuestan a que pronto les llegará la hora a los hipotéticamente perdidos Lemuria, Mu y Atlántida, alguna vez habitados por civilizaciones ancestrales, según sus leyendas.

¿Se contentaría con eso Platón? Bien visto, tal vez poco le importaría que apareciera o no la dichosa isla Atlas. Según algunos estudiosos de sus textos, en realidad él la inventó y la hundió con total alevosía poética, solo para darnos un mensaje moral sobre una sociedad que al hacerse rica se torna belicosa y corrupta, y por ello es destruida por un castigo divino.

Vaya tipo ese Platón, el genio de anchas espaldas.


Toni Pradas

 
Toni Pradas