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Publicado el 3 Noviembre, 2015 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

ARTES ESCÉNICAS

Cenicienta danza en La Habana

Les Ballet de Monte-Carlo en La Habana

Una innovadora visión de asumir la danza clásica propuso Les Ballet de Monte-Carlo, en La Habana

Por: ROXANA RODRÍGUEZ
Foto: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA

Con una cerrada ovación elogió el público cubano las presentaciones de Cenicienta, por el Ballet de Monte-Carlo, dirigido por el bailarín y coreógrafo francés Jean-Christophe Maillot. El espectáculo, incluido en la nómina internacional del 16º Festival de Teatro de La Habana, cautivó -el fin de semana último- con una singular y renovadora versión del clásico de Marius Petipa, basado en el cuento homónimo de los Hermanos Grimm.

Desde un tono alegre, festivo, la pieza aborda asuntos tan universales como el amor, las bajas pasiones, la vida, la muerte, la orfandad. Esta Cenicienta, que danza con los pies desnudos, irradió una energía única que impactó, sedujo y repensó la fábula del famoso relato de hadas para ofrecer una lectura diferente y original de plasmar la atracción amorosa entre personas de diferentes clases.

El líder de la agrupación más importante del Principado de Mónaco, concibió una coreografía que no solo revisita la leyenda de la joven huérfana, devenida sirvienta de su nueva familia; sino que reconceptualiza el mito desde una poética sugestiva, acorde con la contemporaneidad.

Una mirada singular de asumir el movimiento exhibe esta adaptación coreográfica, estrenada en abril de 1999, y que reúne a maestros de vasta experiencia en el mundo del espectáculo. Entre sus aciertos más significativos vale destacar la teatralidad de la concepción escénica que, sin desatender los movimientos tradicionales del ballet, incorpora la voz con interjecciones transitorias; cambios de vestuario en escena; expresiones corporales y gestuales, propias del mimo; chasquidos y palmadas.

Aun cuando la versión preserva los tres actos del original y la música compuesta por el ruso Serguei Prokofiev, integra innovaciones a la narración que procuran cierto aire irónico y de alguna manera, caricaturizan la conocida interpretación de la fábula vista en los dibujos animados de Walt Disney.

La Cenicienta de Maillot rinde tributo a la memoria, a la posibilidad de recordar y añorar los instantes felices de la existencia humana. Comienza el primer acto con un giro inesperado en la historia, calado de evocaciones. La presencia del rol del padre de la protagonista; un hada madrina que es a la vez, el espíritu de la madre; maniquíes con semblantes enigmáticos a medio andar entre lo humano y lo mecánico, y otras figuras extravagantes; generan todo un entramado simbólico en el que la ausencia de la consabida zapatilla de cristal deviene un detalle que refuerza el sentido poético y alegórico de la puesta.

Tanto el cuerpo de baile como los solistas y los papeles protagónicos revelan un excepcional dominio técnico y desempeño artístico, a partir de un estilo de asumir la danza clásica totalmente inusual en este lado del mundo. El histrionismo de la madrastra en la caracterización de un ser perverso y egoísta, el acople danzario de las pérfidas hermanastras, los movimientos casi etéreos de la propia Cenicienta (Anjara Ballesteros) o la postura pueril del príncipe (Álvaro Prieto) son algunos de los elementos que dan fe de ello.

Sencillo, funcional y sugerente resultó el diseño escenográfico, creado por Ernest Pignon-Ernest, el cual con sobriedad de recursos escénicos, compuso y recreó ambientes diversos mediante paneles deslizantes acomodados en el escenario, muchas veces, por los intérpretes.

Asimismo, el empleo de módulos con piezas similares a espejos convexos que devolvían las imágenes deformadas de los danzantes, imprimió un sentido icónico y surrealista al montaje. Acoplado a esa noción espacial, los diseños de luces y de vestuario, de los artistas Dominique Drillot y Jérôme Kaplan, respectivamente, sublimaron la visualidad al integrarse coherentemente, lo cual reforzó la intención dramática en distintos momentos de la composición coreográfica.

Sin duda, la inusual estética de Les Ballet de Monte-Carlo, desasida de pautas y moldes clásicos, evidenció el poder inmenso del arte como suceso auténtico, transformador de la realidad y sus seres humanos.

 


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez