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Publicado el 7 Diciembre, 2016 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

25º FESTIVAL INTERNACIONAL DE BALLET DE LA HABANA 2016

Puente de lenguaje universal

A propósito de una cita con una expresión artística en la que Cuba es referente mundial
Viengsay Valdés y Moisés Martín, Odette y Odile, de El lago de los cisnes.

Una vez más Viengsay Valdés junto a Moisés Martín como partener, sedujo en los personajes de Odette y Odile, de El lago de los cisnes, con coreografía de Alicia Alonso sobre el original Marius Petipa y Lev Ivanov. (Foto: JORGE LUIS SÁCHEZ RIVERA).

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Un ajetreo ya esperado por estos meses, y cada dos años, regresó para cautivar a los adeptos de la danza. Distintas generaciones de artistas, personalidades, críticos, empresarios y públicos hallaron un espacio de comunión y energías compartidas en la edición 25 del Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso que confirmó la reflexión de Alejo Carpentier: “el espíritu de la danza es inseparable a la condición humana”.

La cita, reconocida como una de las más prestigiosas y antiguas de todo el orbe, en esta oportunidad y para siempre, llevó el nombre de la prima ballerina assoluta, su principal artífice y mentora. Un merecido tributo a quien no ha cejado en la virtud de enaltecer a la cultura cubana y en especial, al arte danzario que germina en esta tierra caribeña.

Desde la etapa fundacional, en 1960, este Festival deviene plaza para el disfrute del talento de figuras y/o colectivos, cuyas creaciones coreográficas tienen una presencia sobresaliente en los escenarios mundiales; a la vez que se alza como espacio de excelencia para la difusión del desarrollo y alcance conseguidos por esta expresión artística en la mayor de las Antillas.

Diversión of Angels, del colectivo Martha Graham Dance Company.

En Diversión of Angels, del colectivo Martha Graham Dance Company, se percibió muy de cerca la impronta de su máxima artífice y mentora. (Foto: FERNANDO MEDINA).

Como es habitual un amplio programa colateral cortejó los espectáculos de las tardes y las noches que se presentaran en los coliseos capitalinos (Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, Teatro Nacional de Cuba –en sus dos salas–, y Teatro Mella). Conferencias magistrales, presentaciones de libros, cancelación de sellos y muestras audiovisuales fueron algunas de esas propuestas.

A modo de conexión entre los sentidos y las emociones, un conjunto de exposiciones de las artes visuales compendió la naturaleza ilimitada del ser humano para la creación más auténtica y propuso en todas las sedes del evento selecciones sugerentes, de perfilada coherencia estética y conceptual.

En predios del Gran Teatro, y entre las más destacadas, estuvo la muestra de pinturas y esculturas La danza imaginada, del notable coreógrafo cubano Alberto Méndez, la cual reveló el virtuosismo de un artista con una obra plástica paralela a su excepcional trayectoria en el panorama danzario local y global.

En esas mismas locaciones conmovió la impronta de varios maestros del lente como la ibera Pilar Rabí y el norteamericano John Rowe, quienes concibieron las muestras fotográficas Belleza olvidada y El lago de los cisnes, respectivamente. Además, dieciséis pinturas de gran formato integraron la exposición De douceur à intense, concebida por Jose Ignacio y que recrearon algunas de las piezas más célebres del repertorio del Ballet Nacional de Cuba (BNC).

Otros espacios citadinos se cargaron del espíritu de la danza visto desde las artes visuales. Pas de ballet, en el Museo de la Revolución, invitó a contemplar el rostro de la fundadora del BNC a partir de pinturas que toman como centro diversas épocas y personajes. Por su parte, el Teatro Nacional acogió tres exposiciones, en especial, fotográficas: En el olimpo de lo cubano, formada por pinturas e instantáneas de Nancy Reyes; Tras bambalinas, concebida por Leysis Quesada y compuesta por una serie documentada de fotos sobre el ballet Las Sílfides; y Habana sensual, un conjunto que mostró danzantes en plena acción en distintos sitios de la urbe.

María Ricceto y Gustavo Carvalho, Ballet Nacional de Uruguay Sodre, Romeo y Julieta.

María Ricceto y Gustavo Carvalho, Ballet Nacional de Uruguay Sodre, se vieron impresionantes en la coreografía Romeo y Julieta, de Kenneth Macmillan y música de Serguéi Prokofiev. (Foto: NANCY REYES).

Fiesta de puntas y compases

Para los balletómanos decidir qué propuesta sería la más acertada, según sus gustos y preferencias por países y/o agrupaciones, se volvió un verdadero atolladero. Sin dilación, debieron correr de un punto a otro de la ciudad, aquellos que deseaban disfrutar de El lago de los cisnes, en cuerpo y alma de Grettel Morejón y Rafael Quenedit, en la sala Avellaneda del Teatro Nacional; y ese mismo día tres horas después, estar listo y dispuesto, en la platea del Gran Teatro para deleitarse con la actuación Michaela De Prince –la joven de Sierra Leona, del Dutch Royal Ballet– junto a Francois Llorente, en una versión del clásico ruso, Las llamas de París.

O quienes se conectaron con la cadencia de Astor Piazzola, del Balleteatro Nacional de Puerto Rico; las Cumbres borrascosas, de Javier Torres y Lucía Solari, del Northen Ballet, y luego debieron andar a “puro motor” para alcanzar a ver, casi con el resuello del trayecto, el mágico Gisselle, interpretado por Anette Delgado y Dani Hernández. Sin duda, gajes del oficio de seguidores experimentados en estas lides; y aunque los organizadores previeron un balance que satisficiera a todos, en verdad, fue una empresa difícil esa de elegir entre lo distinguido, lo mejor.

Los adeptos a la danza moderna tuvieron un encuentro de lujo con Martha Graham Dance Company, de Estados Unidos. El colectivo, dirigido en la actualidad por Janet Eilber, se mostró fiel al legado estético de su precursora, y a más de siete décadas de la presentación única en La Habana (1941), propuso el estreno en Cuba de cinco piezas, tres de ellas de la autoría de su principal preceptora y dos de coreógrafos contemporáneos.

-. Laura Valentín, del Balleteatro Nacional de Puerto Rico, desbordó energía en Lo que no fue.

Laura Valentín, del Balleteatro Nacional de Puerto Rico, desbordó energía en Lo que no fue. (Foto: NANCY REYES).

Martha Graham es reconocida como una de las figuras más audaces y renovadoras de la danza a escala universal. Sus obras, de alto sentido abstracto y conceptual, abrazan una honda fuerza psicológica que con sabio talento aprehendieron artistas relevantes de la danza antillana como Ramiro Guerra y la estadounidense afincada en Cuba, Lorna Bursall.

Otros instantes de solaz llegaron a partir de los montajes Réplica, coreografiado por Omar Saravia, y la interpretación del argentino Daniel Proietto, en el Teatro Mella. Mientras en la sede de El Ciervo Encantado, espacio que por primera vez asumió funciones del festival, sedujo la gestualidad y cadencia de Dub love, una puesta en escena encarnada por los bailarines franceses Ana Pi, Francois Chagnaud y Cecilia Bengolea, quienes acompañaron acertadamente el espectáculo con música en vivo concebida por un disc-jockey (DJ) a partir de la rítmica del candomblé, el reggae y la música urbana.

Este reciente Festival dejó el sabor de los encuentros entrañables, esos que tensan puentes de lenguaje universal en un arte que aquí, desde hace mucho, tiene cultores de excelencia y un público avezado, admirador del buen hacer danzario.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez