0
Publicado el 21 Julio, 2017 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

Quien acecha desde la platea

La dramaturgia contemporánea cubana sigue teniendo un espacio en la sede de Teatro D´Dos
Quien acecha desde la platea.

Giselle Sobrino y Marcel Méndez refrendan problemáticas de actualidad universal.

ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Foto: ISMAEL ALMEIDA

Con Los basureros, su autor Yerandy Fleites asume por primera vez la dirección escénica y la difícil empresa de transformar los vocablos, los conceptos y las representaciones de la obra escrita, en imágenes, emociones, sentimientos, sensaciones, configuradores de un lenguaje visual y estético capaz de conmover a partir de los claroscuros del escenario.

Textos de este joven creador ya fueron llevados a escena, como Mi tío el exiliado (estrenado en 2011), un franco homenaje a la tradición literaria cubana –en especial la novela de Ramón Meza, Mi tío el empleado– por lo que fuera laureado con el Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas, en 2014.

Una reescritura del mismo dramaturgo, La pasión King Lear, interpretada en 2016 por el colectivo Teatro D´Dos, que lidera Julio César Ramírez, consolidó los vínculos entre la tropa de Ramírez y el, además, autor de Antígona y Electra en Jardín de héroes, y tales coincidencias cristalizan hoy en la continuidad de proyectos conjuntos sobre la base de redescubrir a los clásicos.

Por estos días, Los basureros llega a la sala principal del Complejo Cultural Raquel Revuelta, a cargo del colectivo Maniobras Teatro, dirigido por Bárbara Nieves-Acosta, e incita a develar los entresijos de una historia que ocurre en un vertedero de desperdicios donde habita un matrimonio, junto a su recién nacido, que entre quebrantos y desolación, confronta ambiciones, aspiraciones, añoranzas y el desamparo que los inmoviliza.

A medio andar entre lo irracional y lo patético, la obra tiene elementos de teatro del absurdo, de la crueldad, y hasta pinceladas de teatro pánico. Quien observa desde la platea, intenta escudriñar cada instante de un ambiente enrarecido, delirante, de precariedad extrema. El basurero deviene símbolo de una sociedad que corroe, degrada al ser humano y lo colma de indigencia física y más aún, existencial.

Vilma y Hugo, los personajes, pugnan por encontrar un sentido y cauce a sus vidas, y entre los desperdicios un mejor alimento para el niño, alegoría de la orfandad que los desuela y convierte en criaturas alienadas, inermes y relegadas. El retoño, sin duda, es la luz, el incentivo para explorar otros derroteros, e intentar reformar el universo. Su padre insiste en permanecer en el vertedero, no le interesa alterar el estado de las cosas; ella, por el niño, incluso muerto, prefiere aventurarse a abandonar la inmundicia y apostar por un futuro promisorio.

Dos aristas plenamente antagónicas que Fleites aderezó con una mirada filosófica y poética para sumergirse en asuntos tan apremiantes y sensibles de la contemporaneidad como la crisis de valores y de identidad, las esperanzas postergadas, la miseria espiritual y material de muchos.

El desempeño actoral luce bastante equilibrado, pero todavía precisa más refinamiento en la concepción de los roles. Giselle Sobrino (Vilma) teje a una madre dedicada; no obstante, aunque por momentos logra pasajes de organicidad, se le advierte un desasirse de la máxima stanislavskiana “fe y sentido de verdad” y a veces, su dicción, gestualidad y cadena de acciones no insinúan la caracterización de alguien que habite en esas circunstancias. En tanto, Marcel Méndez (Hugo) –recordado por Giordano Bruno, la obra escrita por Tomás González, con la que obtuvo uno de los premios colaterales del Festival del Monólogo Latinoamericano, en Cienfuegos–, defiende con tino y sin medias tintas a un hombre marginal, paupérrimo, sin ambiciones y abrumado más por su pobreza mental que terrenal.

Un banco abandonado y un tanque plástico de desechos, como elementos escenográficos, refuerzan en el espectador significados y percepciones relacionados con la idea central de la trama que gana riqueza con el despliegue de abultadas bolsas negras de basura dispuestas al fondo del escenario a modo de cortina, lo cual muestra la coherencia con que Rocío Castañedo trabajó en la escenografía y captó el sentido y concepto de la partitura dramática; a la vez, exhibió esa esencia minimalista distintiva de Teatro D´Dos, los anfitriones del espacio.

Los basureros se arriesgan a contar el presente desde la universalidad y lo consiguen; sin embargo, falta más juego teatral, más recursos escénicos que imbriquen, integren, complementen armónicamente la palabra, los silencios, los gestos, las acciones; aunque por esta vez, quien acecha desde la platea, haya atendido más a los sinsabores, deslices y carencias humanas.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez