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Publicado el 6 Abril, 2018 por Redacción Digital en Cultura
 
 

EDITORIAL. Defender a José Martí nos defiende

 

(Foto: radiorebelde.cu)

En enero de 1892, en medio de una polémica en que le asistía la razón histórica, política y ética, José Martí le escribió desde la emigración al contrincante que le salió al paso en La Habana: “si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi vida”. Guiado por una ética inquebrantable, añadió: “Sé que ha sido útil y meritoria, y lo puedo afirmar sin arrogancia, porque es deber de todo hombre trabajar porque su vida lo sea”. Por la autoridad moral con que actuaba y se expresaba, el contrincante a quien se dirigía, Enrique Collazo, lo acompañó en los planes insurreccionales que estallaron el 24 de febrero de 1895.

Sin necesidad de idealizar grados de identificación y coincidencias, del respeto que Martí se ganó –no solo entre sus compatriotas– habla el reconocimiento de su liderazgo. Logró en el movimiento independentista una unidad sin precedentes, abonada por la acogida que le dieron héroes como Antonio Maceo y, sobre todo, Máximo Gómez, con quienes tuvo discrepancias que, lejos de mellar su integridad moral, la corroboraron en un camino que ha seguido expandiéndose tras su muerte en combate.

Aunque algunos prefieran ignorarlo, Martí no es un tema más, un asunto cualquiera, y eso explica las pasiones generadas en torno a él

Esas mismas virtudes le granjearon la persecución y el espionaje de agentes al servicio de la metrópoli española y de la potencia imperialista que emergía en los Estados Unidos. De igual modo se lanzó contra él la ojeriza, o más, de algunos que, nacidos en Cuba, ignoraron las virtudes de su pueblo humilde y sirvieron de distintos modos a las fuerzas foráneas enemigas de su soberanía.

Pero nada impidió que –tanto en las campañas por la independencia en el siglo XIX como luego en el enfrentamiento a los Estados Unidos, cuya intervención armada en 1898 privó a Cuba de su independencia– la inmensa mayoría del pueblo cubano viera en Martí a su Apóstol, a su guía. Tal realidad se corroboró desde la constitución de la república frustrada por la injerencia estadounidense, y se ratificó en la lucha armada que le dio a Cuba su verdadera independencia con la senda abierta en 1959.

Aunque algunos prefieran ignorarlo, Martí no es un tema más, un asunto cualquiera, y eso explica las pasiones generadas en torno a él. Junto con el respeto a su legado se han visto, si bien en menor medida, el oportunismo de quienes se han estrellado en el intento de usarlo para burlar sus ideales, y hasta poner en duda el valor de la herencia que la patria ha recibido de él, todo con el fin de minar los fundamentos políticos, culturales, ideológicos y éticos de la Revolución.

ni equivocados –que ya resulta difícil creer que existan–, y menos aún aquellos a quienes él llamó petimetres, han conseguido ni conseguirán menoscabar al héroe, venerado por lo mejor de Cuba y del mundo

Pero ni equivocados –que ya resulta difícil creer que existan–, y menos aún aquellos a quienes él llamó petimetres, han conseguido ni conseguirán menoscabar al héroe, venerado por lo mejor de Cuba y del mundo. Su vida continúa defendiéndolo y, por tanto, no necesita que nadie lo defienda. Pero no porque esté por encima del bien y del mal, sino porque él es el bien, como dijo el líder histórico de la Revolución, Fidel Castro. La defensa que la nación debe y necesita hacer de sus fundadores es una cuestión de honor, y le permitirá a Cuba conservar la solidez moral en que se basa su mayor fuerza para encarar enemigos foráneos o intestinos.

La más fértil defensa con que la nación puede y ha de cultivar cada día la memoria de Martí, y rendirle digno tributo, es autoperfeccionarse afianzada en sus valores patrióticos y revolucionarios. Así como sin ellos no estaría seguro ningún proyecto justiciero emprendido en el país, las fuerzas imperialistas y sus servidores no le perdonarán que los mantenga con firmeza, y buscarán quebrantarlos por todos los medios: la economía, la política, la cultura, los símbolos. En su tiempo Martí llamó a librar y ganar la guerra de pensamiento que se hacía contra la Cuba independentista.

La más fértil defensa con que la nación puede y ha de cultivar cada día la memoria de Martí, y rendirle digno tributo, es autoperfeccionarse afianzada en sus valores patrióticos y revolucionarios

Solo una cosa convendría tanto al imperialismo como el olvido por Cuba de su historia, y es que esta no supiera discriminar entre las grandezas y los horrores de su pasado. La presencia hoy, en sus calles, de emblemas de potencias imperialistas –particularmente de los Estados Unidos– es uno de los indicios de actitudes contrarias al luchador que, ante el umbral de un espectáculo artístico a cuyas puertas había ondeado la enseña de la metrópoli que oprimía a su patria, escribió: “Han hecho bien en quitar/ El banderón de la acera;/ Porque si está la bandera,/ No sé, yo no puedo entrar”.

Polvos como la pasividad que conviene a poderes imperialistas en terrenos donde se requiere pensamiento lúcido, justo respeto a las raíces y acción enérgica, no pueden forjar sino lodos pútridos, y no está la patria para vacilaciones ni temblequeos cuando se deciden su supervivencia y la salvaguarda de su dignidad.


Redacción Digital

 
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