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Publicado el 5 Marzo, 2018 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

Condición humana y otras provocaciones

El largometraje de ficción Los buenos demonios, en el que las preocupaciones éticas lideran en el eje del filme, expone disímiles circunstancias adversas: el ser y el quehacer de humanos culpables, perversos, luchadores, resentidos. La trama insiste sin pudor en desconciertos recargados de filosofías existenciales y reflexiones psicosociales
Condición humana y otras provocaciones.

Carlos Enrique Almirante e Isabel Santos entregan el alma y la piel en sus desempeños.

Por SAHILY TABARES

Fotos: Cortesía del Icaic

En una época dominada por la cultura audiovisual, las producciones cubanas suelen interesar a los públicos, sobre todo si el relato se ubica aquí, ahora, y lo llevan adelante experimentados y noveles intérpretes. Dentro de la madeja que plantea la construcción de lo real, significar zonas oscuras, poco visibilizadas, es uno de los propósitos de la reciente puesta dirigida por Gerardo Chijona (Perfecto amor equivocado, Boleto al paraíso, La cosa humana), con guion de Daniel Díaz Torres y Alejandro Hernández, inspirado en la novela Algún demonio, de este último autor.

Tito tiene 23 años, una madre que lo adora, y como taxista puede, al parecer, ganarse la vida de manera honrada, pero detrás de esa fachada se esconde un asesino en serie, identidad conocida por los espectadores desde el inicio.

Condición humana y otras provocaciones.

Para Aramís Delgado (izquierda) y Enrique Molina no existen personajes pequeños.

Las preocupaciones éticas lideran en el eje del filme; este expone disímiles circunstancias adversas: el ser y el quehacer de humanos culpables, perversos, luchadores, resentidos; la trama insiste sin pudor en desconciertos recargados de filosofías existenciales y reflexiones psicosociales.

Cierto extrañamiento puede ocasionar a los públicos que falten “evidencias” sobre choques y confrontaciones entre los personajes. ¿Esa manera de narrar anula los conflictos entre los opuestos? De ningún modo, la desdramatización como estrategia narratológica de resistencia enfoca las contradicciones entre los sujetos mediante la progresión acumulativa de la información, se acerca más al fluir de la vida.

Sin embargo, Los buenos demonios remarca en demasía lo dicho. El cine de autor elegido para el cuestionamiento de antivalores, actitudes negativas o de sobrevivencia, entre otras, constituye un camino –no es el único– que exige transitarlo sin excesos; los desgarramientos no se consiguen solo con el enfoque incisivo, por lo cual en este caso el pensar y el hacer de los personajes conlleva más de una interrogante: ¿qué ha ocurrido con el ser humano?, ¿se equivocó una madre dedicada, profesional, amorosa, en la educación de su hijo?, ¿por qué los corruptos y los deshonestos no reciben su castigo?

Condición humana y otras provocaciones.

El rol de Vladimir Cruz revela los demonios de la falta de honestidad.

Tampoco perdamos de vista que el recurso de la redundancia constituye una de las claves del tono irónico, de cierto distanciamiento escéptico que forma parte de este largometraje. En él se observa una estética rica en sugerencias lingüísticas y visuales intertextuales, entendida como la participación de otros textos dentro del texto artístico, en busca de connotaciones e incluso resonancias de asuntos diversos, por ejemplo, la referencia audiovisual –en una de las escenas– a lo que ocurre en otro planeta cuando en el nuestro debemos luchar cada día por el mejoramiento humano.

La tragicidad emana aquí de situaciones límites, aunque muchos espectadores rían ante una u otra situación. En ello influyen actores y actrices que interpretan orgánicamente sus personajes. El protagonista, Carlos Enrique Almirante, demuestra concentración, seriedad, en su rol de “buen demonio”. Isabel Santos asume a la madre protectora con piel y alma, de ahí el doloroso clímax que la lesiona hasta los tuétanos en el cierre del filme.

Aramís Delgado y Enrique Molina demuestran un equilibrado registro actoral, para ellos no existen personajes “pequeños”, ambos comprometen todo el cuerpo, varían la densidad de lo que dicen y cómo lo dicen desde la interioridad de sus respectivas historias personales.

Por su parte, Yailene Sierra y Vladimir Cruz renuncian a paradigmas de índole espiritual, y dejan una interrogante abierta: ¿cómo encauzo mi vida? Para ellos, el deber ser no halla cabida en la práctica cotidiana.

Condición humana y otras provocaciones.

Gerardo Chijona asume una puesta que pretende visibilizar zonas ocultas de la realidad.

La dirección de fotografía del maestro Raúl Pérez Ureta enfatiza el distanciamiento, lo racional, la actitud crítica, sin abandonar el sentimiento; influye en la facultad de relacionar fenómenos en apariencia lejanos. De ello dan fe el valor de los planos, los conceptos de encuadres, la complicidad de lo subjetivo circundante; esa imagen tiempo que resignifica el acto de mirar desde la contemplación, enfatiza un ritmo que demanda del espectador la interpretación aguda, consciente.

Al explorar la condición humana con el estilete bien afinado, entre otras provocaciones, en Los buenos demonios entran en juego disímiles obsesiones. Desde la construcción narrativa y visual se indaga en la vida de las personas, se insta a escuchar las voces del otro, y aunque el filme deambula por lo oscuro del túnel, estimula pensar que ningún hecho, actitud o solución puede ser inocente, fortuita. Debemos ser conscientes de la memoria, del presente para encauzar el futuro con integridad y compromiso.


Sahily Tabares

 
Sahily Tabares